Bogotá Embera

El rayo se convirtió en trueno y gimió al unísono con aquella Embera Katío Eyabida, mujer de selva que paría a su hijo en la oscuridad espesa del Parque Nacional en Bogotá. Sola, en medio de arbustos que se ramificaban como brazos para agarrarla mientras se sentaba sobre la levedad de la bruma y sentía que su vientre expulsaba a su crío.   

Sin nadie más, como en la agreste floresta. Las indígenas nos llevan años luz en cuanto a sabiduría del alumbramiento. Así deberíamos parir todas y reflexionar sobre la doctrina médica que nos ha enseñado a tendernos para el confort del obstetra. Porque lo más sensato por ergonomía, por gravedad, por simbolismo de quien arriba del infinito universo, y por supuesto, por sentido común y comodidad nuestra, es parir en cuclillas.

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Así dan a luz muchas mujeres indígenas. Palpan su cuerpo, y cuando llega el momento, se meten en la manigua solas o con su madre a sentir la explosión de la creación. Un doble acto de resistencia, porque procrear es prolongar la existencia de pueblos que, en muchos casos, están al borde de la extinción; y hacerlo en la urbe es adherirse con su placenta a una ciudadanía que les quieren despegar de su piel una y otra vez. 

Ya no sé si todo eso lo soñé, lo fantaseé, o tal vez lo deseo. La imaginación es poderosa y política, porque también es el acto de parir un mundo deseado para todos. Donde se entienda que, así como los hijos no les pertenecen a sus padres, Bogotá no les pertenece a unos pocos que, entre su imaginario, también político, se sienten los dueños del chuzo y de esa identidad fija, excluyente e insoportable de una ciudad que alguna vez pudo estar 2.600 metros más cerca de las estrellas.

Bogotá es Embera, punto.

Pero en plural, porque son varios pueblos indígenas con culturas, historias y procesos distintos: los Embera Katío, gente de selva; los Embera Dóbida, comunidades de río; y los Embera Chamí, habitantes de montaña. También vienen por ahí los Eperara Siapidaara (sí, con doble “a”), pero esto no es una clase de antropología. “Estudien vagos”, diría la sevicia-na mayor. Pero esto tampoco es un muro de lamentos (o quizá sí). Perdón, sigamos.

Bogotá es Embera - Foto Agencia Anadolu
Bogotá es Embera – Foto: Agencia Anadolu
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¿De quién es la ciudad? ¿acaso es suya? Mía no la siento, aunque viva en ella hace casi 25 años. Pero aquí continúo, sin el arrullo de la ciudad musical ni su sol de ocobos, ni el acento que tenía de guambita, y con un guambito parido en las entrañas de la capital. Eso sí, la misma peleadera con los rolos que insisten en decirle a una tolimense, con convicción y sin sonrojo, que la lechona tiene arroz. ¡Insolentes! Y aquí sigo entre sus atardeceres cantando el Bunde con dejos bogotanos y diciendo al final de entonarlo que, tan sublime canto, debió haber sido el himno nacional.

Un paréntesis antes de seguir: parir no es pasaporte para ser “en” o “de” un territorio. Sólo expongo un ejemplo que concibo poético y que, a su vez, evidencia la lógica peligrosa que nos han enseñado sobre la relación aparentemente “natural” entre “nacer en” y “ser de”.

Esa historia de estar sin “ser”, siendo al mismo tiempo, no es solo mía, es la de innumerables “provincianos” que habitamos Bogotá por trabajo, amorío, estudio, desvarío, porque sí y porque ajá. Aunque esos capítulos relativamente felices del relato migratorio son pocos. Los demás apartados tienen escaso de júbilo, mucho de tragedia y nos hablan de esa mayoría que llega a la ciudad con el horror de la guerra herrado en sus iris; con el hambre atiborrando en el cuerpo; con los pies husmeando una sombra que los ampare. Y por qué no, que los acoja para siempre entre las mieles de un buen vivir.

En el caso de los indígenas de los pueblos Embera ¿qué significa que lleguen a la Capital con el horror de la guerra herrado en sus iris? Que han vivido la profanación de su cultura, de sus sitios sagrados, de sus territorios, de su vida misma, de sus mismos muertos, así como el despojo, el reclutamiento forzado de sus niños y de sus jóvenes, los ultrajes, las violencias sexuales, las torturas, el miedo, los asesinatos por actores armados, el confinamiento, las desapariciones, el destierro, las masacres, el desplazamiento forzado. Eso es lo que sella el arco de sus iris.

