“Cada vez que un afrocolombiano disputa un espacio de poder, el racismo se exacerba”: Francisco Flórez Bolívar

El autor del libro ‘La vanguardia intelectual y política de la nación’ explica el origen de los discursos racistas en contra del pueblo afrocolombiano y cómo, desde el siglo XIX, negros y mulatos participaron en los círculos intelectuales y políticos del país.

El historiador Francisco Flórez Bolívar público el libró La vanguardia intelectual y política de la nación en el que narra la historia poco conocida de un reducido circulo de políticos e intelectuales negros y mulatos que emergieron entre 1877 y 1947 y propusieron novedosos discursos de entender la igualdad racial y discutieron las ideas racistas de sus contemporáneos.

En diálogo con Diario Criterio, Flórez habló sobre la importancia de los intelectuales negros y mulatos en la historia de las ideas en Colombia, explica por qué creemos erróneamente que Bogotá es la ‘Atenas suramericana’, entre otros temas de actualidad, como el racismo en contra de Francia Márquez.

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Diario Criterio: ¿Por qué escribir un libro sobre la intelectualidad negra o sobre esos personajes que fueron más allá de reivindicar sus costumbres o cultura ancestral y entraron en los círculos académicos y políticos, por decirlo de alguna manera, de la élite colombiana?

Francisco Flórez Bolívar: Este libro y el tono en el que está escrito responde a motivaciones personales e historiográficas. Desde la primera esfera, debo decir que, al tiempo que me reflexionaba sobre lo racial en Colombia, mi hija Manuela, que, en 2019, contaba con 5 años, experimentaba insultos raciales por parte de niños y niñas de 8 y 9 años. Me preguntaba cómo hacer para que Manuela, al igual que sus hermanas, Nathy e Isa, en el futuro, comprendieran el origen de los discursos racistas utilizados por esos niños y, a la vez, adquirieran conciencia de los esfuerzos que generaciones precedentes hicieron para enfrentar el racismo en Colombia.

La respuesta la encontré en la historia intelectual, porque, aunque se tiende a explicar el racismo exclusivamente desde la ignorancia, la ciencia —como sabemos—jugó un papel trascendental en la creación de categorías de diferenciación racial.

La segunda motivación tenía que ver con tratar de reconstruir una historia intelectual en la que habitantes negros y mulatos aparecieran como actores claves en la configuración del mundo letrado colombiano. Ese esfuerzo, supuso superar visiones que establecen una relación mecánica entre oralidad y mundo negro y, a la vez, cuestionar aquellas que han estudiado la intelectualidad colombiana exclusivamente desde las experiencias de las élites políticas andinas.

Al hacerlo, emerge un pequeño, pero significativo grupo de artesanos, obreros, estudiantes y profesionales negros y mulatos de las costas Pacífica y Caribe reflexionando sobre la idea de modernidad y los lenguajes republicanos, narrativas que —desde los discursos de la autenticidad— se suelen mirar hoy con sospecha.

¿Qué hacer con ese lenguaje republicano? ¿Lo consideramos una máscara utilizada por estos habitantes para blanquearse, como proponen algunos? O, en sintonía con lo sugerido por Luciana Cadahia, Marixa Lasso y James Sanders, ¿analizamos las formas en que tales sectores configuraron un republicanismo popular? Me inclino por la segunda opción, y, por ello, en el libro analizo las interpretaciones que hicieron de la idea de modernidad y cómo usaron los conceptos que la componen para navegar el orden sociorracial presente en Colombia entre 1877 y 1947.

La vanguardia intelectual y política de la nación

Diario Criterio: En términos generales poco se conoce de la élite intelectual negra de la que usted habla y se podría decir que comparada con los intelectuales del resto del país es reducida en número. ¿Cuál es la importancia de esta?

F.F.B.: Hay una discusión que me interesa plantear en el libro relacionada con la definición de la idea de vanguardia. En los textos de historia intelectual colombiana predomina la idea de vanguardia asociada a pensadores como Francisco José de Caldas, José María Samper o Luis López de Mesa. Y, cuando observas sus visiones de sociedad desde una perspectiva racial, son unos personajes poseedores de visiones profundamente despectivas hacia habitantes negros e indígenas. ¿Qué pasa cuando contrastamos sus ideas de igualdad con las de letrados negros y mulatos de su tiempo?

