‘Adiós, señor Haffmann’: la ética en tiempos de guerra

Se estrena hoy una película que viene precedida de un gran éxito comercial en Francia, su lugar de origen, y que toma decisiones frente a una tradición muy propia de ese país y del cine europeo: los films sobre la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de los judíos. Y lo hace en tiempos donde se debate con intensidad sobre la necesidad de focalizar otros genocidios o representar el que sufrieron los judíos desde formas nuevas de representación.

El cine sobre la Segunda Guerra Mundial en general, y sobre el exterminio de los judíos en particular, cumplió una función esencial en la reflexión y las dinámicas culturales de la segunda mitad del siglo veinte; función que se ha mantenido –con muchas transformaciones– en las dos décadas de este siglo. A través de ese cine que va, por proponer una genealogía, de Noche y Niebla (Alain Resnais, 1955) a El hijo de Saúl (László Nemes, 2015), pasando por La vida es bella (Roberto Benigni, 1999), pudimos pensar en los límites de la experiencia humana y el sufrimiento, en la tecnificación de la muerte y los alcances del poder. 

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Ese grupo muy amplio de películas también nos permitió construir una ética de las imágenes, e indagar críticamente en lo que se puede –o se debe– representar. A partir de esta filmografía, y de la tradición crítica que suscitó, se instaló también una pregunta sobre si existe lo innombrable y lo irrepresentable, y se cuestionó el valor de prueba de los testimonios y de las imágenes. Los retos del arte en tiempos de guerra o de excepcionalidad (que tristemente parecen no ser una excepción) se pueden resumir en esa frase de Adorno traída a cuento mil veces por fuera de la realidad histórica en la que fue dicha: escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Reflexión en sintonía con la de Walter Benjamin: no hay documento de la cultura que no sea, al tiempo, un documento de la barbarie. 

Estas declaraciones son imposibles de entender sin considerar los efectos de un trauma histórico específico, que afectó a toda la cultura humanista europea de la primera mitad del siglo veinte. Ese trauma, que aquí llamaré el Gran Asunto, fue la shoah: el lado más oscuro de ese acontecimiento –la segunda gran guerra– del que nacimos viejos. ¿Qué otra perspectiva ofrecer o cómo contar de nuevo algo tantas veces visto? ¿Por qué seguir mirando hacia allá, a pesar de que hoy se discute también sobre la necesidad de nombrar otros genocidios y poner en disputa la centralidad del holocausto de los judíos?

Vea el trailer de ‘Adiós, señor Haffmann:

Sobre esa encrucijada recae el interés –y la decepción– de una película como Adiós, señor Haffmann, del director francés Fred Cavayé, basada en una obra de teatro preexistente de Jean-Philippe Daguerre. Desde su propio título la película evoca otros filmes sobre la segunda guerra y la ocupación nazi de Francia como el aclamado Adiós a los niños, de Louis Malle. En su desarrollo, la película de Cavayé también actualiza un repertorio cultural que pasa por films como El último metro (François Truffaut, 1980) o Mr. Klein (Joseph Losey, 1976), entre muchos otros. En esta tradición cinematográfica se cristalizan temas como la ambición, el sacrificio, la traición o la impostura de la identidad, paradojas sobre las que volveré más adelante.

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A su vez, este cine ha creado unos códigos visuales y narrativos; entonces la gran prueba para las películas consiste en cómo ubicarse frente a este legado. ¿Repetir las convenciones de la representación o moverlas hacia nuevos límites? En El hijo de Saúl, por ejemplo, Nemes eligió la incomodidad de un punto de vista cerrado –concentracionario, se podría decir– en el que el tema coincidiría con su manera de tratarlo: como una sinalida que la cámara transmite vivamente. Ya desde sus planos iniciales, es claro que Adiós, señor Haffmann se inclina por un punto de vista obediente con las convenciones, donde el pasado es lugar de nostalgia y depósito para ejercicios de utilería. Es la guerra –pese a todo– como espectáculo. 

Los materiales para ese esfuerzo de reconstrucción detallista –e inane– del pasado están dados. Es 1942. El señor Haffmann es un talentoso joyero judío que, en la Francia ocupada por los nazis, percibe la inminencia del peligro y decide proponerle un acuerdo a uno de sus empleados, François Mercier. Este se quedará con la tienda y el taller de joyas, mientras pasa la guerra y el señor Haffmann puede regresar y recuperarlos. La película acude entonces a toda esa memoria cinéfila codificada e intenta crear a partir de ella una zona de confort –es decir, de belleza plástica– que aliviane la dificultad de enfrentar el horror que vendrá.

Adiós señor haffmann
“Ya desde sus planos iniciales, es claro que Adiós, señor Haffmann se inclina por un punto de vista obediente con las convenciones, donde el pasado es lugar de nostalgia y depósito para ejercicios de utilería”

Adiós, señor Haffmann no es una película sobre las trincheras de la guerra ni sobre el abismo de los campos de concentración, sino sobre ese otro escenario que propicia la guerra: el que pone a prueba, día a día, la ética conocida en tiempos de normalidad. En la guerra se abre un espacio para lo inusual, para tomar decisiones que comprometen la supervivencia de lo humano que la guerra busca destruir. A eso se enfrentarán los señores Haffman y Mercier, y la esposa de este último. Cuando la situación inicial que propone la película se desenvuelve no de la manera en que los personajes creen que ocurrirá, sino tal como los espectadores sospechamos de antemano, la película alcanza su mayor interés. Es decir, cuando deja de ser una postal sobre la guerra y, por entre su convencionalismo visual y narrativo, se filtran dilemas éticos que interpelan o desubican al espectador.

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Sobre las éticas provisionales, lugares de emergencia de “lo nuevo” en tiempos de guerra, ha corrido mucha tinta y celuloide. En la obra del escritor italiano Primo Levi, por ejemplo, se habla de esas zonas intermedias o grises en donde ya no sabemos exactamente cómo ubicarnos en la distribución de quién es el héroe o quién el villano. Parecen solo existir los hechos y las decisiones, con su crudeza brutal y su ambivalencia. Habrá que admitir que esos héroes o villanos son hombres y mujeres como nosotros. Si esto es un hombre (como el título del libro de Levi), qué es la humanidad o, más urgente aún, dónde encontrarla.

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