Álvaro Uribe y las viceversas de la política

Oswald Spengler resume: “Al fin de cuentas, en muchas ocasiones fue solo un puñado de soldados lo que ha salvado a muchas civilizaciones“. También, añado yo, generalmente se les ha pagado mal a quienes han salvado países y civilizaciones. Esto último me viene a cuento con lo que les ha acontecido a muchos grandes personajes históricos. Detallo unos pocos, y pienso en la situación en la que hoy se encuentra Álvaro Uribe.

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El caso de Bolívar

El 9 de agosto de 1819, dos días después de la Batalla de Boyacá, el virrey español José Juan de Sámano, hombre sin gracia, de mal genio y mal amigo, despreciador y humillador de criollos y naturales, y ejecutor de muchos simpatizantes de la independencia, con las primeras del alba salía ese día de Bogotá; huido, embozado en humilde ruana, con sombrero de desgastada y verdosa paja; temeroso, la cabeza agachada tratando de pasar de incógnito, con su séquito se enfilaba hacia el camino de Honda para embarcarse luego a España. 

Días después Simón Bolívar entraba triunfante y muy aplaudido en esa misma ciudad. Exultante, se dirigía al palacio virreinal y allí, de un salto, desmontaba de su caballo, ingresaba  y tomaba posesión de la sede del gobierno. Momentos de gloria después de tantas dificultades, incomprensiones y derrotas.

Simón Bolívar
Simón Bolívar. Obra de Arturo Michelena (1895). Imagen tomada de Galería de Arte Nacional Caracas, Venezuela.

Transcurre el tiempo. Estamos en 1830 y han pasado 21 años. En esa misma ciudad y por esas mismas calles, en una madrugada igual de fría, el mismo Simón Bolívar, enjuto, enfermo, no bien trajeado, sombrero viejo, sin séquito y en casi soledad, tomaba el mismo camino de Sámano, hacia Honda, en un autoexilio.

No se escondía y por eso los muchachos le gritaban Longaniza, el apodo vejatorio de sus malquerientes. Hay historiadores que aseguran que ciertos vecinos –posible algunos de los cuales lo habían vitoreado años antes–, como no existía el alcantarillado, a su paso desde sus ventanas arrojaban el producto de sus deposiciones contenidas en sus bacinillas.

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El caso del griego Temístocles

Fue la batalla naval de Salamina, año 480 a.C., en donde los atenienses vencieron a los persas. Si no hubiese sido así, esta civilización que hoy vivimos sería muy otra. Griegos y persas, estos bajo satrapía, hoy diríamos totalitaria, y aquellos bajo el gobierno de una democracia. Porque vencieron en la batalla naval de Salamina, en el año 480 a.C., los griegos nos pudieron desarrollar ese sistema y darle paso a su gran y filosófica civilización.

¿Acaso bajo un gobierno despótico de los persas hubieran podido florecer Sócrates, Platón, Aristóteles, y toda esa pléyade de pensadores, dramaturgos, escritores, poetas, de los que hoy nos alimentamos? Ciertamente que no. Y quien defendió esos valores, y permitió que surgieran y se desarrollaran, fue Temístocles. El primer salvador de lo que es el Occidente, derrotado en su patria.

Se sabía que los persas atacarían. Con su dialéctica impuso la necesidad de construir una flota que derrotara a los medos. No fue fácil. Luego condujo a sus barcos a la victoria y por ello esta nuestra cultura occidental es lo que es. 

Temístocles su salvador y reconocido héroe. Refiere Plutarco: “En los juegos olímpicos…no tuvieron ojos más que para él… y lo aplaudían“.Y Pausanias: “Para honrar a Temístocles, todos los espectadores de Olimpia se levantaron”. 

Transcurre un tiempo. Temístocles construye las murallas que habrán de defender a Atenas. Celosos, los espartanos tramaron acusaciones en su contra. La soberbia de Temístocles les colaboró para que el pueblo ateniense, reunido en el areópago, votara su condena al ostracismo. El primer salvador de lo que es el Occidente, derrotado en su patria, murió en el exilio. Plutarco sugiere que se suicidó.

