‘West Side Story’: el gran musical que Steven Spielberg soñaba dirigir

Amor sin barreras (1961) consiguió diez Premios Oscar y fue un fenómeno social y de taquilla. ¿Está la versión de Spielberg a la altura?

Entre los años treinta y cincuenta, el cine musical se consagró como uno de los grandes géneros en Hollywood. Las gigantes puestas en escena de obras como Vampiresas de 1933 (1933) de Busby Berkeley estaban en sintonía con la buena salud que atravesó la industria durante esos años dorados.

En pleno desarrollo del cine sonoro, los estudios apostaban por monumentales escenarios y complicadas coreografías, a las cuales se sumaban, en pleno apogeo del star-system, los rostros del momento. El musical, alejado de los territorios de mala muerte, la violencia y lo profano, sirvió también como faro moral en plena época de censura en el audiovisual norteamericano por cuenta del código Hays. Tal era la bonanza que, durante los años cuarenta, unos 70 musicales se estrenaban al año.

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Para los sesenta, el género ya había dejado grandes exponentes, como El gran Ziegfeld (1936), El mago de Oz (1939) o Cantando bajo la lluvia (1952). Pero su puesto en la cima de la industria estaba por caer, como pasaría con otros géneros como el wéstern y la comedia loca (screwball comedy). Los baby boomers, hijos producto de la explosión de natalidad tras la Segunda Guerra Mundial, reclamarían una revolución en las instituciones y valores tradicionales, un revolcón del cual el cine no sería ajeno.

En los últimos años de estabilidad del sistema de estudios en Hollywood, el género musical daría una de sus últimas obras cumbre –junto con La novicia rebelde (1961), que se estrenaría unos años más tarde–. Amor sin barreras (West Side Story, 1961) sería ese canto de cisne, producto del fenómeno popular de Broadway estrenado en 1957 y escrito por Arthur Laurents, quien llevó la tragedia shakesperiana de Romeo y Julieta a los barrios de la Nueva York de los años cincuenta.

Amor sin barreras (1961) tiene lugar en los barrios industriales del oeste de Nueva York.
Amor sin barreras (1961) tiene lugar en los barrios industriales del oeste de Nueva York.

No le sobran méritos a Amor sin barreras para haberse convertido en un clásico del género. La música corre por cuenta del maestro Leonard Bernstein, acompañado por las canciones de Stephen Sondheim. Son los responsables de temas icónicos, incluso para quien no ha visto la cinta, como Maria, I Feel Pretty o America‘ Además, contó con la dirección del versátil e ingenioso Robert Wise junto con las coreografías de Jerome Robbins. Todos los elementos funcionan como pocas veces ha sucedido en el musical, un género marcado por el virtuosismo técnico como ningún otro.

Hoy, 60 años después, Steven Spielberg, uno de los directores insignia de la ola que terminaría con esa solemnidad y letargo que padecía Hollywood antes de los setenta, estrena su propia versión de Amor sin barreras.

El peso cultural de ‘Amor sin barreras’

La película original y su precursora en Broadway (que estuvo de gira hasta mediados de 1960, solo hasta entonces se comenzó la producción del filme) se convirtieron, para bien o para mal, en el ícono cultural de un fenómeno social en cierne. La historia romántica ocurre en medio de la disputa territorial entre dos pandillas: los Jets, de clase obrera y ascendencia europea, y los Sharks, inmigrantes puertorriqueños. Tony (Richard Beymer), antiguo miembro y fundador de los Jets, y María (Natalie Wood), hermana del líder de los Shark y recién llegada a la gran ciudad, se enamoran y en el camino se proponen romper las hostilidades entre sus bandos, fundadas en el racismo, la pobreza y la marginalidad.

Los Jets, la pandilla de jóvenes de familias caucásicas y obreras en Amor sin barreras (1961)
Los Jets, la pandilla de jóvenes de familias caucásicas y obreras en Amor sin barreras (1961).

Durante los años cincuenta, en los que ocurre la historia, se produjo la gran migración de puertorriqueños a Estados Unidos. Factores como el crecimiento demográfico en la isla, la inestabilidad política y la urgencia de obreros para las fábricas norteamericanas en pleno crecimiento de la posguerra, hicieron que más de un millón de puertorriqueños se embarcara buscando una mejor vida en tierras continentales.

