Ampliar el Museo Nacional de Colombia

En 2023, el Museo Nacional de Colombia cumplirá 200 años. Y también cumplirá casi medio siglo sin desembrollar uno de sus proyectos medulares: una ampliación arquitectónica imaginada en la década de 1950 y prometida por el Gobierno nacional desde 1994. El origen de todo se remonta a 1946, cuando el departamento de Cundinamarca firmó un comodato con el Ministerio de Educación para instalar los llamados ‘museos nacionales’ en el Panóptico, una antigua cárcel en la que se reunirían las colecciones de arte, arqueología, etnografía e historia. La porción oriental de la manzana fue cedida al Colegio Mayor de Cundinamarca (hoy universidad) y en 1949, en otra porción, inició operaciones el Instituto de Bachillerato Policarpa Salvarrieta (Liceo Nacional desde 1963 y distrital desde 1990). 

La manzana del museo, su zona de expansión natural, quedó repartida entre tres instituciones. Por eso, según el documento Conpes 2720 de julio de 1994, la universidad y el liceo debían reubicarse para permitir la ampliación. Para esto, se solicitó al Ministerio de Educación que, a más tardar el 31 de agosto de 1994, adquiriera los terrenos necesarios, y a Colcultura se le pidió la realización de un Concurso Internacional de Diseño Arquitectónico. Pero como todos los grandes proyectos en Colombia (como el Metro de Bogotá, para no ir muy lejos), este fue solo el primer eslabón de una larga cadena de buenas intenciones, enredos legales y cheques sin fondo ‘girados’ por el Estado para una ampliación que prometía aumentar las salas de arte 285 por ciento, los laboratorios 461 por ciento y la reserva 600 por ciento.

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Luego de casi tres décadas, por razones jurídicas que no viene al caso detallar, las tres instituciones permanecen inamovibles, las posibilidades inmediatas bloqueadas y el museo a punto de colapsar: en las reservas no cabe una aguja, en el centro de documentación se apilan montañas de libros, las curadurías han optado estratégicamente por las exposiciones tipo horror vacui (las salas llenas de piso a techo) y algunos espacios destinados a la exposición permanente se han vuelto reservas visitables (los objetos amontonados pueden verse a través de un cristal). 

El Museo no puede cumplir varias de sus funciones naturales: el ingreso de donaciones está limitado por el espacio (un informe de 2009 estimaba que, por falta de capacidad física, el museo dejó de recibir la donación de más de 500 piezas), lo que a su vez ha llevado a que objetos susceptibles de hacer parte de nuestro patrimonio común (por voluntad de los coleccionistas y donantes) hayan terminado de vuelta en el mercado del arte y las antigüedades. Otro ejemplo: las incautaciones de piezas prehispánicas realizadas por el ICANH permanecen almacenadas en distintas reservas sin que puedan visitarse, por lo que la política de incautaciones no cumple su fin último: que los objetos puedan ser vistos, estudiados, disfrutados y apropiados por todos. Y ni hablar de las zonas dedicadas a conservación y restauración.

Museo Nacional - sala Ser y hacer 2
Una de las salas permanentes del Museo Nacional. Foto: Cortesía

Más allá de las necesidades inmediatas, ¿para qué ampliar el Museo Nacional? La primera respuesta sería: para hacer volar la imaginación colectiva. Y hacer volar la imaginación requiere espacio, no solo resolver un déficit acumulado sino multiplicar el área pensando en las necesidades del próximo medio siglo, previendo grandes exposiciones temporales simultáneas y teniendo en cuenta que un museo que quiera actuar críticamente en el presente necesitará incorporar obras que requieren espacio (y contexto) como instalaciones, videos o series fotográficas completas. Hay que hacer volar la imaginación al incluir en el museo las discusiones medulares de nuestro tiempo: cambio climático, animalismo, derechos humanos, LGBTI+, feminismos, antirracismo, pacifismo (con la recuperación de la memoria del conflicto) y el rescate de memorias concretas en riesgo de olvido: Armero, el Palacio de Justicia, el narcotráfico, el reciente movimiento popular, en medio de un largo etcétera. Es la memoria del dolor, pero es nuestra memoria, y si no habita el museo a lo mejor nunca terminaremos de hacer el duelo. 

