Cicerón y su lucha ejemplar

Seguimos leyendo a Cicerón como si lo suyo fuese necesario para comprender mejor al mundo y a los hombres de Occidente. Pero sobre todo para entender a cabalidad qué puede pasar cuando un intelectual –el término no lo usaron los romanos y solo los entendemos modernamente desde el Yo acuso de Zola– se enfrenta a los militares que detentan el poder. 

Leemos con interés sus tratados, los dedicados a la vejez y a la adivinación, porque allí hay consideraciones atinadas y sensatas. Leemos sus catilinarias, que lo volverían célebre en su tiempo. Y las maneras en que se enfrentó a los corruptos y a los enemigos de la República (trátese de Catilina o de Verres, de Julio César o Marco Antonio), nos parecen no solo un acto de lucidez admirable, sino de valentía irrebatible. 

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Leemos, finalmente, sus cartas a Ático y sabemos que Cicerón fue sobre todo un cultor memorable de la lengua latina. De allí que su obra haya sido fundamental para que brotara, siglos después, el Renacimiento, y naciera la figura del humanista que ha dignificado a las sociedades en medio de los estragos de la barbarie y la estulticia.

Dice Stefan Zweig, en el momento estelar que le dedica, que Cicerón pasó más de treinta años en los grandes debates de la política romana, y que solo los tres, a los que Julio César lo obligó a retirarse a su finca de Túsculo, fueron los más fructíferos, al menos para las cuestiones de la creación literaria. Tres años en medio del sosiego del campo, leyendo las noticas provenientes de Roma, escribiendo y traduciendo a sus maestros griegos, atento a la palabra de su hija y sus fieles esclavos y libertos. 

Pero las convulsiones de Roma eran su gran preocupación. Cicerón estaba hecho de esa sustancia que hace a los hombres apoyar ahora a un representante político y luego al otro. Era variable, caprichoso, susceptible, tanto como su propio tiempo. Entonces la noticia del asesinato de Julio César, en los idus de marzo, lo devolvió a su destino inevitable. Enfrentarse a los dictadores que atentaban contra los valores republicanos que él, más que nadie, defendió a lo largo de su vida.

Cicerón, con mayor contundencia que otros pensadores de la antigüedad, abogó por el estatuto del civilismo por encima del militarismo. Fue crítico de las jornadas de la soldadesca romana basadas en la devastación y el saqueo. La dominación, la conquista, la anexión de territorios jamás debía hacerse bajo el terror y las masacres, sino a través de la cultura y las costumbres. Como dice Zweig: “Cicerón es el primero y el único que alza la voz para protestar contra cualquier abuso del poder”

Y frente al gobierno que merecía Roma, este no debería caer jamás en una personalidad excesiva. Por eso se opuso a Julio César, así fuera un eximio estratega y un escritor preclaro. Frente a las armas, Cicerón prefería las leyes. Porque sabía que estas podían morigerar las inclinaciones a la brutalidad, y no solo de un grupo de megalómanos insoportables, sino de un pueblo embobecido y vulgar que los apoyara. 

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Pero muerto Julio César, llega el triunvirato de los grandes bandidos romanos. Cicerón ataca a Marco Antonio y su sed de poder. Y lo hace desde el foro. Sin vacilaciones y acaso sabiendo que la venganza sería implacable. Aquellos tres facinerosos–Marco Antonio, Octavio y Lépido– se reúnen en una tienda. Durante tres días se reparten el imperio. Y hacen una lista de dos mil patricios, entre ellos doscientos senadores, que asesinarán para asegurar, con sus bienes confiscados, el dinero para financiar sus ejércitos pútridos. Entre los patricios, que atentan contra el porvenir de la Roma imperial, está Cicerón. Marco Antonio pide su cabeza y los otros dos terminan aprobando. 

Cuando Cicerón se entera de la alianza, sabe que lo peor para él vendrá. Trata de huir. Intenta irse de Italia y exiliarse en Grecia. Pero ¿qué puede hacer un viejo como él en el exilio, lejos de su tierra amada, así toda ella esté vapuleada por el horror y el crimen? Pasa, desesperado e incierto, un tiempo de un lado para otro. Queriendo irse y devolviéndose. Hasta que es sorprendido, en un bosque aledaño al mar donde lo esperaba una embarcación para escapar. Y es asesinado por los sicarios de Antonio. 

Cicerón muerte
Cicerón muerte

Su cabeza es decapitada y, junto a su mano, clavada en el mismo foro donde su voz había tronado contra las ignominias de los dictadores. Dice Zweig que esa cabeza, la del hombre que mejor pensaba y escribía en esa Roma atravesada de múltiples crueldades, es la prueba irrefutable de cómo el humanista –léase hoy el líder social, el ambientalista, el disidente, el opositor– lucha de modo elocuente y con firmeza contra la eterna injusticia de la violencia y el poder.  

10 Comentarios

  1. Acertado y vigente, como siempre…
    Es un texto que nos recuerda la injusticia basada en la venganza con el ánimo de contener el poder y la riqueza de un grupo de personajes corruptos que logran su objetivo; sin embargo, la literatura y la historia político -militar, nos la relatan de diferentes maneras…y una es está crónica que nos describe Pablo.
    Gracias por tu aporte
    Felicitaciones, un abrazo

  2. Luz Eugenia Sierra

    La figura de Cicerón como un hombre ejemplar, lejos de los títeres que han ejercido el poder. El artículo pone los ojos en un gran ser humano y sin dejarse deslumbrar por las lentejuelas de la cajita mágica de cada día, invita a buscarlo.

    1. Alveiro Valencia Ramírez

      Pablo, este artículo, como otros tuyos que he tenido el gusto de leer, logra que nos miremos en el espejo de los clásicos, en el que mutatis mutandis todos los pueblos y épocas pueden felejarse tal como han sido o serán. Tu texto, un bello decir incluso sobre lo terrible.

  3. Hay un error aquí -debe escribirse ‘lo entendemos’ en vez de ‘los entendemos’

    un intelectual –el término no lo usaron los romanos y solo los entendemos modernamente desde el Yo acuso de Zola.
    Ojo. Saludos

    1. Es lo único que se te ocurre decir sobre este artículo?? Como decía Borges: « Por increíble que parezca, hay escrupulosos que ejercen la policía de las pequeñas distracciones » (Prólogo de El informe de Brodie)

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