El robo más grande y perfecto en la historia del arte

‘Esto es un atraco’, una miniserie de Netflix, explora el asalto al Museo Isabella Stewart Gardner de Boston en marzo de 1990. Fue tan perfecto, que los ladrones se llevaron 13 obras que aún no aparecen. Hoy valen 500 millones de dólares.

Han pasado 31 años y el robo a este museo sigue siendo un enigma. Aún pocos se explican cómo dos ladrones disfrazados de policías lograron engañar a un celador para entrar en plena madrugada, ni cómo pudieron permanecer 81 minutos dando vueltas, sin que nadie lo notara, para salir poco después por la puerta con 13 obras. 

Y lo que es peor: aunque investigadores, expertos en seguridad, rastreadores de arte robado y el propio FBI han intentado, por todos los medios, descubrir el paradero de esas piezas, hoy siguen desaparecidas. Ni pistas hay.

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El botín no es muy numeroso, pero incluye varios Rembrandts, grabados de Degas, un Vermeer y un Manet; su valor sería de unos 500 millones de dólares. No en vano, las autoridades lo catalogan como el robo más grande en la historia del arte. 

El museo, por su parte, no se resigna. Aún ofrece una recompensa de 10 millones de dólares para cualquier persona que ofrezca información sobre su paradero y, para asombro de los visitantes, tiene colgados los marcos desocupados justo en el mismo lugar en el que estaban las obras antes de 1990. 

Sus directivas lo decidieron así para recordarle al mundo que todavía esperan recuperarlas y porque la fundadora, la coleccionista Isabella Stewart, dejó estipulado en su testamento (murió en 1924) que nadie podía modificar ni cambiar el orden de su colección. 

Los supuestos policías llevaron a los celadores hasta un cuarto subterráneo. Los esposaron a un tubo, les taparon la boca con cinta y les dijeron “Señores, esto es un atraco”

Todos esos elementos hacen del robo al Gardner, uno de los episodios más estudiados de la historia contemporánea del arte. Pero ahora, a los libros e investigaciones, se suma la serie documental Esto es un atraco, que Netflix estrenó el pasado 7 de abril. 

Allí, en cuatro capítulos y con el apoyo de expertos, policías que han investigado el caso y miembros del equipo del museo, tratan de seguir el rastro de las obras a través de todas las pistas que han surgido a lo largo de estas tres décadas.  

Así fue el robo de película 

El robo al Gardner ocurrió durante la madrugada del domingo 18 de marzo de 1990, cuando en Boston estaban celebrando el día de San Patricio. Como era usual, cientos de jóvenes salieron a emborracharse y hubo varios disturbios, algunos cerca del museo. 

https://www.youtube.com/watch?v=6HFD9cGQG9U

Richard Abath, uno de los guardias que cuidaba esa noche el Gardner, y quien tenía solo 23 años, recuerda que durante una de sus rondas nocturnas escuchó que se activaban varias alarmas de incendios, pero no pudo descubrir ninguna fuente de humo o de fuego. 

Eso lo dejó bastante intranquilo, así que cuando volvió a la sala de seguridad, no se le hizo raro ver, a través de la cámara de seguridad, a dos policías agitados, timbrando en la puerta. Eran la 1:20 de la mañana. 

Cuando él les preguntó qué ocurría a través del intercomunicador, ellos respondieron “Somos la Policía de Boston. Nos informaron de un altercado en el museo, ¿podemos pasar?”

Abath pensó en los disturbios por el día de San Patricio y en las alarmas de incendios, por lo que abrió la puerta, preocupado. En ese momento estaba solo, ya que su compañero (Randy Hestand, de 25 años) hacía una ronda de rutina. 

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Una vez adentro, uno de los policías lo observó detenidamente y le dijo “usted se me hace conocido, creo tiene una orden de arresto vigente, ¿puede acercarse?”. Él, un poco atontado con todo lo que estaba pasando, le hizo caso y  terminó sometido en el piso. 

Luego le obligaron a llamar a su compañero por el intercomunicador y cuando entró, le hicieron lo mismo. 

Los supuestos policías llevaron a los celadores hasta un cuarto subterráneo. Los esposaron a un tubo, les taparon la boca con cinta y les dijeron “Señores, esto es un atraco”. Y luego, se dedicaron a pasear por algunas de las salas del museo, con total libertad. 

Ellos sabían algo que solo el equipo de seguridad conocía: las alarmas de las salas no estaban comunicadas con la policía. La única forma de alertar a las autoridades era activar un botón de pánico ubicado en la sala de seguridad. Con los guardias amarrados, eso no era un peligro.

El primer sospechoso

Nadie supo que algo había pasado hasta la mañana siguiente, cuando la celadora del turno llegó a timbrar y no le abrieron. Tuvo que llamar al jefe de seguridad, quien salió hasta allá con su juego de llaves.

“Apenas entramos supimos que algo andaba muy mal -cuentan en el documental-. Habían girado las cámaras, habían roto la puerta de la oficina y habían puesto en la silla de la oficina de seguridad un marco roto”. 

‘Tormenta en el mar de Galilea’, la única pintura marina de Rembrandt, es una de las obras más valiosas que fue robadas del museo Gardner. Su paradero es desconocido.

