‘Alis’: ¿laboratorio para otra mirada social?

Después de ser doblemente premiada en el Festival de Berlín el año pasado, y de su estreno en el BIFF, por fin llegó a salas colombianas ‘Alis’, el segundo largo documental de Clare Weiskopf y Nicolás Van Hemelryck, tras la exitosa ‘Amazona’, y en medio del debate actual sobre el cine y su responsabilidad social. ‘Alis’ explora el deseo, la imaginación y la libertad en el frágil entorno de un internado para chicas menores de edad.

Durante buena parte de su casi hora y media de duración, las chicas protagonistas de Alis aparecen sentadas en una silla frente a la cámara que las registra. Una mujer –la codirectora del documental, Clare Weiskopf– las incita a hablar de una amiga imaginaria, la Alis del título, y también les da pautas, las tranquiliza, les promete que son libres de ser lo que quieran.

El mecanismo que permite la interacción entre las chicas y el equipo de realización, descrito así, puede parecer vertical, violento o paternalista, porque el grupo de jóvenes mujeres son, aparentemente, solo el objeto de la mirada, y están ahí, dispuestas pasivamente ante un aparato detrás del cual hay unos sujetos que apenas vemos, portadores de una suerte de mirada de Dios, que no se cuestiona ni reflexiona sobre sí misma: una mirada omnipotente.

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Y sin embargo no es así, o al menos no completamente. Las chicas que hablan a la cámara –y de las que también vemos sus trabajos y sus días en un internado de la alcaldía de Bogotá llamado, no sin algo de ironía, La Arcadia– sin dejar de ser personas tremendamente vulnerables marcadas por circunstancias de abandono, desamor y múltiples formas de violencia, son a la vez seres en quienes están vivas las potencias de la imaginación.

Ellas, las chicas, a pesar de su fragilidad, pueden dar cuenta de su deseo y hacerse cargo de sus sueños. En esa utopía se sostiene la paradójica revuelta estética del segundo largo documental de los mismos codirectores de Amazona: Clare y su pareja, Nicolás Van Hemelryck. El dispositivo fílmico está al servicio de esa emergencia de lo imaginario, sin lo cual todo parece indicar que ningún pacto simbólico puede ser recuperado y puesto en el lugar del vacío, la depresión o el sinsentido.

Uno de los asesores del proyecto, Lisímaco Henao, experto en psicoanálisis jungiano, llamó a esa estrategia para hacer hablar a las chicas de una amiga que es una pura proyección, un ejercicio de “imaginación activa”. Pienso entonces en el deseo, la voluntad y la imaginación como agentes transformadores. Y por supuesto también en los límites del optimismo terapéutico y en los alcances del cine para “salvar vidas” o dotarlas al menos de dignidad, alcances que se han revelado provisionales y precarios frente a un horizonte tan enorme de expectativas, deudas y anhelos de redención.

Vea acá el tráiler de Alis:

Me detengo entonces en lo que Clare Weiskopf dijo en una entrevista reciente con José Vicente Guzmán, de Diario Criterio: “si te fijas bien, el formato está pensado para que ellas nos miren de frente como público y digan ‘aquí estamos, no somos invisibles’.” Y es verdad: a la vez que miramos a estas jóvenes ellas nos miran. Miran a la cámara y miran a quienes están detrás de ella. Se trata de una relación en que cada parte implicada –no tengo duda– sale afectada.

El público, el equipo de realización y las protagonistas accedemos juntos a una verdad social dolorosísima que nos incumbe a todos. Nos salvamos colectivamente o nos hundimos. Ese al menos es el sentimiento de comunión que la película entrega. Y sin embargo, qué pasa después. Quién está con estas chicas en la amplitud del tiempo posterior –en el que no hay limusinas ni alfombras rojas–, cuando la experiencia de sus vidas desnudas es más devastadora que cualquier buena intención. ¿Quién debería estar? ¿Es suficiente la contención institucional? ¿Basta con un hogar de paso cuando la noción de casa depende de la estabilidad y la permanencia?

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Alis aterriza en la cartelera comercial justo en medio de un intenso debate sobre el trabajo con población vulnerable en el cine colombiano, tanto en la ficción como el documental. No es un debate nuevo, llevamos más de tres décadas en sus garras, sin encontrar una respuesta definitiva o una certeza en la cual creer a ciegas. Porque claro, no hay dogmas ni verdades reveladas, salvo para los fanáticos. Lo que hay son experiencias, relatos, historias. ¿Podría todo ese acervo configurar un saber hacer o traducirse en protocolos? ¿Existe la acción sin daño? ¿Es posible un encuentro entre personas de distinta condición social en donde toda consecuencia esté prevista?

Casi que no hay manera de ver este documental tan potente como demoledor sin hacerse las anteriores preguntas. No se puede aislar el cine de sus consecuencias más amplias, ni dejar de tomar en cuenta el lugar del que proviene. Pero tampoco sería justo sobrecargar a las películas con demandas que las exceden. ¿No es suficiente con hacerse cargo de una justicia poética de la representación? ¿No basta con que las personas vulnerables aparezcan en el cine “insultantemente vivas” y hermosas? A la simplificación del vulnerable es a lo que alguna vez convenimos en llamar pornomiseria. Esta categoría se usó para denunciar la conversión de los sujetos filmados en categorías sociológicas, en esquematismos identitarios, no para proscribir su aparición o condenar su existencia en la pantalla.

Alis, documental colombiano - póster

Hay demasiado ruido mediático e institucional. Hay un Estado que vende demagogia (en forma de recetas sobre cultura, paz y convivencia), hay cineastas y gestores culturales que hemos medrado en esa palabrería, hay poco interés en pensar la responsabilidad individual (lo cual es apenas normal ante la extensión del desamparo). Hay un mundo de acusadores y acusados. Demasiados trofeos de guerra. Y muy poco deseo de vernos cara a cara, como esas cartografías inestables que somos.

La única lección de esta película de Clare y Nicolás, aquello de lo que estoy seguro, es que contiene una pedagogía del reconocimiento y de la mirada, en doble o triple vía. Y que nos indica que ver y ser vistos es un acto de una complejidad ética insondable: hace existir, crea una realidad relacional donde las asimetrías convencionales, sin dejar de pesar, pueden ser provisionalmente suspendidas e inaugurar el mundo como debería ser, y no solo la verificación de este terrible mundo dado. Y, por otro lado, es un ejercicio de discernimiento y claridad identificar bien las responsabilidades que a cada cual competen en la debacle social en la que vivimos.

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