La salida de Claudia Blum y el aislamiento internacional de Colombia

La ministra de Relaciones Exteriores habría renunciado por el descontento de Iván Duque con su gestión y en medio de una lucha interna por arrebatarle la cartera al sector radical del Centro Democrático.

Tras una semana de rumores, este miércoles los colombianos supieron que Claudia Blum había radicado su carta de renuncia irrevocable y que el presidente Duque se la había aceptado. Salió en medio de la inconformidad de algunos sectores del gobierno y del Centro Democrático por su gestión y tras las críticas de la comunidad internacional por la forma como el Estado colombiano ha manejado las marchas y protestas comenzadas  el 28 de abril.

El descontento con la dirigente vallecaucana venía de tiempo atrás. Fuentes cercanas al gobierno consultadas por Diario Criterio cuentan del distanciamiento entre la Casa de Nariño y el Palacio de San Carlos.  Por fin, las protestas que estallaron en el país hace dos semanas se convirtieron en el catalizador que marcó su salida.

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Como era de esperar, los abusos de la fuerza pública, la represión excesiva y las muertes de ciudadanos en las protestas merecieron fuertes pronunciamientos de la comunidad internacional. Human Rights Watch, Amnistía Internacional, Periodistas sin Fronteras, la ONU, la Unión Europea, diputados de España, Estados Unidos y Alemania, e incluso el presidente argentino, Alberto Fernández, mostraron su preocupación por la manera como el gobierno afrontó la ola de inconformidad social.

Esa andanada de críticas externas poco gustó en la Casa de Nariño. Funcionarios del gobierno acusaron a Blum de no haber actuado oportunamente para contener algo que consideran propaganda negra impulsada, según ellos, por la oposición.  De hecho,  la canciller había empezado a preparar una agenda internacional para mostrar que Colombia, al contrario de las denuncias, aseguraba el derecho a la protesta e investigaba los posibles crímenes y excesos de la fuerza pública. Pero cuando, la semana pasada, envió una carta a la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, la tensión con  el gobierno escaló a límites sin regreso.

La misiva cuestionaba “las aseveraciones formuladas por la Oficina de la Alta Comisionada, en relación con presuntas muertes y amenazas ocurridas en Cali” y lamentaba la falta de verificación del organismo internacional. Pero además,  tenía una particularidad: no la firmaba Blum sino  la viceministra de Relaciones Exteriores Adriana Mejía.  La canciller tomó este hecho como un desaire y los observadores confirmaron hasta qué punto algunos miembros del equipo de Duque habían aislado a la Canciller. 

La periodista D’Arcy Quinn habría ratificado esa versión pues dijo en Caracol Radio: “La verdadera razón de la renuncia de la canciller Claudia Blum sería porque ‘se cansó’. Manifestó, en varias ocasiones, al Palacio de Nariño su inconformidad con la viceministra de asuntos multilaterales, Adriana Mejía, quien consideraba se la saltaba en su gestión como canciller. Sin embargo, según Blum, Palacio no realizó nada al respecto”.

La carta a Bachelet no la firmaba Blum sino  la viceministra de Relaciones Exteriores Adriana Mejía.  La canciller tomó este hecho como un desaire y los observadores confirmaron hasta qué punto algunos miembros del equipo de Duque habían aislado a la Canciller.

Varias fuentes comentaron a Diario Criterio que Blum también habría renunciado en medio de un pulso entre un sector más cercano a Duque y el uribismo puro y duro, que tendrían a la cancillería como botín. La actual viceministra es muy cercana a María Paula Correa, mano derecha de Duque. En ese sentido muchos creen que el próximo ministro podría pertenecer a  la línea de la jefe de gabinete, lo que significa que el ala dura del Centro Democrático dejaría de controlar el Ministerio.

Una cuestionada gestión 

Más allá de estos intríngulis y juegos de poder, casi nadie calificaba bien el papel de Blum, ni siquiera funcionarios  o senadores afines al gobierno. Desde que llegó al puesto, en noviembre de 2019, muchos han dicho que se aisló y que poco se supo de su gestión durante el casi año y medio en el que dirigió la cartera.

“Es muy difícil evaluar la gestión de una canciller, en la que los temas importantes de relaciones exteriores no quedaron en su escritorio sino en el de funcionarios de la Casa de Nariño. Por ejemplo, en el equipo negociador de las vacunas, ella no tuvo un papel relevante. Tampoco hubo un plan para fortalecer la posición de la región en torno a la búsqueda de un acceso más rápido y equitativo a las vacunas”. Lo dice Sandra Borda, profesora de ciencia política de la Universidad de los Andes.

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Con esa evaluación coincide Eduardo Velosa, profesor de relaciones internacionales de la Universidad Javeriana: “A Claudia Blum le daría una calificación muy mala. No se vio una participación de la cancillería en ningún proceso político internacional importante. Su gestión fue pasiva y todo lo que hizo fue atender las necesidades propias de la cartera sin ningún plan”. 