El Museo Nacional también tiene una deuda con los visitantes de sus exposiciones temporales: los museos internacionales difícilmente prestarán objetos relevantes a una institución a punto de colapsar. Así mismo, las curadurías manufacturadas desde el museo suelen quedarse cortas ante la potencia de ciertos temas. Otra deuda del museo es con el espacio público de Bogotá: aún no existen los parqueaderos, parques, plazoletas y alamedas que acompañarían el proyecto de ampliación y mejorarían la calidad de vida de los bogotanos. Lo paradójico es que, al mismo tiempo, varias instituciones sí han culminado sus ampliaciones: el Museo de Antioquia sacó adelante en dos años su sede actual con su respectivo espacio público (la Plaza Botero); el Museo Botero de Bogotá (2000) se hizo en un año; el Museo de Arte Miguel Urrutia se inauguró en 2004 y el Museo de Arte Moderno de Medellín en 2016 (a esa fecha había trasladado su sede principal y construido una ampliación). En una buena parte de estos episodios hubo la confluencia de voluntades públicas y privadas puestas a cantar por un buen director de orquesta. 

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¿Cómo resolver la eterna encrucijada de la ampliación? A lo mejor una salida sea desistir (al menos por el momento) de ampliar el museo sobre la manzana de la discordia y, más bien, enfocarse en una manzana colindante, la sur, ocupada por parqueaderos subutilizados, lotes de engorde y casas en mal estado: un territorio aún por consolidar desde la buena arquitectura y el urbanismo. Esta manzana es fácilmente articulable con el actual Panóptico a través de un nuevo espacio público y conexiones subterráneas. Aunque el sector es uno de los epicentros de la especulación inmobiliaria capitalina, lo cierto es que el Estado ha gastado mucho más dinero en proyectos menos significativos. Una buena gestión puede resolver el asunto presupuestal al involucrar al Gobierno nacional y distrital en la compra (o expropiación con indemnización) de esta manzana, un predio articulable con el eje Plaza de Toros-Parque de la Independencia-Museo de Arte Moderno-Teatro Faenza. El mejor regalo para el país en los 200 años del Museo Nacional.

Museo Nacional de Colombia
El Museo Nacional de Colombia está ubicado en el Panóptico Nacional, que solía ser una cárcel. Pero las instalaciones le quedaron pequeñas. Foto: Wikimedia – Peter Angritt

Esta transformación implica dejar de ver la cultura con el microscopio (esa práctica tan habitual nuestra) y empezar a imaginar un nuevo museo que encarne el nuevo país que los ciudadanos nos merecemos, con un gran centro de documentación e investigación de primer nivel que acompañe a las facultades de historia y arte; un verdadero taller de restauración y conservación; una poderosa escuela de guías y curadores con aulas, profesores y equipos; grandes exposiciones con talante crítico producidas por el museo (y que luego puedan circular internacionalmente, proyectando la cultura local más allá de la Sabana) o por investigadores locales, así como un espacio capaz de recibir grandes exposiciones internacionales gracias a un Facility Report satisfactorio; nuevas y extensas narraciones sobre la historia del arte y la política en Colombia; colecciones etnográficas en pleno (lo que nunca hemos visto) o a la vista las incautaciones del ICANH (en cuanto a patrimonio arqueológico) y la Fiscalía (en cuanto al patrimonio narco). Un museo que fomente la filantropía privada, tan poco comprometida con Colombia, y articule los museos públicos del país. Y a pesar de las voces mediocres que siempre piensan en minúsculo (y viven fascinadas en el hacinamiento institucional, la cultura mendicante, la precariedad de las prácticas y la crisis permanente), un nuevo Museo Nacional es un sueño posible.

Foto fachada Museo Nacional: wikimedia Tatosuarez

2 Comentarios

  1. Ya se construye la sede del colegio Policarpa Salavarrieta en la circunvalar con 21 con un costo de $20mil millones y el Colegio Mayor tiene una partida de $50mil millones para su nueva sede que comprará en el centro de Bogotá. La lotería de Cundinamarca, propietaria del terreno seguramente podrá negociar con el Ministerio de Cultura la adquisición del lote aunque ya perdió $400mil millones que le dio la UNESCO en 2015 para su ampliación

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