‘Antes de que el mar cierre los caminos’: la nueva novela de Andrea Mejía

Más que describir, lo que hace Mejía en su nueva novela es traducir los latidos, las pulsiones sutiles, del mundo y de las cosas. Y del río turbulento de la mente humana.

Por Juan Francisco García

Al terminarme Antes de que el mar cierre los caminos quise llorar. No pude. Quizá su embrujo es tan potente que las emociones se cierran en sí mismas para que el lector se vea obligado a destilar su legado. A penetrar en su mensaje sin desbordarse. Y asuma así el estupor y el temblor que le siguen a las novelas que uno ya nunca podrá olvidar. O quizá es que, al terminarla, al salirse de su hipnosis, el cuerpo queda en shock. Desnudo. Frágil. Tiritante. Mudo. O acaso el llanto que no quiso salirme se debió a la certeza de que nunca, jamás, podré escribir así. 

Resumir la novela sale fácil: Pablo e Irene dejan su casa en la montaña con rumbo hacia el mar, hacia Villanueva, un pueblo costero y fantasmal en el que pasó sus últimos días Gabriel, el hijo de Pablo, antes de hundirse para siempre en el mar. La muerte de Gabriel es el espejo del que se vale la novela para reflejarnos a sus personajes, empezando por Villanueva, ese caserío podrido, envenenado, fantasmagórico, tan comalesco, signado por la miseria y el despojo. Y por un ejército privado que saca a sus niños del ensueño y del juego para extraviarlos en la vorágine de la guerra.  

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Y está Pablo, el silente, el inmóvil, el borracho. La tenue silueta ahuesada que arrastra los pies y que se vacía de a poco, como una botella de aguardiente. Pablo el hombre-árbol al que el duelo y los arrepentimientos deshojan despacio, hasta que no va quedando nada. Ni siquiera las náuseas primigenias por el hijo muerto. Ni siquiera el rencor transparente por los años de ausencia y desatención. Ni siquiera los dolores de un cuerpo volcado a su descomposición. Ni siquiera el desamparo de un mundo en el que ya nada tiene sentido ni forma. Ni siquiera el mar. 

Antes de que el mar...
Antes de que el mar…

Está Irene, la mujer de Pablo. Irene la cándida. La alegre. La mujer niña. La niña-pájaro que, por instinto, por llamado del cuerpo, va purgando la misera, lavando la sordidez del mundo, con su alegría sin origen ni contornos. Irene la que pregunta. La que se asombra. La que es presencia ante la ausencia, arraigo ante el despojo, paciencia en el pánico; nube roja en el núcleo de la tormenta sorda. Irene la que quiere para sí toda la sal marina, los perros callejeros y los bebés arrugados que se aferran a las tetas de sus madres fantasmas. Irene la que habla. La que enuncia y crea; Irene, para quien la alegría y la vida son una misma cosa. 

Sigue Amanda. La matrona. La que cocina y administra el hotel de paso al que van a parar Irene y Pablo para descubrir qué fue lo que arrastró a Gabriel hacia la boca negra del mar. La que se fuma las horas y el llanto y el porvenir. La matrona exhausta que sin embargo cuida; cuida sin querer ya cuidar, pues aunque la vida es para ella un río quieto y pando que da vueltas circulares mientras aglutina cadáveres, su sombra se extiende en el patio, junto a la piscina opaca, llena de hojas, como la sombra de un árbol milenario. 

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Y está Marta, a quien la demencia le brilla en los ojos. La bruja. La anciana bruja que postrada en su cama escupe improperios para sanar a sus vecinos insalvables. El oráculo costero que reniega de su clarividencia y le echa la culpa de su fama y su poder a su vecindad adormecida por el calor y las supersticiones. Y que sin embargo logra desparasitar a los niños que comen porquerías. Sondear el futuro. Hablar con los muertos. 

Andrea Mejía
Andrea Mejía

También está Ciro. El sordo. El mudo. El niño-viejo sordomudo que a falta de palabras sabe chillar como las gaviotas y balar como las cabras. El que dice lo suficiente con su mirada inalterable con la que escruta el mar y el horizonte hasta llegar a ámbitos inalcanzables para todos los demás.  Ciro el niño dios.

El hermano mayor de Ciro: Jeison. El chofer de la lancha, y el hombre del aguardiente y del ron. Hijo de Marta, cuidador de Ciro, servidor de Irene y de Pablo. Amigo de Gabriel. Jeison es Virgilio, el que los lleva al infierno, al lugar del hundimiento, para allí, por fin, renunciar a todo temor y a toda esperanza. Otro desposeído que por no tener nada y nada esperar, lleva consigo el poder de la ternura y la solidaridad. 

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Y está Gabriel. El buzo. El Cristo que no predica. El hijo que adopta hijos para contarles historias que los abstraigan del terror. Gabriel el hombre-estrella, ese que brilla con la luz del amor no humano, el que transciende la materia y el discurso. El amor que necesariamente desemboca en el ahogo. En el sacrificio. Allá en el fondo del mar. Pero que sigue brillando, como una estrella que explotó hace muchos años, en el centro del pecho del lector. El milagro. 

A todos ellos nos los entrega Andrea Mejía con una escritura que responde a una cadencia y una precisión que uno no logra explicarse. Las descripciones de la naturaleza y de los pensamientos de los personajes, de tan vivas, parecen querer salirse de la obra. Más que describir, lo que hace Mejía en su nueva novela es traducir los latidos, las pulsiones sutiles, del mundo y de las cosas. Y del río turbulento de la mente humana. Página tras página nos va regalando revelaciones de poeta o de maestra zen. 

Vea nuestra entrevista con Andrea Mejía sobre ‘Antes de que el mar cierre los caminos’ en el marco de la Feria del Libro de Bogotá:

Una bandada de cormoranes grises cubrió por un instante el sol. El mar le había parecido siempre a Irene tumultuoso, profundo, y había creído que los que el mar era, su misterio inagotable, estaba oculto metros abajo, cerca del fondo. Ahora creía que lo más extraño era ver toda esa agua encendida, pulida por la luz. El misterio del mundo era imposible de comprender”. 

Sí, es eso: la tristeza al terminar de leer Antes de que el mar cierre los caminos viene acaso de comprobar que el mundo es incomprensible, a cada segundo. Y terriblemente bello. 

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