‘Annette’: un musical sobre el abismo

La semana pasada se estrenó ‘Annette’, la sexta película del francés Leos Carax, un autor de culto que lleva su tortuoso mundo personal al más feliz de los géneros cinematográficos: el musical. Y lo hace explotar.

“We’ve fashioned a world, a world–built just for you” (Hemos creado un mundo, un mundo construido solo para ustedes), canta un grupo de artistas en el prólogo de Annette, el sexto largometraje del director francés Leos Carax. Es una afirmación que no parece en nada ajena al universo típico de los musicales de la época dorada del cine norteamericano (entre las décadas de 1930 y 1950), considerados comúnmente como un arte de extraordinarios logros en su puesta en escena (ese mundo creado para nosotros) pero incapaz de hacerse cargo del mundo y sus problemas.

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Aunque el brillante prólogo puede entenderse como una declaración a favor del artificio, ofrece también algunas pistas en otras direcciones. Quizá en esta secuencia inicial, tan autoconsciente, estén desplegadas las señales que permiten orientarse en el bizarro universo de esta película que inauguró el último Festival de Cannes y ganó allí el premio a mejor dirección. Hay pues que tomarse en serio las instrucciones. Unas que da el propio director: “No hay que aplaudir, ni corear ninguna canción”. Otras que se oyen en la canción misma: cerrar las puertas, sentarse y callar. Y darle crédito a una advertencia: los autores están aquí y son un poco vanidosos (“A little vain. A little vain”). 

Carax, un autor de culto de títulos como Mala sangre y Holy Motors, se ofrece a sí mismo como señuelo. Es él quien aparece al comienzo comandando un estudio de grabación, al lado de Nastya Golubeva Carax, hija de Leos y de la actriz Yekaterina Golubeva, la protagonista de Pola X, quien se suicidó en 2011. Suficiente para intuir que Annette no será un musical para evadirse de la dura realidad hacia el país de la imaginación, sino el tortuoso y singular camino que el autor emprende para exponer su propia vida y examinarla en el espejo (¿deformado?) del más feliz de los géneros del cine.

Antes de mirar el abismo, la película se da el permiso de ser tan melosa como La La Land o cualquier musical a la vieja usanza. La historia de amor entre Henry (Adam Driver), un cómico que destila desprecio por un público que sin embargo lo celebra, y Ann (Marion Cotillard), una virtuosa y venerada cantante de opera, se nos ofrece envuelta en los tonos felices del california dreaming. Pero incluso en esos azúcares aparece agazapado un previsible fondo trágico. El monólogo de la obra El simio de Dios, en la que Henry se presenta, muestra a un comediante fracturado y a un público visto como una turba vampírica, sin que falte un guiño a The Crowd, el clásico de King Vidor. 

En los comentarios que la película emprende contra el culto a las celebridades, el showbizz o la corrección política, ese público que construye héroes para luego destrozarlos, lleva la peor parte. Si Annette fuera juzgada por la profundidad de esos comentarios, no hay duda de que saldría mal parada. Son brochazos gruesos y poco desarrollados, con los que un Carax al que podría acusarse de elitista, dispara a diestra y siniestra, con evidente intención de incomodar. La película, sostenida en una creciente tensión entre lo evasivo del musical y la manera cruda como entran en ella lo que podríamos llamar los materiales de la realidad, da un giro radical cuando nace la pequeña Annette, hija de las dos celebridades.

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Ese pequeño ser que no es de este mundo tiene un efecto disolvente. Con su presencia, las certezas que el espectador pudiera tener empiezan a flaquear. Viene, ahora sí, el abismo. Tal vez a eso se refiera la canción del prólogo, cuando los artistas preguntan:  “Outside? Within?”  (¿Afuera? ¿Dentro?).  ¿Estamos fuera del mundo, en el universo bigger than life (mejor que la vida) que promete todo musical –o que prometía, pues el renacer del musical en el cine contemporáneo ha desplazado ampliamente esa convención– o nos enfrentamos de lleno a los infiernos de la culpa y la caída?

De lo que no hay duda es de que, al enfrentar el abismo, la película se arroja al vacío. Hay momentos fallidos como su forma de aludir a la violencia de género en una deriva (seis mujeres que denuncian al cómico) que resulta inentendible en su trivialidad. Y finos puntillazos como los logrados en el parto de Annette, las declaraciones de Henry ante la policía o el juicio. Entonces el género musical se vuelve cine expresionista, el horror psicológico nos devuelve al mundo real.

Annette, película de Leos Carax
Marion Cotillard y Adam Driver protagonizan Annette, película de Leos Carax.

Carax ha dicho que recibió el guion de los Sparks, el grupo de rock liderado por Ron y Russell Mael, quienes también aparecen en el prólogo, y lo trabajó como una ópera, con todo y profusión de gestos exaltados. El director cumplió su deseo de filmar en Los Ángeles, la capital mundial del cine y de los sueños. Allí suceden algunas escenas: en su downtown, sus túneles y teatros; el resto fue recreado en otros países –o en el país de la imaginación–. 

En el cine actual, que nos entrega mil veces un repertorio de temas y formas conocido y domesticado, los excesos y desvíos de Carax, mucho más radicales que los de otra ganadora en Cannes –Titane–, no pueden sino agradecerse. Como el Sr. Oscar de Holy Motors, el director parece guiarse no por la ambición del éxito o el anhelo del aplauso, sino “por la belleza del gesto”.

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