La ingobernable levedad del poder

Kundera escribiría una novela titulada ‘La insoportable levedad del ser’. Allá, en Bolivia, desarrollaron antes algo así como la demostración de la ingobernable levedad del poder.

Ciertos golpes de Estado, así persigan algo tan serio como definir el poder en un país, en muchas ocasiones van acompañados de circunstancias estrambóticas. Quizás porque se realizan en contra de la ley, con un libreto elástico, en donde el azar juega un papel importante y en donde sus actores van de la mano con lo informal y no cuentan con las imprevisibles circunstancias.

La historia política de Bolivia es un muestrario singular de lo anterior, país este en el cual se dio, entre otros muchos, un golpe de Estado cuando no había un gobierno para derrocar; golpe dirigido contra un expresidente, en el cual nadie tenía claro cómo debería procederse. Y tampoco se sabía a quién se derrocaría y a quién se instauraría en el poder. Todo al garete.

Hernando Siles Reyes fue elegido presidente de Bolivia, y como tal comenzó sus funciones el 10 de enero de 1926. La Constitución determinaba que su período de 4 años terminaría el 10 de enero de 1930. Sin embargo, solo renunció el 28 de mayo de ese año, tres meses y medio después de la conclusión legal de su mandato. 

También de Luis Guillermo Giraldo: De la incontinencia en política

Raras fechas, pues solo en ese momento se retiró a su residencia como un ex. Después de ese día, 28 de mayo, y por algún tiempo no hubo presidente, aunque Siles continuaba manejando los hilos del gobierno a través de sus ministros. Nada de elecciones. Se trataba de una retirada envenenada, pues bajo la batuta de Siles se había fraguado un plan para garantizar su continuidad en el poder, mediante la elección posterior de una Asamblea Constituyente que así lo decidiera.

Impopular su gobierno por los enfrentamientos con los mineros, por una masacre en Potosí después de unas elecciones regionales, y por las reiteradas sublevaciones indígenas, sofocadas a la fuerza. Sin embargo, Siles esperaba contar con el apoyo de los militares para lograr su empeño continuista en el poder. Creencia sustentada solo a medias, pues algunos militares lo apoyaban al paso que otros conspiraban.

Igual políticamente, ya que no se contaba con el beligerante factor estudiantil. Fue así como el 4 de junio de 1930, conmemoración de Sucre, se manifestó la juventud rebelde en la plaza Murillo. Repitieron los universitarios en varias ocasiones sus demostraciones de protesta. 

Quienes desde más arriba manejaban los hilos de la sublevación sabían que se aproximaba, se reclamaba, se requería lo que los cínicos llaman un “muerto táctico”, el cual se obtuvo cuando un carabinero disparó a la multitud y mató al estudiante Eduardo Román. Se paseó el cadáver con las agresivas multitudes detrás; se apedreó el Palacio de Gobierno; nuevos disparos de la policía y más “muertos tácticos”.

Noticiados algunos ministros -ministros en funciones ellos de un presidente ya sin funciones- de que los cadetes del Colegio Militar, centro de la conjura, se tomarían la sede del gobierno, se dirigieron hacia allá, detuvieron a los 10 dirigentes, y luego de descabezado ese cuerpo, creyeron neutralizarlo. 

Pero no contaban con el azar, la fortuna, el hado o el caprichoso destino, y no detuvieron al cadete Cupertino Ríos, quien se encontraba en esos momentos en la enfermería, el cual Cupertino, para notificar su condición de jefe, tomó una ametralladora, disparó al aire varias ráfagas y convocó así a los demás colegas a iniciar la revuelta.

Recomendado: Petro, más gentleman que el propio Duque

Comenzada la fase militar, los conjurados fueron neutralizados por tropas que apoyaban a Siles. Silencio, soledad, expectativa en las calles de La Paz. Pero como los amigos del expresidente continuista no disponían de dirección ni de moral, se sintieron desamparados e incurrieron en la peor derrota, la sicológica, y comenzaron a desbandarse hacia las legaciones diplomáticas. El expresidente Siles recaló en la de Brasil, vecina a su residencia.

Desde allí pudo apreciar como algunos de sus anteriores colaboradores, para hacerle la venia a la turbamulta, regularizaron el saqueo popular de su domicilio. Muy pulidos, como simples voluntarios, ellos no se tomaron nada para sí mismos, pero sí organizaron la operación, así: esta fila, de uno en uno, sin empujar, para entrar a llevarse los objetos; y esta otra, para salir en orden con las pertenencias de Siles Reyes. Terminada la rapiña, incluso depredadas puertas y ventanas, la multitud procedió a prenderle fuego a la residencia.

En una de esas, los estudiantes encontraron un solemne piano de gran cola, lo sacaron, lo condujeron hasta el frente de la legación brasileña; un improvisado intérprete aporreó las teclas para sacarles movidas cuecas, además de los taquiraris y las morenadas; a su compás los jóvenes bailaron un rato al frente de donde se hallaba Siles. Al terminar sacrificaron al inocente piano, le prendieron candela y cogidos de las manos bailaron a su alrededor cantando una suave melodía. Encopetadas señoras aplaudían.

No todo fue guasa. Fueron muertos a tiros varios funcionarios de Siles. Fue así como estos embriagados jóvenes mezclaron la chanza con lo macabro. Refieren, entre varios casos semejantes, el de Donato Pacheco, quien trató de huir desde el tejado de su casa, pero fue cazado a tiros. Arrastraron su cadáver, luego lo colocaron en un catre y lo llevaron en exhibición mediante procesión por las calles de La Paz.

La autoridad era inexistente. Los estudiantes se dirigieron entonces a la Plaza Murillo, para ver en quién terminaba el asunto del poder. Para concluir con semejante extravagancia fúnebre y pasar en seguida a lo cómico, un exministro de Siles, de nombre Tomás Manuel y de apellidos Elío Bustillos, se autoproclamó presidente y salió al balcón para notificarle en perorata a la multitud que él ya era su nuevo mandatario. Rechiflas y amenazas. Debió retirarse. Su mandato duró lo que su discurso.

Al final llegaron los de siempre que esto sucede: los militares. Formaron ellos una junta de gobierno presidida por el general Carlos Blanco Galindo. En unos meses convocaron a elecciones, hubo nuevo presidente y se reinició la democracia. Pero también se reiniciarían los golpes de Estado en esta sinigual Bolivia, la que, con tintes dramáticos y sangrientos, demostraría en varias ocasiones esto de la ingobernable levedad del poder.

Todas las columnas de Luis Guillermo Giraldo en Diario Criterio

2 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio