Paro, violencia pura y vandalismo, reflexiones de un filósofo

Luis Guzmán hace una reflexión sobre ciertos actos violentos que se han visto en el paro y la forma como deberían entenderse, pues según él, “intentar justificar la violencia lleva a más violencia”.

Especial para Diario Criterio

Las marchas del último mes en Colombia han sido muy sonoras. Se escucha todo tipo de música en ellas y el cuerpo a veces se confunde, atrapado entre ritmos diferentes que lo jalonan en direcciones opuestas: batucadas, canciones protesta, hip-hop, metal. El viernes, en la multitudinaria marcha en Bogotá por un mes de resistencia, me encontré con un cartelito que cargaba un manifestante y que decía: “Orgullo Vándalo”. Al igual que el cuerpo, la mente a veces no sabe cómo acomodar ritmos opuestos. Lo que sigue es un intento de baile conceptual, porque sin música no se puede vivir.

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Normalmente asumimos que existen dos posturas posibles frente a la violencia: o pensamos que nunca se puede ni debe justificar, es decir, que no debe utilizarse como medio para fin alguno, o pensamos que es posible justificarla dependiendo del fin que se lograría con ella. En este último caso, un fin justo enmarcaría la violencia como medio. Obviamente esta segunda postura se enfrenta al problema de quién decide la justeza del fin.

Este papel usualmente lo asume el Estado en tanto se atribuye el monopolio de la violencia, decidiendo cuáles violencias son legales y cuáles no. Las presuposiciones detrás de estas dos posturas radican en creer, por un lado, que toda situación de injusticia que una sociedad confronta puede ser superada sin necesidad de recurrir a la violencia, y por el otro, que el estado es la única entidad que posee la autoridad normativa para asignar la diferencia entre violencias legítimas e ilegítimas.

Me parece que ambas presuposiciones están erradas. Con respecto a la primera, basta mencionar casos históricos donde pudiera afirmarse que sin actos violentos los fines buscados no se habrían podido lograr. Con respecto a la segunda, ningún estado permite violencia ejercida contra potenciales injusticias originadas desde el Estado mismo, ya sea por comisión o por omisión, si por medio de ella se pone en duda su legitimidad.

La autoridad del Estado, encarnada en su monopolio sobre la violencia, siempre se utiliza para preservar al Estado mismo, fin que toma prioridad sobre el intento por responder a las condiciones de injusticia, y generalmente viene arropado en el lenguaje de orden e institucionalidad

El Estado determina los límites dentro de los cuales la sociedad puede exigir cambios. Estos son, por ejemplo, el derecho a la protesta y a la huelga. Ellas se permiten siempre y cuando no rebasen los límites impuestos por el estado mismo, los cuales generalmente están determinados por la amenaza a su estabilidad.

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El Estado, entonces, es quien decide si un fin es justo o no y, por tanto, si la violencia es legítima. Sin embargo, esto genera una paradoja: tanto la violencia como su justificación originan de la misma fuente. Se ejerce violencia y simultáneamente se imponen los criterios que garantizan la justeza de los fines buscados por medio de dicha violencia. En otras palabras, toda justificación de violencia es auto-justificación.

El carácter circular de esta lógica no solo atañe al Estado. También describe violencias generadas en su contra, en busca de cambios que reduzcan injusticias a menudo causadas por el estado mismo. Es decir, tanto la violencia de Estado (en tanto busca conservar una normatividad particular) como la violencia contra el Estado (en tanto intenta fundar una nueva normatividad) caen en un movimiento auto-justificatorio, el cual generará nuevas condiciones de injusticia en sus intentos por conservarse, por un lado, o fundar y legitimar un nuevo sistema normativo, por el otro.

La gran paradoja de la violencia, entonces, es su carácter injustificable. Toda violencia ejercida como medio para un fin está sujeta a una tarea imposible: su justificación. Sin embargo, la violencia es necesaria para superar ciertas situaciones de injusticia que no han logrado ser superadas por medios políticos. Nos encontramos en la encrucijada entre necesidad y falta de justificación. La violencia como medio es necesaria pero injustificable.

Propongo pensar ciertos actos violentos al margen del lenguaje de medios y fines. ¿Qué significaría un acto violento que no estuviera insertado en una relación instrumental? ¿Cómo debemos reaccionar ante una violencia que se manifiesta sin fines ni razones, que no intenta justificarse? El vandalismo se define como un acto de destrucción de propiedad pública o privada, no tiene un fin más allá del acto mismo de destrucción. No es un medio para un fin ulterior. Se le critica justamente el que exista al margen de la relación de medios-fines. El acto llamado ‘vandálico’ se sustrae al espacio lógico de razones, donde jugamos a pedir y dar razones; por ello no se considera racional. 

Es en esta aceptación en la que se asoma el origen etimológico del ‘vandalismo’: los vándalos eran originariamente un pueblo germano-escandinavo, habitante de las regiones cercanas al mar Báltico durante los primeros cinco siglos de nuestra era. Eran considerados bárbaros por el Imperio Romano. Esta ‘barbarie’ se opone a la idea de civilización y sigue determinando cómo se caracteriza a quienes cometen actos ‘vandálicos:’ barbaros, incultos, que ponen en peligro nuestra civilización. Son seres con los cuales no se puede razonar y solo queda someterlos bajo la ley.

Según este registro etimológico, la crítica al ‘vándalo’ consiste en que no intenta justificar sus actos. Pero si esta es una tarea imposible en tanto todo intento de justificación de violencia ya presupone el marco normativo que esta pretende justificar, podríamos resignificar el acto ‘vandálico’ sustrayéndolo del lenguaje de fines/medios y entenderlo como pura manifestación o expresión. Se consideraría entonces como una condensación de una situación o realidad que adquiere su valor no en tanto intenta realizar algún fin especifico (político o social) para transformar dicha realidad, sino en tanto la revela o ilumina de manera contundente.

No es fácil extraer la significación del acto ‘vandálico’ del lenguaje instrumentalista de medios/fines ni del lenguaje utilitarista de consecuencias: el costo económico de los daños materiales y el costo social del efecto de dichos daños sobre el tejido social.

Además de ser actos sin razón, cargan consigo un gran costo. Propongo resignificar el ‘vandalismo’ como un acto de pura manifestación. Ello no consiste en una apología del ‘vándalo’. Ya vimos que intentar justificar la violencia lleva a más violencia debido a su carácter auto-justificatorio. Hacerlo no nos permitiría iluminar el aspecto particular del fenómeno.

También necesitamos deslindar esta pura manifestación o expresión de la violencia de las posibilidades muy reales de que actores específicos (ya sea de derecha o de izquierda) estén conscientemente realizando dichos actos con propósitos políticos particulares; o de que haya individuos que por razones sicológicas disfruten del riesgo de la destrucción y del enfrentamiento con la autoridad. No es labor fácil hacer distinciones. Esto trae como resultado general el asumir una posición cómoda de reducción del ‘vandalismo’ a simple acto criminal, aventura anárquica adolescente, infiltración de grupos disidentes, paramilitares, narcotraficantes o criminales, o hasta infiltración de las fuerzas de seguridad mismas para atizar el caos y justificar represión y mano dura.

No obstante, si no intentamos repensar los actos de violencia ‘vandálica’ que acompañan las protestas sociales, si se utilizan simplemente para rechazar y socavar las protestas mismas, estamos abocados a seguir sin comprender que no todo es pura ideología. En la violencia ‘vandálica’ entendida como manifestación pura asoma una realidad que no podemos darnos el lujo de negar. 

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