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Al rastrear los discursos más igualitarios del tiempo en el que interactuaron estos intelectuales, yo no los encuentro en los Andes, sino en territorios de las costas Caribe y Pacífica. Esa es la parte clave de incorporar la olvidada, pero determinante, dimensión Pacífico/Caribe de la historia intelectual colombiana. Algunos habitantes negros y mulatos, ante la no materialización efectiva del ideal de igualdad, defendieron, crearon e hicieron circular las ideas más vanguardistas de su tiempo. Esta perspectiva de análisis, además, amplía mucho más el campo de estudios de la historia intelectual y puede traer nuevas perspectivas.

Diario Criterio: ¿Como cuáles?

F.F.B.: Una que subrayo en el libro es la ampliación de las geografías de producción del conocimiento durante el siglo XIX y parte de la primera mitad del XX.

En la historia intelectual colombiana, salvo algunas excepciones, se extrapola al siglo XIX la contemporánea idea de Bogotá como principal centro cultural del país. Quienes lo hacen construyen un cuadro intelectual en el que todo el conocimiento se genera en el mundo andino y luego se replica en las costas.

Algunos, incluso, pasan por alto que en la costa Caribe colombiana desde 1827 existió un centro universitario llamado Universidad del Magdalena e Istmo (hoy Universidad de Cartagena). También dejan de lado la temprana tradición tipográfica de Cartagena y su rol de epicentro de un circuito intelectual en el que participan Mompox, Santa Marta, Barranquilla, territorios del Sinú, de la hoy Panamá y Chocó.

Una vez se documenta esta dinámica intelectual, emerge la centralidad de habitantes negros y mulatos en la configuración del mundo letrado colombiano. Reconocemos que la primera novela histórica fue Ingermina o la hija de Calamar, escrita por Juan José Nieto en 1844, y no María (1867) de Jorge Isaacs, como se suele afirmar. Requerimos de historias intelectuales capaces de incorporar estas voces y geografías que, aunque fueron marginalizadas, no son marginales para la historia política e intelectual del país.

Diario Criterio: Podría explicarnos un poco más el concepto de vanguardia intelectual negra, ya que tradicionalmente está más centrado en la estética o el arte que en los movimientos políticos liberales o de izquierda…

F.F.B.: Es un tema clave y también ha sido motivo de reflexión en trabajos de otros historiadores, entre ellos los de los ya mencionados James Sanders y Marixa Lasso. Generalmente, como lo señalas, el término vanguardia está asociado a esas manifestaciones de orden artístico. Y, en efecto, en mi libro dedico un capítulo a analizar la incidencia de movimientos artísticos de vanguardia (El muralismo, Los bachué, Harlem Renaissance, por ejemplo) en el universo creativo de la intelectualidad en estudio.

Pero, al igual que a Sanders y Lasso, a mí también me interesa la acepción histórica política del término, en el sentido de asociar la idea de vanguardia a las ideas más igualitarias. Al hacerlo, pongo en diálogo las visiones de los intelectuales andinos tradicionalmente estudiados con las de los provenientes de las costas Caribe y Pacífico, contrastando sus visiones sobre modernidad, ciudadanía, educación, democracia y nación.

Esta perspectiva de análisis es fundamental, porque, ante voces que explican los discursos prejuiciados de pensadores como Samper, Caro o Laureano Gómez como parte del espíritu de la época, yo revelo que en sus respectivos momentos históricos hubo letrados negros y mulatos que defendieron visiones de sociedad más igualitarias. En otros términos, el racismo de integrantes de las élites políticas andinas, al igual que el de varios de sus pares de otras regiones, no fue resultado de una suerte de inevitabilidad histórica, sino que respondió al uso de miradas prejuiciadas para construir relaciones de poder asimétricas.

Jorge Artel. Foto: Cortesía Francisco Flórez Bolívar
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Diario Criterio: Cuando habla de que la primera novela colombiana no es ‘María’, sino ‘Ingermina’, uno ve intentos de instituir una nueva memoria relacionada con hitos afrocolombianos. Sobre esta materia hay una discusión en la que se dice que en la búsqueda de nuevos hitos también se puede dar falsedades históricas o, por lo menos, no totalmente probadas, y algunos historiadores ponen como ejemplo la afirmación de que el mismo José María Nieto fue el primer presidente negro. ¿Cómo hacer para buscar una nueva perspectiva de la historia intelectual colombiana sin caer en la construcción de mitos?

