Esas fuerzas oscuras

Al escribir esta columna, van cinco días desde que el Clan del Golfo decretó un paro armado en las zonas donde tiene mayor influencia.

Desde el martes empezaron a aparecer, en redes, mensajes en los que pobladores de Antioquia, Bolívar, Córdoba, Sucre, Cesar y Atlántico han dado cuenta de la situación. Han mostrado panfletos amenazantes en los que las autodefensas gaitanistas hacen valer su dominio sobre cuerpos y territorios, e imágenes con los efectos de estas palabras violentas: comercios cerrados, vías vacías, incluso en ciudades capitales, como Sincelejo o Montería; camiones detenidos o quemados; grafitis sobre el pavimento e incluso sobre animales. Son signos visibles que inscriben –de nuevo– el dominio del terror.

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Muchos de los mensajes que han circulado en redes han llamado la atención sobre la ausencia o tímida presencia de la fuerza pública frente a este bloqueo violento de la actividad, además en época electoral. Y esto ha coincidido con el asesinato y amenazas a activistas del Pacto Histórico, y al candidato presidencial de este partido, cada vez más opcionado a quedarse con la Presidencia del país, y cada vez más asediado por las fuerzas que, como sea, lo quieren impedir. Coherentemente con sus acciones antidemocráticas, el gobierno de Iván Duque y las autoridades policiales han desestimado estas amenazas.

Tal ineficaz reacción se ha dicho, con razón, contrasta con la agresiva represión que los mandos del Gobierno, en cabeza de la Policía y el Ejército, ejercieron contra el paro popular del año pasado, en el que miles de personas exigían simplemente no ser más desposeídas de futuro.

De modo que, pese a las declaraciones del ministro de Defensa encaminadas a demostrar control territorial y monopolio de la violencia por parte del Estado, el mensaje parece claro: la fuerzas del orden se han dedicado a defender la propiedad de grandes propietarios de negocios (legales e ilegales), y a mantener un statu quo tremendamente desigualitario, adaptado a sus intereses. Una defensa que ha supuesto colaborar con actores ilegales dedicados a amedrentar, y muchas veces asesinar, a quienes se pongan como obstáculo.

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Como lo ha argumentado Rita Segato, hoy se producen globalmente, cada vez más, sumas masivas de capital no declarado, provenientes de negocios ilícitos como el narcotráfico, la venta de armas, el contrabando, la evasión de impuestos por parte de grandes propietarios, junto a formas de corrupción que rodean a intervenciones de megacorporaciones, entre otros. Este caudal de recursos ilegales constituye una economía opaca, pero inmensa. Segato la llama “segunda economía”: una economía subterránea que actualmente sostiene a la primera economía, legal, de las transacciones y negocios declarados.

De hecho, en la segunda economía participan no solo mafiosos, cada vez más oscuros y difusos, sino banqueros, miembros de reconocidas familias, políticos y empresarios que ayudan a lavar, con sus negocios legales, las grandes sumas que produce la ilegalidad.

Así como la seguridad pública se dedica prioritariamente a salvaguardar la propiedad, en principio aquella legal, esta segunda economía también requiere proteger su inmenso capital, a través de ejércitos privados que han dado vida a toda una esfera paraestatal, en constante colaboración con la fuerza pública. Los nudos entre la primera y la segunda economía también se han tejido entonces entre paraEstado y Estado, al punto de que este está de muchas maneras atravesado por aquel.

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En Colombia estos entramados entre Estado y paraEstado son de larga duración. Varios informes del CNMH han mostrado cómo, de tiempo atrás, y de manera muy evidente desde los años ochenta, se han dado coaliciones orgánicas entre terratenientes, narcos, políticos, agentes estatales locales y nacionales, que han creado múltiples redes de corrupción y violencia en función de la seguridad de sus negocios, y sobre todo de la acumulación de tierra que le ha sido funcional.

Como lo han documentado tales informes, el paramilitarismo operó por muchos años en el país, sobre todo como una fuerza que permitió despojar de la tierra a miles de campesinos, para concentrarla en manos de terratenientes y corporaciones agrícolas o mineras, vinculadas con redes financieras globales, a la vez que permitió deshacer las resistencias organizadas en movimientos y organizaciones sociales.
Lo que muchas veces se pierde de vista es que tales operaciones han funcionado no por mera ausencia del Estado, sino en coordinación con diversos actores estatales, que han contribuido a la configuración, en el país, de un Estado securitario, cada vez más habitado por lo paraestatal.

Por supuesto el paramilitarismo de los noventa no es el mismo que el de hoy día. Actualmente se ha hecho más difuso e informal, pero sus redes no han dejado de ser determinantes en la vida pública del país. Son las fuerzas oscuras que nos quieren encerrar –una y otra vez– en el dominio incuestionado de unos pocos.

1 Comentarios

  1. Elizabeth MORALES VILLALOBOS

    Hace 3 generaciones que salimos de Colombia, y el paro armado continua……
    A hora buena esta muchachita descubre el agua tibia para banarse.
    En Tunja tomabamos el bano à las 5 a.m. despues a clase de de 6 menos 20, para hacer media jornada. Yo no tuve el orgullo de estudiar el sagrado Colegio de Boyaca!

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