Camila Sosa Villada: una escritura para engendrarse a sí misma

Camila Sosa Villada es autora de ‘Las malas’, un fenómeno editorial que va más allá de América Latina y que ella define como un gran testimonio de la prosa travesti.

En El viaje inútil: trans/escritura, un ensayo autobiográfico publicado por primera vez en 2018 –un año antes de la primera edición de la novela Las malas–, Camila Sosa Villada escribe: “Mi primer acto oficial de travestismo no fue salir a la calle vestida de mujer con todas las de la ley. Mi primer acto de travestismo fue a través de la escritura”

Me detengo en la categoría que uso –ensayo autobiográfico– y pienso en sus muchos posibles sentidos. Si la autobiografía es la escritura de la propia vida y el ensayo una actitud de apertura y atención al mundo resuelta en el ejercicio de escribir, entonces ensayo autobiográfico serían también dos palabras que condensan el trazo y la trayectoria de Camila Sosa Villada: usar la escritura para darse una vida nueva, para inventarse, para ensayar otras formas de lo humano.

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Soy la niña que se escapa de sus padres y termina en los brazos de la literatura. O que por fin se acuna a sí misma cuando escribe”, leo en El viaje inútil. “Soy la madre del niño que fui”, escribe Camila en su volumen de poemas La novia de Sandro. Hay, como ven, algo engendrador en su literatura, una voluntad de crear y de crearse, de convertirse en “esta mujer escritora en la que me he nacido”. El ensayo autobiográfico de Camila empieza con un padre enseñándole a escribir; con su madre comparte lecturas, hasta que aprende a leer sola.

Padre y madre, por medio del trazo de las letras, le dieron al que por entonces era un niño, un mundo propio. Lo primero que escribe, a instancias de su padre, es su nombre de varón. Pero con su madre, a través de la lectura compartida, y luego en la lectura solitaria, descubre otros universos que hacen que el mundo más cercano deje de interesarle por completo.

Encuentro un refugio que es lo que más busco a esa edad.

De ese mundo propio (“Aquí, y en ninguna otra otra parte, estoy a salvo”, escribe en otro poema de La novia de Sandro) nace también el nombre propio, elegido por ella misma: Cristian Omar se convierte en Camila. Esa habitación propia, un tropo de la literatura escrita por mujeres o de la aventura de ser una mujer escritora, se reviste en Camila de un tono particular, pues se recorta no ya solo sobre el miedo a la mujer que escribe sino sobre el miedo a las travestis. Ella, Camila, se levanta sobre ese doble tabú. “Mi secreto, el de escribir y ser travesti, los expulsó de mi mundo (habla aquí de sus padres, pero también podría estar hablando del desprecio del mundo a las personas trans) y me salvó de su odio”.

Camila Sosa Villada. Las Malas
Camila Sosa Villada. Las Malas. Foto: cortesía Hay Festival.

Hablé antes del poder engendrador de la literatura de Camila, que es antes que nada el poder de engendrarse y hallar, al fin, “mi romance conmigo misma, mi mujer prohibida”. Esa mujer propia contradice el destino asignado por su padre y su madre. Cuando Camila se rebela contra el nombre decidido por ellos y se trasviste de mujer (a la vez que de mujer escritora), el padre emite un nuevo designio: se prostituirá y morirá en una zanja. Es entonces el momento de hablar de Las malas y de hablar de la amistad.

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Antes de eso, no se puede dejar de mencionar una traición. La recrea Juan Forn en el prólogo de la novela (Tusquets, 2019) y la cuenta Camila en El viaje inútil y en varias entrevistas. Cuando tenía 13 años, Cristian Omar escribe la historia del romance de una chica con su profesor de gimnasia. La narradora es una mujer y se llama, de forma harto simbólica, Soledad. “Construir una mujer con mis propias manos lo hice primero escribiendo. Yo siempre escribí en primera persona del femenino. Nunca consideré que existía la posibilidad de escribir como un varón”, dice en una entrevista con la revista Gatopardo. Lo siguiente es que le muestra el relato a una amiga del colegio, quien no encontró nada mejor que hacer con ese secreto que revelárselo al rector.

