Apoyo de Biden a suspender patentes de vacunas no solo es filantropía, EE.UU. lo necesita

La razón por la que el presidente de Estados Unidos estaría pensando en permitir que otros laboratorios puedan producir las vacunas que hoy acaparan unos pocos laboratorios es porque también le conviene a ese país, en caso de que la pandemia se desate libremente (sin vacunas) en el resto del mundo, lo que aumentaría el riesgo de que aparezcan variantes del coronavirus resistentes a estas.

Si esto ocurre, se echaría por tierra los logros de vacunación de los países desarrollados, en general, y de Estados Unidos, en particular, que han significado el acaparamiento de las vacunas en perjuicio de los países de ingresos medios y bajos, como Colombia.

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El apoyo de Joe Biden a la suspensión de patentes, anunciado este miércoles, será planteado por Estados Unidos en la Organización Mundial de Comercio (OMC), marcando un giro de 180 grados respecto a la posición de la administración de Donald Trump.

Días antes del anuncio del presidente Biden, y anticipando una decisión, el debate sobre el tema se había dado en los dos principales periódicos estadounidenses, The New York Times y The Washington Post, dejando en claro que así como hay quienes consideran que es “moralmente equivocado y estúpido” mantener los derechos de propiedad intelectual, no son pocos los que creen que en la práctica no es la panacea contra la pandemia.

“Las nuevas variantes de covid-19 se están extendiendo rápidamente. Un brote en cualquier lugar podría conducir a una cepa más mortal o infecciosa que salta por todo el mundo. Entonces, ¿por qué, después de tres meses de lograr un gran progreso en la vacunación nacional, el presidente Biden no puso fin a una política contraproducente de la administración Trump que obstaculiza una iniciativa global para aumentar el acceso a las vacunas y tratamientos covid-19?”, preguntaba el nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, en una columna de opinión en The Washington Post el pasado 26 de abril.

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Un giro de política

Stiglitz recordaba que al menos 100 países estaban de acuerdo con la suspensión temporal de algunas reglas de la OMC que les garantiza a las farmacéuticas el monopolio. Colombia es uno de los países que había apoyado la posición de Trump, contraria a la actual, de mantener el rígido esquema de patentes y licencias que garantizan el monopolio de algunas farmacéuticas sobre una larga lista de medicamentos y tratamientos.

“Renunciar a los derechos de propiedad intelectual para que los países en desarrollo pudieran producir más vacunas supondría una gran diferencia para alcanzar la inmunidad colectiva mundial”, agregó Stiglitz.

En ese mismo periódico, sin embargo, la Junta Editorial publicó el pasado 3 de mayo una columna en la que aseguraba desde el título que “Una ‘vacuna popular’ sin patente no es la mejor manera de ayudar a los países pobres”.

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Su argumento es que la producción de vacunas es un proceso exigente que requiere mucho tiempo, incluso en los países desarrollados. Y citaba para demostrarlo la contaminación de 15 millones de dosis en la planta de producción de Emergent BioSolutions en Baltimore, Estados Unidos.

“Mucho más útil que eliminar las patentes sería un esfuerzo concertado de Estados Unidos para compartir conocimientos de fabricación, personal experimentado, métodos de control de calidad, supervisión y materias primas. También se debe alentar a los fabricantes estadounidenses a cerrar acuerdos de licencia para acelerar la producción en instalaciones calificadas en otros lugares. Estados Unidos también debería compartir su considerable excedente de vacunas con el mundo, más allá de las dosis ya prometidas a Canadá y México”, dice la Junta Editorial.

Pero Stiglitz considera malvado y egoísta el argumento de las farmacéuticas de que el problema no son las barreras de propiedad, sino que los países en desarrollo no tienen las habilidades para fabricar las vacunas contra el covid-19 basadas en nuevas tecnologías como el ARN mensajero (ARNm).

