Crónica desde el corazón de la “primera línea”

Por: Betsimar Sepúlveda* / Especial para Diario Criterio

A las 5:30 de la mañana ya está hirviendo el aguapanela en la estufa eléctrica y Miguel se baña con la estricta rutina que aprendió durante los cuatro años como soldado en el Batallón de Contraguerrillas. Cada cocada de agua tiene empozado el aliento helado de la madrugada. Cuando tenga chance terminará de levantar esa pared.

Entra a la pieza que comparte con sus hermanitas. Sobre el camarote tiene listo el uniforme: canilleras y rodilleras de motorizado, ya muy desgastadas. Hoy debe asegurarlas con un nudo ciego para que no se le caigan como la última vez que le tocó huir del Esmad. Mascarilla antigases, pantalón y chaqueta caqui, chaleco donde guardará una bolsita de leche, un lapicero, vendas y unas tijeras para cortar ropa, casco blanco de los que usan los obreros, el brazalete que él mismo hizo para identificarse como paramédico. El casco y el brazalete tienen pintada una O+. La cruz roja quedó torcida pero el símbolo tiene la fortaleza necesaria para salir al campo de batalla con la fe de un Cruzado de corregimiento.

Puede leer: Paramilitares y «paralíneas»

La experiencia como bombero y como soldado le han templado el carácter, sabe cómo suturar una herida, cómo esquivar las balas para rescatar un lesionado y cómo mirar a la muerte de frente y decirle «hoy no».  Al lado de la puerta están la bandera y el escudo.

Es una antena de Direct TV, ¿cierto?, le pregunté un día.

Era, me dijo muy serio. Dejó de ser antena cuando la agarré y la convertí en un instrumento de resistencia. Me costó trabajo, no tenía la herramienta para quitarle los tornillos. Me ingenié la manera de portarlo y mantener las manos libres. Le hice una brazada con alambre para poder llevarlo en el hombro, o me lo cargaba en la espalda. Y como no tenía una cuerda fuerte como para sostenerlo, usé una corbata, toda la herencia de mi bisabuelo muerto. Por esto me pusieron «El Capi».

Ya es hora de bajar al punto, un pedazo de pan, la aguapanela y la bendición de la mamá

“Mijo, vuelva por favor, lo espero para la comida”.

La frase le resuena en el corazón más que una aturdidora. Rossi lo despide en la puerta y lo ve igualito a cuando tenía tres años y no dejaba que lo llevara de la mano ni que lo acompañara a la escuela. Rossi se escondía para hacerle creer que ya iba y venía solito. Ahora lo ve perderse entre la madrugada que apenas bosteza la claridad. Abajo lo esperan los escuderos, la barricada, el ojo tuerto de una bala que no ha podido con las plegarias de Rossi.

Si de algo sabe ella es de frentear la violencia. Estudiar mercadeo no le sirvió tanto como el hambre de sus hijos para insistir puerta a puerta en la venta de los cuadros que hacía con el abuelo y que salía a vender en un carrito que arriaba con el pequeño Miguel. Nunca se rindió, ni cuando el padre de sus hijos se fue y la dejó a su suerte. La vida es un vértigo que ha compartido con sus hijos, así como les enseñó el día que los llevó al parque de juegos mecánicos de la 14 de Calima. “Eran carrozas que daban vueltas en el aire, las barandas nos quedaban grandes y yo sentía que iba a salir volando pero mamá nos decía que nos agarráramos muy fuerte, teníamos miedo de caer pero nos aferrábamos a nosotros mismos”.

Y así la vida. Rossi cierra la puerta, se lleva la mano apretada al pecho. Resiste.

La Portada es una zona del oeste de Cali donde desembocan los corregimientos Montebello, Terrón, Villa del mar, Realengo, Golondrina, Aguacatal, Palermo, Campoalegre, Leonera, Tablasco, la Fortuna, Dagua y el Kilómetro 30. Para muchos de los que viven en esta zona de estrato seis, los corregimientos no existen, ni sus habitantes, ni el dolor de ser siempre los otros, los sin nombre, sin otra oportunidad que la de ser choferes, jardineros, señoras de servicio o simplemente los nadie. Desde el 30 de abril las zonas de El Ancla y La Portada se convirtieron en los bastiones de la resistencia.  Allí se concentraron estudiantes, jóvenes obreros, barristas, jíbaros, paramédicos, deportistas, artistas, excombatientes, exsoldados, recicladores, negros, campesinos, homosexuales, indígenas, ellas, ellos, los siempre excluidos, los nunca escuchados, los marginados, los condenados a los «no lugares» donde el establecimiento los condenó a morir en vida.

Algo le decía a Miguel que el día iba a estar más rudo que de costumbre. Reunió a los muchachos para hacer la plegaria de la mañana. Hay que honrar a los caídos y pedir por los que siguen en pie. Al final golpean los escudos, fuerte, muy fuerte para que resuenen en el cielo de los guerreros muertos. Aunque en la Portada se cuenten completos. Las jóvenes de primera línea tienen más coraje y en sus escudos se lee: «Estado violador», «Ni una más», «Allison vive».