La ciudadanía estadounidense (que los puertorriqueños tienen desde 1917) y el costeable precio de los vuelos fueron factores clave para la masiva migración desde la isla entre 1945 y 1960. El portal Ancestry.com calcula que, si bien algunos de los hispanos llegaron a California y otros territorios del oeste de Estados Unidos, “el 85 por ciento sentó sus raíces en los ‘barrios’ de la ciudad de Nueva York”. 

La barrera lingüística se tradujo en discriminación hacia la comunidad puertorriqueña, expuesta a la criminalidad y la pobreza. Además, muchos puertorriqueños desaprobaban la intervención de Estados Unidos en la isla, participando en grandes protestas independentistas. Incluso, hubo un intento de asesinar al presidente Harry Truman en 1950.

Estereotipos: las críticas a la versión original

En medio de esta coyuntura, las cabezas del proyecto (Bernstein, Robbins y el propio Arthur Laurents) decidieron situar la historia en el oeste industrial de Nueva York y poner a los puertorriqueños en el centro del conflicto. En un principio habían pensado en juntar a un católico irlandés con una judía israelita, e incluso en llevar la historia a tierras californianas. Amor sin barreras fue un éxito de taquilla y arrasó en los premios de la Academia, llevándose una decena. En consecuencia, su representación de los puertorriqueños se situó en el imaginario colectivo estadounidense, en donde la película duró meses en cartelera.

Sin embargo, poner en el mapa las tensiones de los puertorriqueños en la gran ciudad no le valió un beneplácito absoluto desde lo ideológico a los realizadores, sobre todo desde el revisionismo que recibe la cinta 60 años después de su estreno. De todos los protagonistas, el único personaje interpretado por una latina es Anita, del cual se hizo cargo la puertorriqueña Rita Moreno. Los otros personajes principales puertorriqueños, Bernardo y María, los interpretaron los caucásicos George Chakiris y la mencionada Wood. Y a todos los personajes puertorriqueños, incluida la propia Moreno, se les oscureció la piel en la sala de maquillaje.

Rita Moreno como Anita en Amor sin barreras (1961).
Rita Moreno como Anita en Amor sin barreras (1961).

También se cuestionan algunos estereotipos que reproduce la película y que van más allá de la exageración en los rasgos del acento de los latinos. La cineasta y escritora puertorriqueña Frances Negrón-Muntaner habló al respecto en una entrevista con The Washington Post.

Refiriéndose a los personajes puertorriqueños en Amor sin barreras, Negrón-Muntaner apunta que “los hombres pertenecen a pandillas, y las mujeres son o vírgenes o escupefuegos. En ese momento, imperaba en el discurso público que los puertorriqueños eran un problema para la ciudad porque eran pobres… que eran personas sin educación y propensas a la violencia, etcétera. Ese era el discurso público, y dentro de él encaja ‘Amor sin barreras’, que de alguna manera lo oficializa y lo divulga, no sOlo en Estados Unidos sino en todo el mundo”.

La misión imposible de Spielberg

Parece extraño, entonces, que alguien se disponga a hacer una nueva versión de Amor sin barreras en los tiempos que corren.

Por un lado está la mala hora del musical, que desde las obras dirigidas por Robert Wise (además de Amor sin barreras también se encargó de La novicia rebelde) no se ha levantado por completo. Las producciones animadas de Disney, los éxitos de Broadway que saltan a la gran pantalla o alguna anomalía que compite en los premios de la Academia son los únicos musicales que consiguen hacerse un espacio en una taquilla dominada por las grandes producciones.

Además, la identidad del género también ha sido puesta en cuestión recientemente por Léos Carax en Annette (2021). Allí, el cineasta francés despoja a los números musicales de su valor emotivo para usar el canto expresamente como marcador de los simulacros sociales. De esta manera, los números musicales ya no funcionan como puntos dramáticos, momentos de descanso o entretenidas puestas en escena para desarrollar personajes, como ha sido la tradición. En cualquier caso, es discutible si el declive de los musicales viene por cuenta del agotamiento de sus normas y no por la estandarización de otros valores en el cine más taquillero, como los efectos especiales, la verosimilitud, los números de comedia o la hombría y el heroísmo como regla.

