Las ruinas del neoliberalismo

La semana pasada estuve en Buenaventura, una ciudad que, en el decir de un habitante del lugar con el que conversé, ha sido devorada por un puerto.

Todos conocemos las cifras escalofriantes de esta bahía, que tiene uno de los puertos más tecnificados de América Latina, por el que se mueve el 45% de carga marítima internacional a Colombia, pero donde cerca del 81 por ciento de sus habitantes vive en condiciones de pobreza y donde, según datos de la Comisión de la Verdad, más de 100.000 personas son víctimas del conflicto armado.

Desde la distancia de Bogotá, hemos leído y oído sobre las bandas delicuenciales que se confunden con los paramilitares, de los reclutamientos forzados, de las extorsiones, de las casas de pique, de los desaparecidos, de los desplazamientos forzados interurbanos.

Un contraste indignante entre el proyecto de acumulación y expansión del capital financiero, y una comunidad violentada a la que no le ha quedado ningún beneficio de esta riqueza y que, al contrario, ha sido tratada como un obstáculo para la expansión comercial a través del puerto.

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El paro cívico de 2017, que movilizó masivamente a los habitantes de Buenaventura, hizo visible para el país este contraste brutal, y las brechas abismales que ha creado, al exigir inversión social y condiciones mínimas de vida digna, inexistentes para buena parte de los habitantes de la ciudad, como el servicio de agua, salud, seguridad, educación, participación democrática. Aunque el paro logró que el gobierno Santos promulgara como ley de la República la creación de un “Fondo Autónomo” para Buenaventura, muchos recursos no se han ejecutado aún para llevar a cabo varias de las obras prometidas.

Al visitar la ciudad conversé con algunas personas, vinculadas con el paro civíco, que no desisten de sus esfuerzos por promover transformaciones estructurales, con diagnósticos, propuestas e iniciativas cívicas que dejan ver una admirable impulso y creatividad en situaciones realmente adversas. Me conmovió percibir las marcas que tantos daños han dejado sobre sus relatos, sus gestos, las emociones que expresan, pero también la persistencia que no dejan de demostrar, para resistir a fuerzas que apuntan a arrasarlos.

En uno de los relatos que escuché, de un hombre maduro de 62 años, algo era muy claro: Buenaventura cambió radicalmente cuando en 1991 desapareció la empresa Puertos de Colombia, y se privatizaron y expandieron las operaciones portuarias en la bahía. Esto último acabó otras fuentes de ingresos, como la pesca; la privatización trajo consigo la precarización e inseguridad de los trabajos, y terminó produciendo informalidad. Por esa misma época las disputas territoriales se intensificaron en el territorio.

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Escuché esta opinión de otros, sobre todo de personas mayores. Para ellos han sido evidentes los enormes daños de unas políticas decididas -como lo oí muchas veces- por señores de escritorio de Bogotá, centradas en crear condiciones de seguridad para los grandes capitales, como desmantelar mecanismos de protección social, privatizar bienes, espacios y servicios, en aras de una productividad incuestionada.

Estos tecnócratas citadinos han minimizado los efectos devastadores que sus intervenciones han tenido sobre tantos cuerpos racializados y ecosistemas; para ellos se trata muchas veces de cifras y datos que hay que reducir o controlar para que no se afecte mucho la confianza inversionista. Pero en los territorios van quedando las cicatrices de tanta violencia, las ruinas que, como ya lo advertía Walter Benjamin, el tren del progreso -con sus ritmos frenéticos- va dejando, junto a tantas voces silenciadas y posibilidades truncadas; posibilidades que las movilizaciones y organizaciones populares justamente han reivindicado.

En Colombia, y en muchos lugares del Sur global, se van extendiendo estos territorios arruinados por dinámicas del capitalismo, en medio de los cuales, pese a todo, irrumpen esfuerzos por resistirlas. Hace falta sentir cómo nos llaman a cambiar lo que hemos sido. Hace falta asumir la responsabilidad política por tantos daños, y cuestionar a fondo un modelo victorioso en escuelas de economía prestigiosas del país, y programas gubernamentales. Además, hace falta darse cuenta, en fin, que la pulida y aséptica tecnocracia en Colombia también huele a muerte, y que hay que contrarrestarla, como lo vienen haciendo los movimientos igualitarios en el país.

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Foto: Alcaldía de Buenaventura

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