Ya casi daban las doce, la olla comunitaria hervía rebosante y, como cada día, estaban listos para repartir los más de cien platos de comida que alimentan a los muchachos, a los obreros que suben por la zona, a los desplazados, los recicladores, vendedores ambulantes e indigentes que agradecen con un discreto gesto de bendición.

De pronto, tres detonaciones, cuatro, cinco. “¡Están disparando con fusil!”, grita Miguel mientras corre a poner a resguardo la misión médica. “¡No disparen, hay civiles, no disparen!”, suplica. Y aunque los diecinueve combates que libró en el Caquetá lo dejaron parcialmente sordo, podía reconocer que el ataque provenía de un piso alto de un exclusivo edificio y el peligro que representaba para la carpa de la misión médica, donde estaban atendiendo a una mujer embarazada y a un abuelo que había bajado para aprovechar la consulta con los jóvenes médicos. Los primera línea corrieron y formaron un gran caparazón con sus escudos para proteger a las personas que estaban en la cancha. El vecino del edificio de Riveras del Aguacatal guardó su fusil. Por ahora, todos a salvo.

Ni bien terminaba de regularse el pulso y de recuperar el aliento cuando se vino la arremetida de un escuadrón del Esmad. Primero las detonaciones, seguidas de destellos y chispas (como misiles) y estruendosas explosiones, para rematar en una lluvia de gas lacrimógeno que fue descargado contra las personas que corrían hacia la cancha para huir del monstruo que recién estrenaban contra los manifestantes, residentes y transeúntes: Venom, un lanzador múltiple de proyectiles electrónicos de tres compartimientos de carga, con capacidad para alojar 10 cartuchos electrónicos «cada uno de los cuales pueden eyectar sus explosivos hasta 150 metros de distancia, en un ángulo de 45 grados.

“Gracias a un derecho de petición que respondió el Ministerio de Defensa a la Comisión Sexta del Senado, sabemos que esta máquina tiene un costo cercano a los $400 millones”**. El terror lo dominaba todo. Los médicos, los manifestantes y las otras líneas pedían ayuda a los muchachos de primera línea, que una vez más corrían a desplegar sus escudos y frentear la ferocidad del Esmad para que todos pudieran entrar a salvo en la cancha. Miguel se quedó en la puerta, era «El Capi» y no podía entrar hasta que todos estuvieran a resguardo. Quedó atrapado entre los gases, cayó al piso, sintió que la cabeza se le iba a reventar, la máscara antigases ya no servía de nada, no tenía aire. Era el fin. Mientras luchaba por vivir le vino la imagen de los niños a los que les enseñó a bailar breakdance, su cuerpo le era liviano, giraba en el aire y caía sin peso, sonreía y los niños también a él.

Capi, no te vayas. Le quitaron la máscara, le echaron agua con bicarbonato, leche. ¡Arriba Miguel, hoy no, hoy no!

***

Suena el despertador, son las 5:30 de la mañana, a esta hora Miguel ya hizo su rutina de ejercicios y está listo para hacer el aseo en los pasillos y en el baño, recoger las hojas secas y dejar lista la capilla. Prepara su desayuno y se encierra en la habitación. Hoy tiene una exposición en derecho laboral y debe entregar un ensayo para el profe de comunicación asertiva.

Mira a través de la ventana y se pregunta hasta cuándo tendrá que estar allí. No olvida la escena, el susto,  cuando iba para su casa y se dio cuenta de que lo seguía una camioneta blanca. Por fortuna su moto fue más ágil entre las callecitas del barrio, huyó veloz zigzagueando y ninguno de los cuatro disparos que le hicieron desde la camioneta Toyota lo alcanzó. Por este episodio fue que tuvieron que sacarlo de la ciudad bajo un programa especial de protección.

Puede leer: Algunos de los rostros de los desaparecidos, detenidos y torturados durante el paro en Colombia

“Miguel, sacaste 5 en la prueba de emprendimiento, ¡felicitaciones!”. Le dice el profesor al otro lado de la pantalla. Miguel sonríe y agradece.

Hoy, Miguel está bajo protección, y la única certeza que abriga su corazón es la misma de cuando era niño y regaló su único juguete de navidad al vecinito que Santa olvidó en su carrera de nochebuena: que el derecho a la esperanza y la felicidad no puede ser un privilegio de pocos ni el sueño inalcanzable de muchos y aunque se le vaya la vida en cada intento, tendrá los ojos limpios para mirar a su hijo y decirle que lo dio todo en aquel lugar que hoy llaman Portada a la Libertad.

Betsimar Sepúlveda es poeta y cronista colombo-venezolana. Profesional en estudios literarios y directora del Festival Internacional de poesía de Cali.

**fuente El Espectador, 05 mayo 2021.

2 Comentarios