Caso de Santiago Ochoa revive brutal práctica de decapitaciones en Tuluá

La violenta puja territorial entre Porrón y Picante, dos capos locales, se caracterizó por dejar decenas de cuerpos cercenados en las calles de ese municipio.

La escena por sí sola es escalofriante. Un hombre motorizado lanzó una bolsa negra que contenía la cabeza de un ser humano, en uno de los callejones del caserío El Delirio, corregimiento Agua Clara, zona rural de Tuluá, Valle.

La víctima fue identificada por Medicina Legal como Santiago Ochoa, un joven y humilde residente del caserío que desde el pasado sábado 19 de junio salió de su casa en horas de la mañana pero no había sido reportado como desaparecido.

A medida de que pasaban las horas, las redes sociales de ese municipio valluno estallaron en especulaciones, atribuyendo el macabro crimen a una retaliación ejecutada por agentes del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad).

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De inmediato, el coronel Jorge Urquijo, comandante de la policía en el Valle, publicó un video para condenar el acto criminal y desmentir las versiones en redes sociales que señalaban como supuestos autores a los miembros del Esmad.

“Es importante aclarar que, una vez retornado el orden público en el municipio de Tuluá, desde hace aproximadamente un mes no existe ningún procedimiento por parte de uniformados del Esmad en este municipio. Y rechazamos contundentemente los señalamientos irresponsables que se están haciendo a través de redes sociales vinculando a nuestros uniformados con estos lamentables hechos”, puntualizó el oficial.

“Ya hay un equipo especializado de Inteligencia e investigación criminal que trabaja en la zona junto a la Fiscalía General de la Nación para recolectar información que permita aclarar este lamentable hecho”, dijo el coronel Trujillo.

Además, anunció una recompensa de 10 millones de pesos para quien brinde información que permita dar con el paradero de los responsables de este crimen.

Otras voces

En igual sentido se manifestó el alcalde de Tuluá, John Jairo Gómez Aguirre, quien aseguró que es peligroso relacionar la muerte de Santiago con el paro y los bloqueos, sin una investigación previa.

El mandatario no dudó en señalar que ese hecho de sangre podría estar relacionado con problemas de microtráfico. La zona donde sucedió “es un sector muy difícil de Tuluá, donde se tienen identificados varios móviles criminales”, aseguró durante una entrevista radial.

El alcalde recordó que hace poco en esa zona capturaron a un llamado Arracacho, a quien se le endilgan una docena de homicidios.

La guerra de las cabezas mochas

Más allá de todas esas hipótesis que manejan las autoridades, lo cierto es que esos macabros hallazgos no son nuevos para los tulueños. Esa despiadada práctica criminal de descuartizar a las víctimas y esparcir sus restos por distintos puntos de la ciudad ya era conocida.

Ocurrió en 2012, cuando la guerra mafiosa por el control territorial estaba en su punto más álgido al interior de varias facciones de Los Rastrojos, que otrora lideraban los hermanos Luis Enrique y Javier Antonio Calle Serna, alias Los Comba.

Después de la entrega, captura y extradición de los hermanos Comba, el control de esa temida organización quedaría a cargo de Diego Pérez Henao, alias Diego Rastrojo, también capturado y extraditado.

En medio de esa ausencia de jefes visibles aparecieron en Tuluá dos nacientes capos que ascendieron dentro de la organización: Porrón y Picante. El primero, Óscar Darío Restrepo Rosero, era un gatillero y lavaperro que escaló dentro de la banda a punto de terror y sangre fría. El segundo es identificado por las autoridades como el expolicía Nelson Mauricio Taborda Rudas.

Lo cierto es que ambos eran considerados temidos delincuentes con cuentas pendientes con la justicia, por presuntos delitos que van desde homicidio, extorsiones, concierto para delinquir hasta tráfico de armas y estupefacientes. Porrón aún sigue preso y responde por varios delitos. Picante recuperó la libertad por vencimiento de términos tras ser capturado en 2015.

A nivel nacional los bandidos se hicieron conocer porque, en medio de la guerra territorial, no dudaron en enviar señales de terror y dominio decapitando a sus rivales y esparciendo sus restos por varios puntos de Tuluá, muy al estilo de los carteles mexicanos como los Zetas, Juárez y Sinaloa.

Solo en 2012, las autoridades y los tulueños vieron horrorizados media docena de cuerpos desmembrados. A esa temida vendetta mafiosa se le conoció como la guerra de las cabezas mochas.

En 2014 se volvió a saber de Porrón, cuando el exfutbolista Faustino Asprilla denunció que el criminal intentó extorsionarlo. Según Asprilla, Porrón le dejó una nota con un número pin para exigirle el pago de 200 millones de pesos. “Me gritaron que si no me comunicaba con ellos, me atuviera a las consecuencias”, dijo en su momento el Tino.

Luego se supo que casi todos los empresarios y comerciantes de Tuluá eran vacunados por alias Porrón. Las autoridades lograron capturarlo en febrero de 2015, con incautaciones por 60.000 millones de pesos, representados en inmuebles y vehículos hallados en el Eje cafetero y Valle del Cauca.

Pese a su captura, los tulueños revivieron las escenas de terror de las decapitaciones en junio de 2019, cuando la comunidad reportó el hallazgo de dos cabezas en bolsas negras, abandonadas en distintas zonas residenciales de la ciudad.

Y ahora se repite la historia con la decapitación del joven Santiago Ochoa, que le recuerda al país que en Tuluá aún quedan vestigios de lo que se conoció como la guerra mafiosa de las cabezas mochas.

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