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Teniendo en cuenta este panorama complicado, cobra más sentido que sea alguien como Spielberg quien tome las riendas del proyecto. Desde sus primeras películas, el director estadounidense se ha inclinado por historias más cercanas al cine clásico y fantástico de Hollywood que a las vanguardias europeas veneradas por sus contemporáneos, como William Friedkin o Martin Scorsese.

Esa nostalgia fue clave para Spielberg, quien al parecer desde hace mucho tiempo tenía el proyecto en mente. “A los diez años escuché por primera vez el álbum de West Side Story, y nunca lo olvidé”, dice Spielberg, quien celebra que “fui capaz de cumplir mi sueño y la promesa que me hice: ‘debes hacer Amor sin barreras’”. Para él, vale la pena volver a contar esta historia en nuestros días porque ‘Amor sin barreras’ muestra que  “el amor salda cualquier diferencia. Es atemporal en el sentido en que deberíamos recordar esa historia tanto como sea posible”.

Pero sobre todo, la nueva versión de Amor sin barreras enfrenta el desafío de lograr la representatividad que se le achaca a la primera.

El número de actores latinos da cuenta de ello. La protagonista es la colombo-estadounidense Rachel Zegler, aunque su personaje, María, es puertorriqueño. Ariana DeBose, de padre puertorriqueño, interpreta a Anita. Y Rita Moreno, Anita en la versión de 1961, también aparece en la película de Spielberg. Interpreta a Valentina, un personaje inédito.

Spielberg y su equipo tomaron la decisión de no subtitular en la versión en inglés los diálogos en español, que no son pocos. Según el director, lo hicieron “por una cuestión de respeto y por reconocer un contexto en el que se hablan los dos idiomas“. También apuntó, ante la prensa en su estreno en Nueva York, que “quiero que en la sala se congreguen espectadores angloparlantes e hispanohablantes y que durante la proyección se escuche la risa de grupos que entienden ciertas cosas en español“.

Amor sin barreras (2021) está en las salas de cine en Colombia desde el 9 de diciembre.
Amor sin barreras (2021) está en las salas de cine en Colombia desde el 9 de diciembre.

Incluso, su espíritu ha encontrado barreras en el mundo árabe. La inclusión de Anybodys, un personaje transgénero interpretado por el actor de género no binario Iris Menas, le costó a Amor sin barreras ser baneada en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Baréin, Omán y Kuwait.

Controversias y malas noticias

La nueva Amor sin barreras se estrena en una época en la que los huracanes, la recesión, los cortes de servicio y la pandemia han volcado de nuevo a los puertorriqueños a buscarse su suerte en suelo estadounidense.

Pero a pesar del ambicioso intento de Spielberg y compañía por actualizar esta historia y su mensaje a los tiempos que corren, la producción enfrenta señalamientos de ignorar las acusaciones de abuso sexual que pesan sobre Ansel Elgort, quien interpreta a Tony. Elgort ya había grabado sus escenas cuando los señalamientos en su contra aparecieron en junio de 2020, por lo que 20th Century Fox, filial de Disney, ha evitado poner a Elgort en situaciones de prensa comprometedoras o enfocar la estrategia de marketing en su figura.

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La nueva versión de Amor sin barreras está llena de la vitalidad y los recursos cinematográficos de los que Spielberg ha hecho gala durante 50 años de carrera. Y mientras se estrena en el resto del mundo durante lo que queda de diciembre, es casi seguro que en la temporada de premios estadounidense recibirá un segundo impulso en la taquilla. Pero hasta ahora los resultados económicos han sido decepcionantes. Recogió apenas 10,5 millones de dólares en Estados Unidos y algo más de 30 millones en total en su semana de estreno.

Spielberg fue una de las figuras que consolidó el modelo del high concept, en el que las grandes productoras comenzaron a apostar por aquellas historias que partían de una premisa simple y, en teoría, más rentable, como la de Tiburón (1975), E.T., el extraterrestre (1982) o Parque jurásico (1993). Resulta irónico que el gran monstruo en el que se ha convertido ese modelo, por estos días servil a los superhéroes y las franquicias, le esté dando la espalda al propio Spielberg.

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