No hay transgresión sin castigo, y se supone que Cristian Omar debe aprender la lección: no se puede andar por ahí contando que se es homosexual. A la soledad hay que agregarle el silencio. Pero lo que la escritora aprende no es lo que quisieran los censores del colegio y las traidoras de la amistad. Intuye tal vez algo más radical: que el precio de que nazca lo nuevo quizá pasa por la destrucción y la borradura de lo viejo.

La historia de ese romance colegial se pierde, luego desaparece el nombre de Cristian Omar, después Camila misma habría de borrar las entradas que escribía en su blog –que se llamaba igual que el libro de poemas: La novia de Sandro– cuando descubrió una nueva vida como actriz.

En ese blog escribió sobre la furia y la alegría travesti, tan temidas, tan escandalosas; y contaba sus experiencias con los clientes cuando se prostituía en el Parque Sarmiento de Córdoba, una ciudad argentina. Las borró por lo que siempre un escritor o escritora borra algo: por vergüenza. Solo que, a diferencia de la historia narrada por Soledad, esas entradas del blog fueron salvadas por el gesto amistoso de un lector anónimo, quien las volvió a enviar a Camila. Volvamos pues a la amistad y, por consiguiente, a Las malas.

Camila Sosa Villada: No los padres, sino la hermandad travesti

La novela que catapultó el nombre de Camila Sosa Villada como el de una gran autora, nace, lo explica Forn en el citado prólogo, de una alquimia milagrosa que tuvo su origen en el regalo del lector anónimo. Camila se releyó y se abrió para sí misma, y para sus hermanas travestis, otro destino: “La transformación de la vergüenza, el miedo, la intolerancia y la incomprensión en alta prosa”. Un prodigio simbólico y un triunfo de la imaginación. Ese amor del primer relato (ese amor de Soledad) que, según Camila –en lo único que recuerda del texto desaparecido– , lleva a que el profesor de gimnasia secuestre a su alumna para llevársela a vivir a la montaña como dos lobos sin responsabilidades, ese amor en las cumbres románticas de una fantasía ajena al mundo y sus miserias se transforma en Las malas en el apremio de los andenes y las calles: afecto contrabandeado, robado a la noche, enmarcado en un fondo realista y brutal.

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La autora de Las malas, sin embargo, asienta su mirada en otro lugar. Sí, están las travestis golpeadas, ganando o perdiendo cada centímetro de espacio en las calles y en ese Parque Sarmiento, pero brilla, por encima de esa refriega y de esa opresión, la furiosa hermandad. En la zanja, ese lugar al que estaba destinada Camila, según el pronóstico de su padre, las travestis encuentran a un niño a punto de morir. Y le dan nueva vida. Lo acunan. Sí, como Camila se acunó a sí misma. 

La novela engendra su propio código y eleva a lectoras y lectores en sus alas. Del barro de la realidad más cruda se transmuta en cuento de hadas. Es la fiesta de las metamorfosis y de la plasticidad de la vida y de los cuerpos: las travestis enfermas de sida devienen pájaros, hay lobizonas y hombres sin cabeza, una gran madre amamantadora –la tía Encarna– de 178 años, un niño que es de todas. Hay ternura, como en una canción o una película de Leonardo Favio, y hay –mucha– rabia.

En un tiempo como este que se ha dispuesto a escuchar la experiencia de vida de las personas trans, Camila ha empleado el poder de su voz para transmitir esas experiencias en un registro múltiple que se aleja de la victimización, sin esconder ni por un segundo las múltiples violencias que este grupo humano sufrió y sigue sufriendo. Su proyecto ético, político y estético me recuerda al de James Baldwin, actualizado en una nueva realidad de urgente militancia. En una entrevista filmada en la década de 1970, Baldwin decía: “Sé lo que está pasando, ahora. No soy tanto un escritor como un ciudadano. Y tengo que dar testimonio de algo que sé (…). Lo importante es que soy sobreviviente de algo y testigo de algo”. Camila es también una sobreviviente e, independientemente de lo que escriba de ahora en adelante, su voz es ya un triunfo contra la soledad y el silencio.

*Camila Sosa Villada estará hablando con Gloria Susana Esquivel el 29 de enero a las 12:00 m. en el Centro de Formación de la Cooperación Española.

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