‘Álvaro’, de José Alejandro González: “El diablo también quiere vivir”

‘Álvaro’, una película documental dirigida por José Alejandro González, empieza hoy un circuito por salas independientes de Colombia. El director de ‘Lázaro’, con la que acompañó la vejez y enfermedad de su padre, nos presenta un segundo documental que también es el registro de un viaje compartido la película mismaentre el director y su personaje: un inmigrante colombiano en Estados Unidos. 

La pantalla negra se llena con la imagen de Álvaro en un plano medio. Es un hombre mayor y visiblemente irritado, que contesta las preguntas de alguien cuya voz se oye detrás de la cámara. Álvaro Duque Isaza es un inmigrante colombiano que ha vivido en Estados Unidos la mayor parte de su vida. En la entrevista con la que comienza el documental dirigido por José Alejandro González, el entrevistado habla de su sueño de volver a Pereira. “¿Cuál es tu recuerdo de allá, Alvarito?”, pregunta el interlocutor. La respuesta de Álvaro se demora, obstruida por la tos de fumador. “La adolescencia”, responde, por fin.

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La viñeta descrita, que funciona como un prólogo que invita a entrar en el documental, condensa todo aquello que posteriormente será ampliado. Ahí están sus temas principales (el desarraigo, la vejez, el peso de las decisiones personales) y el instrumento que permite su emergencia: la cámara. Esta se vuelve un instrumento plástico a través del cual se dibuja el retrato de un personaje. Y como es un dibujo en movimiento vemos no solo el resultado sino el proceso: la amistad entre quien graba y quien es grabado. La película es la evidencia de los años compartidos entre el director y Álvaro. Una muestra de cine personal, que es escritura de la propia vida y de la vida vivida con otros.

Durante siete años José Alejandro registró a su personaje al punto de fundirse con él. La cámara sigue a Álvaro en los lugares donde vive, espía sus derivas por calles y vagones de tren, y acompaña un temporal regreso del personaje a Colombia, donde este cumple su sueño de volver a ver, por una vez, los viejos paisajes de la infancia y juventud que contrastan fuertemente con la asfixia que el personaje siente en Nueva York, ciudad a la que describe como un “un pulpo. Un monstruo que absorbe a la persona”

Vea el trailer de Álvaro:

El deseo de recuperar la inocencia, de respirar el aire de esos años en que era un buen muchacho, que iba a la escuela y vivía con su familia, alienta los pasos de ese ángel caído que es Álvaro, y que somos todos. Álvaro tiene problemas con la droga y el alcohol, y una relación nada fácil con Doris, su pareja. En su acercamiento al personaje, José Alejandro no lo maquilla para que le resulte simpático al público espectador. Lo muestra en su oscuridad, pero también en la lucidez que, pese a todo, conserva. 

Hay en Álvaro ecos del cine de Rubén Mendoza. La relación de Álvaro y José Alejandro recuerda la difícil amistad entre director y personaje que veíamos, por ejemplo, en Memorias del Calavero. Es una crudeza parecida que, en el caso del documental de José Alejandro, nos obliga a sentir de cerca los abismos de la adicción y la enfermedad mental. “El diablo también quiere vivir”, dice Álvaro. Y lo sabemos de sobra.

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Una de las convenciones en el desarrollo histórico del lenguaje documental consistió en la presunción de distancia entre quien filma y aquello que es filmado. Esa sobriedad sería un dique para contener la subjetividad del realizador y evitar así lo que el teórico André Bazin llamó su “mugre espiritual”. En Álvaro, su director manda al carajo tal distancia. José Alejandro no solo pregunta para extraer información: decide junto con Álvaro, alterar su mundo. 

Aunque no veamos al director, siempre sentimos su presencia detrás de la cámara. Y es un gesto de honestidad que se agradece. Si bien al principio el asedio incomoda (como también incomodaba en Lázaro, anterior documental de José Alejandro), muy pronto entendemos que ese es el corazón de la película que estamos viendo: un viaje íntimo entre realizador y personaje que no obstruye sino que suscita, al mismo tiempo, el viaje en espiral de Álvaro. 

Álvaro película 2
“Si bien al principio el asedio incomoda (como también incomodaba en Lázaro, anterior documental de José Alejandro), muy pronto entendemos que ese es el corazón de la película que estamos viendo”

La película de José Alejandro no es, pues, una reescritura del viejo tópico del retorno. Álvaro no regresa a Pereira para constatar que lo añorado es una ruina, como en el poema de Barba-Jacob (ese otro ángel caído), sino para permitirse un rato de aire fresco y agua que cae sobre el cuerpo. Casi que intuimos que ese regreso a las fuentes y cascadas de la infancia es un regalo que la película le hace en compensación por todo lo que Álvaro entrega, que no es otra cosa que su vida con todo el daño sufrido y la redención anhelada. 

En la inconformidad de Álvaro parece esconderse una única ilusión: ser él mismo, disfrutar el tiempo, descansar. “Lo que necesito es la felicidad, hermano”, dice ante la cámara. Ante la improbabilidad de conseguirla, el documental se transforma en el lugar utópico donde director y personaje se abrazan con complicidad. Y aunque el vacío y la soledad de Álvaro continuarán al terminar la película, esta en sí es el logro, la forma escurridiza de un sueño compartido.  

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