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El caso Churchill

Año 1940. Segunda Guerra Mundial. La victoriosa bandera nazi, la de Hitler, ondea en el continente europeo. Solo un país le hace frente y es Inglaterra. Y quien lo dirige y sostiene es Winston Churchill. Por sobre los políticos pacifistas, los entreguistas, los derechistas simpatizantes de Hitler, mantiene la resistencia. Unos dos años y consigue que las tornas den la vuelta y más tarde se gana la Segunda Guerra Mundial. Tal vez hoy no somos, desde aquí, desde Bogotá, vasallos de los nazis alemanes gracias a Churchill.

Se desliza el tiempo. 1945. Hitler se ha suicidado, Alemania ha capitulado y se convocan elecciones generales en Inglaterra. La competencia es entre un Churchill, conservador, y Clement Attlee, laborista. El primero tan brillante y aureolado por la victoria, y el segundo un mediano buen político, más bien gris. El 25 de julio, después de reunirse en Potsdam, con Truman y Stalin, Churchill y Attlee regresan a Londres. Resultado: la derrota para Churchill consistirá en que los laboristas lo doblarán en número de escaños en la Cámara de los Comunes.

Refiere su biógrafo Roy Jenkins: “Churchill se puso su traje de sirena, encendió un puro y se hundió en su silla en su Sala de Mapas, donde permaneció mientras el oscuro panorama se iba haciendo más oscuro. Pronto fue evidente que había perdido… Era enorme, una de las únicas tres catástrofes conservadoras del siglo XX”.

Winston Churchill
Winston Churchill

El 26 por la tarde presentará su dimisión y el 27 por la mañana Attlee estará instalado en el despacho del primer ministro.

Otro salvador de los valores de Occidente derrotado en su patria. Y humillado, a Potsdam, a tratar sobre la reconstrucción después de la guerra, no volverá ni su sombra, porque allá a la Gran Bretaña la representará Attle. 

Parecido a lo que le aconteció a Georges Clemenceau. Francia estaba a punto de ser derrotada en la Primera Guerra Mundial. El Tigre Clemenceau tomó las riendas del gobierno, enfiló con gran liderazgo a su país y obtuvo la victoria. Tiempo después se presentó como candidato a la presidencia y fue vencido por un político mediocre, hoy olvidado. Murió con el dolor de la última e inmerecida derrota.

La Historia Universal tiene muchas referencias. Milcíades salvó también a Atenas en la batalla de Maratón; condenado al ostracismo. Igual allí Arístides, llamado el justo. Le aconteció a Escipión el Africano. Cuando los jefes romanos insistieron en rendirse ante Aníbal, este joven de 18 años, con su espada los obligó a continuar la lucha. Después vencería al cartaginés Aníbal, para así elevar a Roma, sin adversarios, a su mayor esplendor. Acusado, exiliado, tal vez se suicidó. 

Churchill, acuñador de célebres frases, retruécanos y metáforas, se consuela un poco con los ejemplos de la antigüedad, y refiere a Plutarco, cuando sentencia que la ingratitud para con los grandes hombres es una característica de los pueblos fuertes. 

Y aquí, hoy, ¿qué? Después de tanto sufrimiento, como supervivientes, duros e insistentes frente a nuestras desgracias y violencias, tal vez seamos un pueblo fuerte. 

Al acceder a la presidencia Álvaro Uribe, ese 7 de agosto de 2002, las Farc se consideraban victoriosas. Estaban en La Calera, muy cerca de Bogotá. Más de 200 municipios no tenían a su alcalde despachando en su territorio. Secuestros arriba y muchas otras tristes situaciones frente al desafío guerrillero. Todo cambió ocho años después. Refiriéndose a esa lucha titánica de Churchill frente a los nazis –estos, en su momento victoriosos–, Alanbrooke escribió: “Dios sabe dónde estaríamos sin él”.

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