Rafael Enrique Piñeros, experto internacionalista y profesor de la Universidad Externado, explica que esa mala imagen o falta de gestión se debe a dos factores. El primero, que ella llegó a una cancillería cuya gestión, la de Carlos Holmes Trujillo, ya era fuertemente criticada. Y segundo, ejerció la mayor parte de su periodo durante la pandemia, un tiempo en el que “al sector diplomático mundial y regional no le fue muy bien”. A eso sumaba que Blum se encontraba en el ocaso de su carrera política y “posiblemente, esta situación podría haber influido en la pasividad con que ejerció el cargo”. Sin contar con que “que ella debía seguir los lineamientos previamente establecidos por Duque y Trujillo”, explica Piñeros.

La presunta participación del embajador de Colombia en Estados Unidos, Francisco Santos, o de miembros del Centro Democrático, a favor de Donald Trump, produjo una respuesta escueta de Blum. Tanto, que llevó a muchos críticos a señalar que nadie mandaba en la cancillería y que las embajadas eran “ruedas sueltas”. Pocos días después sucedió un hecho inédito en la historia, que envió un mensaje muy fuerte sobre el papel que jugaba la vallecaucana al frente de esa cartera cartera.

En efecto en noviembre  pasado, para cumplir un fallo del Consejo de Estado, Blum convocó a una reunión informativa a la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores y, como nunca antes desde que existe ese cuerpo, ninguno de los expresidentes asistió, ni siquiera Álvaro Uribe. En su momento, César Gaviria dijo: “No es útil atender reuniones cuando es claro que el convocante no quiere escuchar opiniones distintas, ni le interesa en absoluto compartir sus ideas sobre lo que debe ser nuestra política exterior”. Cuatro meses después ocurrió lo mismo cuando la cancillería convocó a la Comisión para tratar un tema de Nicaragua. “Estos desplantes de los expresidentes y otros hechos fueron ambientando la salida de Blum”, comentó a DiarioCriterio una fuente cercana al gobierno.

A ese aparente desajuste se sumaron otros hechos que dejaron mal parada a Blum ante un sector político y ante la comunidad internacional. El más reciente, haber dicho en una reunión con el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que las disidencias habían aparecido como  un “incumplimiento de la antigua guerrilla, convertida ahora en partido político”. El propio consejero presidencial Emilio José Archila no tardó en desmentir semejante afirmación.

Sale Blum, ¿y ahora qué sigue?

A los analistas consultados por Diario Criterio no los invade el optimismo por el futuro de la Cancillería. Consideran que como sucedió con Trujillo y con Blum, esta cartera mantendrá esa imagen poco favorable, entre otras razones porque el presidente dirige las relaciones internacionales y el ministro de turno solo las ejecuta.  

En el caso colombiano, más allá de la pasividad de Blum, Duque asumió una política internacional poco afortunada, basada en los presupuestos de la situación interna y del Centro Democrático. Hizo grandes apuestas que  naufragaron como su ofensiva internacional contra Venezuela y el intento de crear un bloque para oponerlo a Unasur y a los gobiernos de corte izquierdista. Esa estrategia, en lugar de posicionar a Duque como líder regional, como quería, ha llevado al país al aislamiento y, ahora, a cierto desprestigio a raíz de las protestas. Sin contar con que debe comenzar a desplegar una estrategia en Estados Unidos para cautivar al Partido Demócrata, mayoría en el legislativo, resentido por el presunto apoyo de miembros del gobierno a la campaña de Trump. 

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Duque tiene pocos  aciertos, pero hay que abonarle el manejo de la migración venezolana, que ha recibido un reconocimiento mundial. “El país tiene retos muy grandes en términos de relaciones exteriores, pero el tiempo se agotó y en 14 meses es muy poco lo que se puede hacer para alcanzar  importantes logros. Entonces uno esperaría cosas modestas como cumplir la promesa hecha por Trujillo de entregar a funcionarios de carrera al menos el 50 por ciento de los cargos importantes de la representación diplomática. O que, por lo menos, restablecieran los servicios consulares en Venezuela, algo hoy  casi imposible dada la política de Duque frente al gobierno del país vecino”, explica Piñeros.

En esa misma línea Borda piensa que, debido a las protestas, el gobierno estará en una actitud defensiva frente a las críticas de  la comunidad internacional en cuanto a derechos humanos. Esta cuestión podría aumentar el cerramiento de Colombia en términos de relaciones exteriores. “Veo un gobierno atrincherado”, afirma. Velosa apoya esa conclusión: “En realidad yo no veo que vaya a haber mayores cambios en materia de relaciones exteriores y creo que la confrontación con la comunidad internacional va aumentar por cuenta de las protestas”.

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