Stiglitz, además, considera los acuerdos voluntarios con las farmacéuticas, también promovidos por la directora general de la OCM, Ngozi Okonjo-Iweala, una distracción, no un remedio.

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“Ninguno de los creadores de vacunas ha compartido tecnologías con países pobres a través del grupo voluntario de acceso a la tecnología covid-19 de la Organización Mundial de la Salud”, dice.

Pero la suspensión de patentes, que no sería ‘voluntaria’, pone a las farmacéuticas en otra posición, según Stiglitz. “Una exención aumentaría inmediatamente la influencia del Gobierno sobre los fabricantes de vacunas que se niegan a licenciar la tecnología. Las empresas podrían optar por expandir la producción negociando con gobiernos, proveedores alternativos e iniciativas globales, o arriesgarse a que los gobiernos los eludan y fuercen la transferencia de tecnología.

Una exención también proporcionaría seguridad jurídica a los gobiernos e inversores que se inclinan a reutilizar la fabricación farmacéutica existente o construir nuevas instalaciones, pero temen la responsabilidad de la propiedad intelectual”, dice.

No solo patentes, se requiere tecnología

The New York Times, por su parte, en un artículo firmado por su Junta Editorial titulado: ‘El mundo necesita muchas más vacunas contra el coronavirus’ también abogó por la suspensión temporal de las patentes y dijo que “la administración Biden debería apoyar esta exención, ‘empujar’ (léase presionar) a los fabricantes de vacunas a acuerdos de licencia voluntaria y ayudar a construir las asociaciones público-privadas necesarias para llevar esos acuerdos a buen término. También debería presionar a las empresas para que ofrezcan mejores ofertas a los países que intentan asegurar las dosis, no más cláusulas de indemnización absurdas que protegen las ganancias de las empresas sobre las vidas humanas”.

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Dentro de esas cláusulas absurdas, que hasta ahora no se sabe si Colombia firmó, estaba la de Pfizer de que los países pusieran lo que se denominan “activos soberanos” para garantizar indemnizaciones por eventuales demandas de ciudadanos por efectos adversos de la vacuna (poner enlace a nota anterior sobre las razones de confidencialidad de los contratos con las farmacéuticas).

The New York Times también sugirió algo que no ha ocurrido: acciones voluntarias de gobiernos, en particular el de Estados Unidos, y multinacionales para compartir tecnología y recursos. Ni los Institutos Nacionales de Salud de E.U. ni la farmacéuticas se han vinculado a un esfuerzo de la OMS en ese sentido.

Así mismo, sugería aumentar la capacidad de producción, y daba en el clavo cuando decía que había una “falta de inversión de vieja data”, en particular en África y América Latina.

De hecho, en Colombia, no solo falta inversión, sino que por el contrario hubo desinversión a finales del siglo XX.

“No hicimos las inversiones suficientes y hoy en día, ante la pandemia, estamos ante la situación de que no tenemos la capacidad de producir la vacuna… Es decir que si nos dan la fórmula gratuitamente no podríamos hacer esa producción en la actualidad”, dijo Clemente Forero, exdirector de Colciencias y miembro de la Misión de Sabios, en el marco de un conversatorio, convocado por la Consejería Presidencial para los Derechos Humanos y Relaciones Internacionales, citado en un artículo del periódico La República que planteaba que ya fuera invocando la soberanía, la seguridad nacional o simplemente mantener la estabilidad económica, social y política, el país debería no solo recuperar su capacidad de producir vacunas, sino crear una nueva para desarrollarlas

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Entre 1996 y 1998, el país había producido 2.500.000 dosis de vacuna contra la fiebre amarilla, 140.000 de antirrábica humana, 6.500.000 de BCG (contra la tuberculosis), casi 6.000.000 de vacuna triple DPT (difteria, pertussis, tétano), 11.000.000 de toxoide tetánico, 30.000 dosis de suero antiofídico y 5.000 de suero antirrábico, dice La República.

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