F.F.B.: A quienes cuestionan el origen afrodescendiente de Juan José Nieto, los remito a un pasquín que circuló en Cartagena en 1840 en el que un habitante de la isla de Bocachica increpa a Nieto en los siguientes términos: “soy negro y más negro que tú”.

Frente a lo que mencionas de los mitos, a mí, en particular, me mueve la idea de escribir historias en la que los sujetos históricos aparezcan en su justa dimensión. No ando en busca de dioses; intento comprender los lenguajes, las decisiones y acciones de seres humanos. Por ello, el lector encontrará en este libro las trayectorias intelectuales de letrados negros y mulatos con sus aciertos y contradicciones.

Al tiempo que muestro el discurso emancipador consignado por el poeta Candelario Obeso en sus Cantos populares de mi tierra (1877), reconstruyo su posterior simpatía con algunos aspectos del proyecto regenerador impulsado por Rafael Núñez. Yo no eludo la discusión de las diversas o cambiantes posiciones de los sujetos en estudio; al contrario, planteo que, cuando somos capaces de pensarlas históricamente, las estamos posicionados mejor para entender de manera más compleja las múltiples formas en las que varios de ellos navegaron el orden sociorracial colombiano.

Diario Criterio: ¿Cómo pensó esa intelectualidad lo que podríamos llamar la negritud o la afrocolombianidad?

F.F.B.: Pensaron y vivieron sus identidades en el marco de las condiciones de posibilidad de sus respectivos momentos históricos. En el último cuarto del siglo XIX, salvo algunas excepciones, entre ellas la de Candelario Obeso y tal vez la de Luis Antonio Robles, el grueso de los habitantes negros y mulatos que se movían en las esferas letradas, se definían como ciudadanos.

África, como se deduce de algunos comentarios de Obeso a inicios de los setenta, aún era visto como algo alejado de la civilización. En los años treinta y cuarenta del siglo XX, figuras como Jorge Artel, Manuel Zapata Olivella o Rogerio Velasquez no sólo fortalecen los procesos de autoidentificación racial iniciados por Obeso, sino que también desarrollan una apreciación distinta sobre África: lo transforman en un lugar que se podía evocar y en el que era posible encontrar un tronco común.

Diario Criterio: ¿En qué se diferenciaba esta intelectualidad negra con la elite intelectual andina, por decirlo de alguna manera?

F.F.B.: Aparte de su carácter de sujetos racializados y su visión más igualitaria y progresista, creo que en su relación con las aguas.fr

Centro de Estudios Afrocolombianos, creado en 1947. Foto: Cortesía Francisco Flórez Bolívar.
Centro de Estudios Afrocolombianos, creado en 1947. Foto: Cortesía Francisco Flórez Bolívar.

Diario Criterio: ¿Cómo así?

F.F.B.: Conocemos una historia intelectual colombiana narrada a partir de los ritmos impuestos por las montañas, y no por los fluidos vínculos que se tejen a través de las aguas de nuestros ríos y mares. En un contexto donde las aguas eran determinantes en la vida de los individuos y sus territorios, como lo fue el del siglo XIX y el de las primeras décadas del siglo XX, la cultura política y el universo intelectual de habitantes de las costas Pacífica y Caribe estuvo determinado por las conexiones que establecieron sus respectivos territorios con espacios del Gran Caribe.

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Tal conexión fue definitiva en el desarrollo de una continua circulación de personas, libros e ideas que, en determinados momentos, fue más intensa en la costa Caribe colombiana que en el mundo andino.

Igualmente, las conexiones con el Gran Caribe, junto a su condición de sujetos racializados, fueron fundamentales para el desarrollo de un universo creativo marcado por las apuestas estéticas cultivadas por autores del Caribe francés, hispánico e inglés. Al tiempo que estaban leyendo a autores de Europa y Estados Unidos, también se estaban nutriendo de las obras vanguardistas de Nicolás Guillén (Cuba), René Marán (Martinica) o Claude McKay (Jamaica).