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No es de hoy, ni de ayer, ni de hace una década que estos indígenas llegan aterrorizados a las cabeceras municipales y a las ciudades. Ya para 1987, comunidades enteras habían dejado su tierra luego de la masacre de 70 Katíos del Resguardo Tahami del Alto Andágueda (entre Chocó y Risaralda) a manos del grupo “Los Montoyas” que insistían en acaparar sus ricas tierras para la explotación minera.  

Capítulos que se extienden en un tiempo que rebaza las periodizaciones con las que los “blanco-mestizos” sitúan el conflicto armado. Porque es una temporalidad que va y vuelve. No hay línea “evolutiva”, es una espiral insaciable de barbarie que se repite con diferentes nombres y actores pero con contenidos y prácticas similares que han finalizado en exterminio y despojo: la colonización, los proyectos extractivistas, las misiones católicas, la imposición latifundista, los megaproyectos y la deforestación, el desangre petrolero y minero, la ganadería extensiva, el narcotráfico, etc.

¿El resultado? Ríos de mercurio, pescao envenenado, tierras infértiles, pulmones de glifosato, contagios de lo incurable para la sabiduría ancestral, escasez de frutos y animales de monte para caza, así como de plantas y cortezas medicinales, y un largo etcétera. Sin agua, sin comida, con crecientes enfermedades de “blanco” no tratables con medicina tradicional, sin acceso a la salud, a la educación, a lo más básico, ¿quién se queda en los territorios? También lo arrasamos. 

Bogotá Embera, columna de Camila Rivera González
Bogotá Embera, columna de Camila Rivera González

Y sí, esto no sólo les pasa a los pueblos Embera, les pasa también a miles de ciudadanos de este país. Pero hablar de estos casos de alguna manera los representa.

Y a esas tierras heridas, profanadas, atestadas de espíritus del mal, ¿quién vuelve? La nada, de repente, es el todo de esos espacios. Además, para muchos pueblos étnicos, cuando se atenta contra el territorio hasta verlo agonizando, no hay remedio que valga. Lo mejor para que sane, y para que ellos se curen, es no retornar jamás.

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No es romanticismo ni demagogia. Es como es, así como también es cierto que muchos indígenas de los pueblos Embera, que han llegado a la ciudad, han incrementado o se han involucrado en prácticas repudiables que envuelven maltrato, corrupción, excesos y tantas otras cosas.

Pero el punto aquí no es lo impoluto o lo perverso. Nos han enseñado a imaginar a los indígenas como el “buen salvaje” al que hay que “conservar” como piezas de museo y, si se salen de ese marco de púas, es decir, si son humanos, como cualquiera de nosotros, literalmente se nos dispara el arma de la estigmatización.

“¿por qué no se devuelven a su monte?”; ¿quién los trajo?”; “seguro son guerrilleros”; “quién los manda a no cultivar la tierra”; “por algo habrá sido que salieron de allá”; qué inconciencia, siguen teniendo hijos”; “perezosos que quieren vivir del subsidio”. Y así, sin mirar un poco más allá y simplemente ametrallar con suposiciones que en un país como este nos cuestan la vida.

Los indios resultan siendo para muchos, pseudo-humanos ciudad-anos, o mejor, anos de ciudad que si están allá lejos, en el culo del mundo, encarcelados entre las murallas verdes de sus resguardos, se les “respeta”. Pero si sobreviven aquí junto a nosotros, re-crean su cultura, ejercen su ciudadanía y reclaman sus derechos, como cualquier sujeto político, casi que se vuelven inmorales y pierden su indianidad. Y, además, les imputamos una ciudanía artesanal y transitoria.

¿O acaso usted me imagina a mí, que también hago parte del relato migratorio -pero de los pocos capítulos “felices”, con el mismo rasero de ciudadano que mira a los indígenas de los pueblos Embera que habitan Bogotá? Más allá de las innumerables diferencias por las que unos u otros llegamos, o de las distintas culturas, historias, circunstancias, ¿por qué se percibe a unos, como yo, “ciudadanos” de Bogotá y, a ellos, como ciudadanos “temporales”?

Con el desplazamiento forzado no sólo aparecieron nuevas violencias, sino un limbo perverso llamado “transitorio”. Por un lado, los Embera llegaron, y siguen llegando, a un contexto completamente ajeno a lo que era su vida. Sin herramientas, ni español, ni códigos para sortear la ciudad. Sin absolutamente nada, solo con su vida, su lengua y su palabra. Como aterrizar en Marte en el más recio de los escenarios: los pagadiarios.