Al final descubrieron con horror que se habían llevado 13 piezas

Entre las más importantes estaban La tormenta en el mar de Galilea, la única pintura marina de Rembrandt; Señora y señor de negro, del mismo autor holandés; El concierto, una de las únicas 33 obras que dejó Johannes Vermeer;  Chez Tornoi, un retato de Manet, y cinco grabados de Paul Degas sobre jinetes y caballos.

El inicio de la investigación fue bastante difícil. Para esa época el FBI no tenía un equipo especializado para robo de arte ni la tecnología forense que usan hoy, así que no pudieron tomar muestras de ADN o hacer estudios genéticos. 

Los agentes, además, cometieron varias torpezas y dejaron perder elementos importantes, como las cintas con las que habían amarrado a los guardias, que les hubieran permitido identificar huellas dactilares. 

‘El concierto’, una de las pocas obras que quedaron de Johannes Vermeer, fue otra de las obras robadas. Foto: Netflix

Aún así, les llamó la atención que los ladrones ignoraron obras muy valiosas de pintores como Rafael, Tiziano y Tintoretto, pero sacaron el tiempo para llevarse un jarrón chino y una pequeña escultura de un águila de bronce de la época napoleónica que no valían mucho.

También, que hubieran abierto una puerta falsa, que muy pocas personas conocían, y que hubieran tenido la precaución de sacar el casete en el que habían quedado grabadas las cintas de seguridad durante la madrugada del robo. 

Eso, sumado a que tenían información del botón de pánico, los llevó a concluir que habían tenido apoyo interno o que alguien les había pasado detalles muy específicos sobre el edificio. 

El primer sospechoso fue Abath, el guardia que les abrió la puerta. Su perfil encajaba en el de una persona poco confiable: era consumidor de drogas, había llegado varias veces a trabajar borracho y en alguna ocasión hizo una fiesta en el museo a espaldas de sus jefes. 

Una cámara ubicada en la calle mostró que una hora antes del robo, el guardia abrió la puerta trasera unos minutos y luego la volvió a cerrar, como si estuviera mandando una señal.

Pero más allá de esos detalles circunstanciales, hubo una serie de comportamientos suyos que llamaron la atención. Una cámara ubicada en la calle mostró que una hora antes del robo, había abierto la puerta trasera unos minutos y luego la había vuelto a cerrar, como si estuviera mandando una señal para los ladrones.

Además, según el registro de los sensores de movimiento, él fue la única persona que esa noche entró a la sala de donde se robaron el Monet

Pronto, sin embargo, lo descartaron. Lo de la puerta resultó ser un ritual que Abath hacía todas las noches de su turno y con el tiempo descubrieron que los sensores de movimiento habían estado fallando (se apagaban por momentos prolongados).

¿Obra de la mafia?

Las autoridades llegaron a tejer varias hipótesis sobre el robo, muchas de ellas descartadas. También hubo pistas falsas, como la de un ladrón que envió fotos a un periódico diciendo que él tenía algunas de las obras, pero resultaron falsas.

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Al final, todas las pistas apuntan a la mafia. En Boston, por esa época, el crimen lo controlaban los irlandeses y los italianos. Y los capos habían cogido la costumbre de robar arte para usarlo como un seguro de libertad. Cuando las autoridades los atrapaban, ellos entregaban el paradero de obras desaparecidas a cambio de una rebaja en la pena. 

De hecho, el FBI ya había descubierto en 1981 un plan de un miembro de la familia Rosseti (de la mafia italiana) para robar el Gardner. Aunque lo neutralizaron, es probable que toda la información sobre la seguridad del edificio haya pasado a otros mafiosos. 

Los expertos actualmente creen que hay dos hipótesis muy probables: que la mafia irlandesa haya usado las obras para comprarle armas al IRA (el grupo irlandés) o que Bobby Donati, un hombre relacionado con la mafia italiana, las haya mandado robar para sacar de la prisión a su jefe, Vinnie Ferrara. 

El museo aún expone los marcos sin las obras robadas con la esperanza de que regresen algún día. Además, tienen un tour para seguir los pasos de los ladrones dentro de la institución. Foto: Netflix.

Algunas pistas apuntan a esta última versión. La cuñada de uno de los hombres que hacía parte del grupo delincuencial de  Donati, por ejemplo, afirma haber visto el Chez Tornoi, de Manet, en el apartamento de su familiar.

El problema es que las obras se esfumaron, casi todos esos mafiosos murieron y el único del grupo que sigue vivo, estuvo casi 15 años en la prisión y siempre ha dicho que no tuvo nada que ver.  

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Aún si fueron ellos, se cree que las obras viajaron por el mundo. No es descabellado: el arte robado es fácil de contrabandear y se mueve en el mercado negro como una especie de moneda internacional. Y hablando de el mayo robo en la historia del arte, ni hablar.

Al FBI, de hecho,  le han llegado versiones de Arabia Saudita, Rusia, Japón, Jamaica e incluso Medellín, pero ninguna de ellas ha sido corroborada. 

Lo más probable, sin embargo, es que en alguna parte del mundo haya alguien que tenga La tormenta en el mar de Galilea, de Rembrandt, y que sude frío mientras ve Netflix.  

8 Comentarios

  1. Sonia Mabel Guzmán Gómez

    Parece que es muy frecuente el tráfico de arte robado en el mercado negro; la obra La tormenta en el mar de Galilea, es una de las más hermosas de Rembrandt, es una gran pérdida para el arte mundial.

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