Diario Criterio: Si los intelectuales negros tenían ese bagaje cultural relacionado con la modernidad y discutirán de tú a tú con los otros intelectuales, ¿Por qué cuando pensamos en intelectualidad negra siempre pensamos en negros y mulatos hablando de ancestralidad, de tradición y de ideas que cuestionan la modernidad?

F.F.B.: Este es un tema complejo, relacionado con la tensión existente entre ancestralidad y universalidad. Si pierdes de vista la existencia en Colombia de unas memorias, experiencias y saberes asociados a África, difícilmente vas a entender expresiones de la diversidad racial colombiana; pero, a la vez, una ancestralidad mal entendida te puede llevar a la exotización o a mostrar lo afro como algo atávico, carente de conexión con las convenciones del presente y sin imaginación de futuros posibles.

Por eso, en el libro, muestro a seres capaces de reflexionar sobre lo racial desde la conexión pasado/presente/futuro. Por ejemplo, encuentras a un Jorge Artel que mira al pasado para redefinir la idea de África en Colombia; utiliza el lenguaje socialista de su época para vincularse al Centro Revolucionario Marxista en Cartagena (1927), y a la vez diseña un proyecto literario en el que lo racial es fundamental para darle forma a una nación y una democracia marcadas por la igualdad. 

Diario Criterio: Ya que usted habla del movimiento de ideas en el Gran Caribe y sabemos que las ideas modernas entraron por la costa Caribe, ¿Por qué seguimos pensado que la meca de la intelectualidad es la zona andina o que Bogotá es la ‘Atenas suramericana’?

F.F.B.: Tiene que ver, al menos, con tres procesos: primero, el peso de las representaciones de las costas Pacífica y Caribe como espacios poco dados a las labores intelectuales, construidas desde el siglo XIX; dos, a medida que avanza el proceso de centralización, Bogotá se fue consolidando como el gran referente cultural del país; y tres, generalmente, nuestras historias intelectuales pierden de vista los procesos, ideas y debates intelectuales liderados por habitantes de ambas costas.

Este triple proceso pesó mucho en la concepción de las costas como un lugar pobre intelectualmente. Aquí debemos hablar de territorios que sufrieron procesos de marginación, en vez de territorios históricamente marginales.

Diario Criterio: Usted habla de tropicalismo y de termómetro racial, ¿podía explicar el significado de esos conceptos?

F.F.B.: El concepto de la tropicalización ha sido tratado por varios autores y podría resumirse en la manera en cómo una intelectualidad ve en las “tierras ardientes” lugares alejados de la civilización. Una tradición que comienza en el siglo XIX con personajes como Francisco José de Caldas y José María Samper.

La idea del termómetro racial (no sé qué aceptación va a tener) parte de una preocupación que se observa en el tránsito del siglo XIX al XX y tiene que ver con una obsesión de buena parte de los intelectuales del mundo occidental por establecer los niveles de civilización de las sociedades a partir de las condiciones ambientales (temperatura del trópico) o medidas antropométricas, particularmente el tamaño del cráneo.

En Colombia, por ejemplo, los Regeneradores, y luego los Centenaristas, acudieron a estas convenciones para acentuar la supuesta superioridad del mundo andino y considerarlo como el centro desde el que se irradiaba la civilización. En esa lógica, los lugares habitados por sectores negros, mulatos e indígenas van a ser parte de espacios considerados inferiores.

Diario Criterio: Pero uno ve que esos conceptos siguen en boga…

F.F.B.: Sí. Y tiene que ver en últimas con el poder, con la disputa por los espacios de representación. Y te pongo un ejemplo reciente que ocurrió en Cartagena. Una alcaldesa encargada, oriunda del interior del país, dijo que los habitantes de esa ciudad no tenían la verraquera y el temple para acceder a los espacios de poder porque eran muy provinciales. Lo que se observa es la prolongación de varios de esos estereotipos o su mutación a otras nociones, entre ellas las de seres con un pensamiento parroquiano, o expresiones culturales exóticas, cuando no, ‘corronchas’.