Precarias habitaciones que cuestan alrededor de diez mil pesos, en las que descansan más de 8 indígenas con sus pequeños, y que se ubican en contextos de prostitución, microtráfico y pandillas. Esa es la bienvenida. De ahí en adelante: mendicidad, desnutrición, agonía, desesperanza, rabia. Claro, varios han “salido adelante” (aunque yo no sepa muy bien qué es eso), pero ese es su ritual de iniciación urbana. 

Bogotá es Embera
Bogotá es Embera – Foto: Agencia Anadolu

Por otro lado, los indígenas de los pueblos Embera (y de muchos otros como ya lo he dicho), se enfrentan al limbo de la transitoriedad: subsidios “transitorios”, albergues “temporales”, bonos de alimentación “provisionales”, etc. Todo “pasajero”, como el viajero que pasa. Pero lo único que pasa es que poco sucede con la implementación de la ley de víctimas del conflicto armado (número 1448) y del Decreto Ley 4633 que específicamente se refiere a ese tema en materia indígena, y que se expidieron en el 2011. Allí se habla de reparaciones individuales y colectivas y, sobre todo, de planes de retorno a sus territorios.

Pero, después de una década, ni reparaciones ni retorno, ya sea porque el conflicto no cesa y no hay garantías para volver o porque simplemente la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas y el gobierno en general no ha logrado hacerlo, o porque los que han regresado vuelven despavoridos a las ciudades porque los siguen amenazando o no hay condiciones para vivir. También pasa, y mucho, que no quieren regresar. Completamente entendible.

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Así que el tránsito se volvió permanencia. Pero no queremos asumirlo, ya sea por el imaginario de que los indios sólo caben en su gruta “ancestral” y deben volver (a dónde, ¿alguien les preguntó antes de asumirlo desde su lectura rupestre?), o porque nos metemos en la interminable discusión entre el nivel nacional y el local sobre quién tiene la responsabilidad de garantizar sus derechos fuera de su tierra.

No es nada fácil lograr los objetivos de esa normatividad. Los invito a liderar la política pública de este país y, en especial, a intentar ejecutarla para que veamos el exacerbado nivel de dificultad. El mundo no es discursitos de inclusión. Es acción y aún nos queda grande ese salto triple que suele volverse mortal. Y, además, está el otro limbo normativo: no existe ley, ni política pública, ni voluntad política que permitan gestar escenarios de buen vivir para los indígenas que se quieran quedar. Como ciudadanos, sin la mirada transitoria y con el enfoque étnico diferencial. Se los debemos, a ellos, a todos los que tienen ese herraje en el arco de sus iris.

También, entregada al poder mágico-político de la imaginación, sigo fantaseando y deseando, para quienes quieren retornar, esta escena:

Tejamos una Okama [collar] para Bogotá. Que sea grandota de chaquira naranja, verde y celeste. Como sol sobre su monte arrugado y su cielo encuerado. Con zigzags de canutillos grises, como sus recovecos y los dientes de sus fieras; y con brillantes de lluvia”, dice Kera al arroparse con su paruma ( pieza de tela colorida que las indígenas Embera usan como falda) la última noche de asfalto.

La madre inserta un maíz en la grieta del andén y sentencia: “No alcanzaríamos, Bacatá es infinita como nuestra gratitud. Ella acoge, magulla, enseña. Es selva”.

Al amanecer volverán a su tierra y plantarán ese recuerdo. El suyo quedará sembrado entre las calles de la Bogotá Embera. 

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10 Comentarios

    1. Maria Camila resulta muy agradable leerte y sobre todo las importantes reflexiones lo sacan a uno de la rutina y lo ponen a pensar…a veces la indiferencia con que vemos las realidades amargas de tanta gente no privilegiada. Estas comunidades son un claro ejemplo de males profundamente visibles y eternamente “no solucionados”. Gracias por tus espacios

  1. Desgarradora realidad, enfrentados en las ciudades a dramas como el alcoholismo, la prostitución y la violencia intrafamiliar. Muchos roles se transforman y el Estado entregándo mercados y albergues temporales indignos. Lamentablemente no ve mucha salida.

  2. Desgarradora realidad, enfrentados en las ciudades a dramas como el alcoholismo, la prostitución y la violencia intrafamiliar. Muchos roles se transforman y el Estado entregándo mercados y albergues temporales indignos. Lamentablemente no veo mucha salida.

  3. federico Restrepo S.

    Hola Camila. Duele leer tu texto porque desde 1492 los pueblos originarios dejaron de serlo y se convirtieron en pueblos transitorios, desarraigados, que van y vienen, “migrantes internos” los llamaría “el que dio la orden”.

  4. Muchas felicitaciones por tu artículo, por tus reflexiones y la construcción De conocimiento en materia e’tnica.
    PG.

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