“Que unos pocos tumben estatuas es tan arbitrario como quienes las pusieron”

El profesor de la Universidad Nacional, Fabio Zambrano, uno de los mayores expertos en la historia de Bogotá, habla sobre el conflicto que hay sobre memoria e historia. Señala las estatuas más absurdas que hay. Y cree que deberían tener un papel más allá de ser un posadero de palomas.

Diario Criterio: ¿Qué piensa de la serie de ataques y derribamientos de estatuas que han ocurrido en las últimas semanas, como la de Sebastián de Belalcázar en Popayán y Cali, Antonio Nariño en Pasto, o Gonzalo Jiménez de Quesada en Bogotá?

Fabio Zambrano: En el caso de la destrucción de las estatuas de los libertadores, la acción es inaceptable, tal como se está ejecutando. Grave error reescribir la historia desde la memoria. No podemos aceptar que la historia de Colombia sea el resultado de memorias de unas familias o las de cualquier grupo social.

Una de las preguntas que surge de lo ocurrido es si se tumban solamente las estatuas o cambiamos los nombres de las plazas, avenidas, calles. Si eliminamos la estatua de Jiménez de Quesada, cómo se va a llamar la Avenida Jiménez. ¿Cambiamos este nombre por el nombre del río Vicachá, como lo conocían los indígenas muiscas? ¿Hasta dónde llegamos? Eso no está claro.

Diario Criterio: ¿Entonces debemos quedarnos con esos nombres y lugares de memoria y rito para siempre?

F.Z.: Es claro que no debemos conservar la versión de la Historia que tenemos; al contrario, nos acompaña el convencimiento de que se requieren nuevas versiones de la Historia que sean incluyentes, diversas, que traten a grupos y personas que no se han tenido en cuenta. El peligro que se corre es que estas acciones las emprenda un grupo social que argumenta que tiene la verdad. Esto solamente lo hacen los regímenes autoritarios o las personas atrabiliarias. Es muy discutible que un grupo social, venga a defender la memoria de otra etnia, como los muiscas, cuya huella ya se extinguió hace tres siglos.

Diario Criterio: Se refiere a los misak…

Fabio Zambrano: Es tan arbitrario que una minoría quiera imponer sus creencias de la historia, como lo están haciendo los misak, como lo hicieron los blancos y herederos hispanistas en su momento.

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Diario Criterio: ¿Qué se podría hacer para conciliar este conflicto sobre el pasado?

F.Z.: En Cartagena se construyó un hermoso teatro y se bautizó como Teatro Pedro de Heredia, pero el teatro no se tumbó, a pesar de los nuevos vientos de resignificaciones. Se le cambió el nombre por el de Adolfo Mejía, un músico. Aquí, el otro asunto en conflicto es el que hay entre Historia y memoria.

Diario Criterio: ¿Cómo así?

F. Z.: No hay forma de que las relaciones entre memoria e historia tenga una final feliz. Un ejemplo de oxímoron es hablar de memoria histórica. Esto es un imposible conceptual, y llama a confusiones porque la memoria es individual mientras que la historia es social. La historia resulta de la consulta de fuentes, de la contrastación de las mismas, de la revisión de archivos, documentos públicos y privados y, también, por supuesto, de la consulta de las fuentes orales que son portadoras de relatos de memorias.

Diario Criterio: ¿Y la memoria?

F.Z.: La historia no se puede reducir a la memoria, pues de ello resultan equívocos como creer que la historia de una sociedad es la que resulta de las narraciones familiares. Esto es lo que hace la élite de un país, que construye un relato nacional a partir del relato familiar. Por supuesto, todo grupo social es importante, todos somos constructores de la sociedad, pero algunas familias construyen relatos donde la historia nacional gira alrededor de su apellido.

Diario Criterio: ¿Por qué son importantes los estatus y lugares de memoria?

F.Z.: Las estatuas constituyen parte de un relato histórico y así deben ser comprendidas. Suprimirlas, eliminarlas de manera violenta, no es la solución. Aunque, hay que reconocerlo, las acciones de hecho llaman la atención y abren el debate. Hay que tomarlas como símbolos, como una imagen que remite a un reconocimiento de su puesto en la historia y que forma parte de un relato histórico.

Diario Criterio: ¿Quiénes deberían tener estatuas en Bogotá?

F.Z.: Bogotá, toponimia muisca, recoge numerosos lugares de memoria muisca. Por ejemplo, el Centro Internacional acoge al Hotel Tequendama y lleva por nombre Tisquesusa. En Usaquén, nombre indígena, se celebra cada año un acto cultural alrededor de la fundación de esa población, donde se recrea la leyenda de Usaca. En Usme se relata la historia de Usminia. Y los municipios anexados a la capital llevan nombres muiscas: Usaquén, Suba, Engativá, Fontibón, Bosa, y Usme. No es cierto que no hay referencias al pasado muisca.

Diario Criterio: ¿Se les debe preguntar a los bogotanos si están de acuerdo con quitar o no las estatuas en disputa?

F. Z.: Puede ser una forma de conocer cuánto saben los bogotanos de la existencia de sus estatuas. Muchas de ellas no pasan de ser posaderos de palomas. Faltan muchas, sobran otras, difícil definir quiénes tienen la autoridad para erigir estatuas. Hay un Consejo de Monumentos, pregunto si sólo éste debe ser el encargado de esta delicada función.

Diario Criterio: ¿Cuáles son las estatuas más absurdas que hay en Bogotá?

F.Z.: La del dictador gustavo Rojas Pinilla, que bautiza una avenida con su nombre. El busto de Laureano Gómez, monstruoso como su memoria, de pronto fundida así para recordarnos el apodo que tenía en vida: el monstruo. La de numerosos políticos que se apoderan de los lugares de memoria bogotana, como los Lleras.

Diario Criterio: ¿Y la ausencia más increíble?

F.Z.: La ausencia más absurda es la de Antonio Nariño. La única estatua que hay está presa, enrejada, no se puede visitar, y que, de manera simbólica, le da la espalda a la Casa de Nariño. ¡Vaya contradicción! Nariño, el bogotano por excelencia, padece de un olvido lamentable, y el único lugar que queda donde vivió, hoy es un museo de las glorias deportivas de Bogotá, en el Parque Montes. También está el monumento a Humboldt en la Universidad Nacional, a punto de caerse, vandalizado, en mal estado, a pesar de ser el científico más importante del siglo XIX que visitó a la capital.

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