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Diario Criterio: También podríamos mencionar los ataques contra Francia Márquez como una prueba de la continuidad de esos estereotipos…

F.F.B.: Por supuesto. Y eso se debe a que cada vez que un habitante afrocolombiano disputa espacios de poder, el racismo se exacerba. Es una carta que históricamente han utilizado integrantes de las élites intelectuales y políticas cuando ven amenazadas las que consideran son sus naturales posiciones de poder.

Por ejemplo, en 1880, cuando Rafael Núñez nombró al mulato Manuel Ezequiel Corrales como rector del Colegio Mayor del Rosario, hubo voces que aquí en Bogotá señalaron que lo que antes había sido una gran institución, molde de grandes hombres, se había convertido en una “colonia de negros”.

La vicepresidenta Francia Márquez se está enfrentando a uno de los efectos más perversos de la discriminación racial: la creación de una conciencia de lugar en la que se supone que personas como ella, por ser afrocolombianas, no pueden ejercer la vicepresidencia de la República u otro cargo de poder.  

Manuel Zapata Olivella, a su regreso de Estados Unidos en 1947.
Manuel Zapata Olivella, a su regreso de Estados Unidos en 1947.

Diario Criterio: Además de la carta racial, la élite recurre a la carta del odio de clases. Es decir, cuando negros o indígenas disputan los espacios de poder, denuncian las inequidades y luchan por acabarlas, los miembros de la elite salen a decir que “esta es una sociedad pacífica y ustedes, con tanto alboroto, promueven el odio de clases”…

F.F.B.: En el libro muestro múltiples formas en las que élites nacionales y locales hicieron uso de este tipo de discursos cada vez que intelectuales y políticos negros buscaban materializar el ideal de igualdad. Esta consistía en decir que ellos intentaban crear guerras raciales y así se buscaba desvirtuar sus legítimas aspiraciones, o justificar el uso excesivo de la fuerza de las instituciones gubernamentales para reprimir las protestas, tal como sucedió en Cartagena, en una huelga que tuvo lugar en 1918.

Los manifestantes, mayoritariamente, negros y mulatos, pedían mejoras laborales y las autoridades hicieron circular un rumor, según el cual, los marchantes estaban llamando a “matar al gobernador y a todos los blancos de la ciudad”.

Diario Criterio: ¿Cuál cree que son los aportes de su libro?

F.F.B.: Hay tres aportes que me interesa resaltar. Primero, la recuperación de la dimensión Pacífico/Caribe de la historia intelectual colombiana, casi siempre olvidada en las aproximaciones realizadas a estos temas.

Segundo, la reconstrucción de la circulación de ideas asociadas a la modernidad por los ríos y mares de las costas Caribe y Pacífica y la interpretación que de éstas hicieron sus habitantes.

Tercero, la visibilización de intelectuales negros y mulatos que jugaron un papel clave en la configuración del mundo letrado colombiano, quienes, por las ideas igualitarias que defendieron, se convirtieron en la genuina vanguardia intelectual y política de la nación colombiana entre 1877 y 1947.

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9 Comentarios

  1. El racismo ,el odio de clases y las injusticias sociales ,llevados a extremos inpensables que ocultan y tergiversan nuestra historia , tema central de este libro , escrito además con sentimiento y motivación personal : Claro que debemos leerlo

  2. Gustavo Ramírez

    Estimo ilustrativo de lo dicho el que un afrodescendiente como Candelario Obeso fuera quien en siglo XIX le brindara a la élite bogotana los manuales para el aprendizaje del inglés, el francés y el italiano, entre otros aportes académicos y culturales.

  3. Guillermo Rojo L

    Interesante relato, debemos aproximarnos a visibilizar y reconocer los grandes aportes al País en muchos ámbitos de la población negra e indígena, así cómo establecer que más de 75% de quienes habitamos Colombia somos producto de la mezcla de tres bellas razas, la indígena, la negra y la blanca. Total rechazo a los discriminadores.

  4. Excelente libro, profesor. Ofrece una profunda reflexión sobre cómo el racismo y la segregación permean todos los niveles de la sociedad, especialmente en el ámbito del poder, y cómo esto ha llevado a la invisibilización de las contribuciones de la comunidad afrodescendiente en las esferas públicas, económicas, sociales, y más.

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