Tumbar estatuas: la pelea por la memoria en el espacio público

El 28 de abril, primer día de paro nacional, el pueblo indígena misak derribó la estatua de Sebastián de Belalcázar, ubicada al occidente de Cali. En la madrugada de este viernes 7 de mayo, un grupo de la misma etnia que protestaba frente a la Universidad del Rosario, en el centro de Bogotá, tumbó la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada; una vez Quesada estuvo en el suelo, los indígenas tocaron tambores y flautas.

Este hecho va más allá de las estatua de los fundadores de estas dos ciudades. En estos diez días de paro nacional, también cayeron las de Misael Pastrana, Antonio Nariño y Gilberto Alzate Avendaño. Una práctica que fue frecuente en 2020 en Estados Unidos donde unos 100 monumentos asociados con los Confederados fueron removidos.

Puede leer: Estatuas y monumentos: ¿Por qué se convirtieron en objetivo de los movimientos sociales en el mundo?

El tema, visto desde diferentes perspectivas, tiene en el centro un debate sobre la historia y el patrimonio cultural del país. Están quienes defienden la caída de la estatua, los que tildan de vándalos al pueblo indígena y quienes promueven una resignificación de estas representaciones; pero, nuevamente, la pregunta que queda en el aire es ¿quién debería decidir la suerte de los monumentos en discordia? 

El año pasado se sentó un precedente: el 16 de septiembre el pueblo indígena misak derribó la estatua de Belalcázar situada en el Morro del Tulcán, Popayán. “La caída de las estatuas hace parte de un proceso de restitución de la memoria colectiva”, aseguró Indy Piapya Fernández, lideresa indígena misak.

Pedro Velasco, líder indígena y vocero del movimiento de Autoridades Indígenas del Suroccidente (Aiso), aseguró que eliminar la estatua hace parte del proceso de reivindicación, tanto de la memoria de este pueblo, como de sus procesos culturales y  territoriales. 

La primera estatua (la de Popayán) cayó después de que la jurisprudencia del pueblo misak determinó que Belalcázar es responsable de varios crímenes. “Magnicidio, despojo, violación, empalamiento e invisibilización de la memoria colectiva, y estos son solo algunos de los crímenes porque en la memoria oral y colectiva de los pueblos hay más hechos aterradores”, afirmó el vocero. 

Recomendado: ¿Por qué sigue el paro nacional a pesar de la caída de la reforma y de Carrasquilla?

Incluso, el colonizador Belalcázar fue condenado a muerte por la Corona Española en 1546. Algunas versiones señalan que, tras ser denunciado por los abusos contra los indígenas, ordenó el asesinato del juez Jorge Robledo, quien había sido enviado por un tribunal español para verificar los hechos de violencia. 

La estatua de Jiménez de Quesada -según las declaraciones de la comunidad misak- fue derribada “en el marco de la descolonización de la memoria histórica”, lo describen como “un genocida del pueblo muisca en las sabanas de Cundinamarca y Boyacá”.

Sin embargo, para algunas autoridades el acto solo puede calificarse como vandálico. Así lo dijo el ministro de Cultura, Felipe Buitrago, quien a través de su cuenta personal de Twitter condenó lo sucedido esta mañana en la plazoleta de la Universidad el Rosario. El funcionario aseguró que ese tipo de hechos “atentan contra los bienes públicos de la cultura”.

Ati Quigua, concejala de Bogotá e indígena Iku, dijo que los medios de comunicación deberían “contar este hecho con un contexto histórico más amplio”. Para la concejala, en el espacio público hay símbolos “que rinden culto a la colonización, “una historia cruel que recuerda que Colombia sigue siendo un proyecto colonial”.

Es necesario reconocer el carácter colonial del Estado colombiano, no sólo para los interesados en estudiar la historia de Colombia, sino para los que desean encontrar una lectura de su presente y pretenden construir un proceso de paz duradero. Necesario reconocer las múltiples violencias y discriminaciones que han afectado a las comunidades étnicas“.

Ati Quigua

Para la concejala, dichas violencias son cada vez más sutiles, pero más profundas y constituyen “el racismo sistémico que perpetúa el mandato de la desigualdad patriarcal, racista y colonial”. Concluye con una invitación a abrir espacios para el debate e incluir una mirada plural de la historia.

El debate

El historiador Fabio Zambrano, profesor de la Universidad Nacional, explica que para analizar este hecho es necesario partir de la diferenciación entre memoria e historia. Zambrano asegura que es difícil encontrar una unión entre los dos conceptos, ya que la primera es individual y la otra colectiva. “La visión de Belalcázar como un genocida hace parte de la memoria del pueblo misak, lo cual es respetable. Pero en la historia, su imagen también tiene la dimensión de fundador de ciudades, urbanista, entre otras”, asegura. 

El profesor aclara que, si bien es cierto que Belalcázar y Quesada, como los demás conquistadores, fueron unos genocidas y que la historia siempre la escriben los vencedores, es imposible borrarla de la realidad. “Otra cosa es ver qué posición ocupan en la historia y si es necesario reescribirla, pero yo no creo que esa reescritura esté en la destrucción de las estatuas”, dice. 

Una opinión similar tiene Alberto Escovar, director de Patrimonio y Memoria del Ministerio de Cultura, quien cree que la solución debe nacer de los consensos y de la resignificación de los símbolos. “Algo así pasó en Lima, cuando varias comunidades abrieron la discusión sobre el monumento de Francisco Pizarro y este fue reubicado pacíficamente”, dice Escovar. 

En línea con la propuesta de resignificación, se pueden encontrar ejemplos como lo ocurrido en Auschwitz, uno de los peores campos de concentración usados durante el Holocausto. En este caso, los polacos decidieron mantener el lugar como un testimonio para comprender lo ocurrido y que no volviera a pasar. 

Le puede interesar: El mítico paro de 1977 y por qué lo están  comparando con el actual

Escovar manifiesta que las instituciones están abiertas a generar diálogos para avanzar en la resignificación. ”En el caso de Popayán, se redescubrió que el lugar donde se había puesto a Belalcázar era una pirámide prehispánica, entonces el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural acordó que no podría ponerse de nuevo en ese lugar”, asegura.

Sin embargo, el líder Velasco argumenta que los gobiernos nunca los han tenido en cuenta para tomar decisiones que los afectan directamente, por el contrario, dice que: “El Estado ve las acciones de las comunidades como vandalismo, pero lo que hemos hecho es resistir a la hegemonización cultural por más de 500 años”. 

Al respecto, Zambrano comenta que si la pregunta es cómo lograr la participación, para él solo se alcanza con educación. Es decir, encontrar la forma de enseñar sobre Jiménez de Quesada o Sebastián de Belalcázar sin tomar una sola cara de la historia. “Esta es una oportunidad pedagógica para ampliar el conocimiento histórico”, agrega el profesor. 

Estos hechos han desatado su propia polémica en Cali y Bogotá, debido a la posición de varios ciudadanos que admiran y sienten como parte de su identidad las estatuas. En este sentido, algunos expertos advierten que el papel de los símbolos no es el de referencia, sino que deben enseñarse, comunicarse y generar reflexiones. El vocero Velasco, por su parte, dice que no entienden cómo “líderes de partidos tradicionales y alternativos alaban símbolos de poder colonial argumentando que son patrimonios históricos culturales”.

La caída de las estatuas de Belalcázar y Quesada muestran la necesidad de abrir una discusión pública respecto a qué debería pasar con los monumentos que evocan contradicciones y cómo decidir si permanecen

4 Comentarios