C’mon C’mon de Mike Nills: Jesse en las ciudades

Se estrenó la semana pasada una película con la que Joaquin Phoenix regresa en un papel protagónico, luego de su extenuante experiencia en ‘Joker’. En C’mon C’mon es un periodista, temporalmente a cargo de su pequeño sobrino, con el telón de fondo de un país asediado por miedos e inseguridades.

La última vez que lloré en una sala de cine, y de forma incontenible, fue en Beginners, una película en la que el actor Christopher Plummer es un hombre que sale del clóset tras vivir cuarenta años dentro de un matrimonio heterosexual. Con esa primera referencia de alto vuelo sentimental fui a ver C’mon C’mon. Ambas películas son dirigidas por el estadounidense Mike Mills. También, claro, lo hice advertido de ver a Joaquin Phoenix de nuevo en un papel protagónico, luego del hostigante virtuosismo de su trabajo en Joker. Sabía, por último, que era una película con niños. Me preparé pues para una tarde de cine un poco empalagosa.

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Lo que me temía pasó, pero no de la manera que esperaba. En efecto, C’mon C’mon se empeña con ahínco en tocar la fibra sentimental del espectador, y se apertrecha para lanzar dardos emocionales desde distintos flancos: un niño sensible, inteligente y frágil; un cuarentón que va camino a una adultez árida y lánguida; una madre asfixiada por problemas y que intenta, como mejor puede, mantenerse a flote. Todos hemos sido o seremos ese niño, ese hombre o esa madre, o con todos ellos podemos –al menos y como se dice ahora– empatizar.

Joaquin Phoenix en C’mon C’mon. Foto: Captura de pantalla tráiler.
Joaquin Phoenix en C’mon C’mon. Foto: Captura de pantalla tráiler.

Johnny (Joaquin Phoenix) es un periodista en sus cuarenta y tantos que parece arrastrar una desvinculación emocional muy propia de muchos adultos de este tiempo. En medio de ese desierto afectivo llega a visitar a su hermana Viv, interpretada por una Gabby Hoffmann que desde sus primeras líneas de diálogo nos trae a la memoria el personaje de hija algo aturdida que desempeñó en la serie Transparent.

Aquí es la madre de Jesse (Woody Norman), el singular niño que necesita los cuidados de un adulto mientras ella debe hacer un viajar para ayudar a su esposo –y padre del pequeño– en una situación crítica. Lo que veremos será entonces el emerger de la relación entre un adulto y un menor (aquí el tío y el sobrino), tópico que ha dado obras maestras como Alicia en las ciudades de Wim Wenders.

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Como en la película de Wenders, buena parte de la relación entre Johnny y Jesse ocurre mientras están de viaje por ciudades, en este caso de Estados Unidos. Johnny entrevista niños y niñas de distinta condición y compone un mosaico de voces con lo que piensan de sus vidas presentes y futuras, un poco como pasaba en una reciente película italiana (Futura) aunque con resultados mucho más acartonados.

Mientras la encuesta de Johnny resulta predecible, el vínculo entre tío y sobrino crece con pequeñas sutilezas y momentos de enérgica verosimilitud; cuando hay amenaza de precipicio o una situación está a punto de irse por el camino del exceso y la manipulación, la película se muestra vigilante y mantiene el equilibrio en el borde.

Joaquin Phoenix en C’mon C’mon. Foto: Captura de pantalla tráiler.

Esa actitud contenida queda clara en la decisión de que la película sea en blanco y negro, y que en su construcción narrativa luzca como una sucesión de viñetas evocadoras y nostálgicas. No se trata, eso sí, de nostalgia de un pasado mejor, sino del deseo de conexión. De la urgencia de un vínculo, un reclamo que es común a todos, y que en la película es el puente que enlaza a niños y adultos, padres e hijos, tíos y sobrinos. Pero también a los viajeros y las ciudades, a las personas y los espacios.

No es otra cosa que el anhelo de que se cumpla la promesa, frecuentemente pospuesta o frustrada, de sentirse parte de algo. Tío y sobrino se vuelven parte el uno del otro, y quizá en el futuro incierto que le espera a cada uno, esa certeza sea una tabla de salvación. O quizá no.

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Hace pocos días, luego de la entrega de los premios Oscar, una mayoría entre la crítica de cine manifestó su decepción porque una película como Coda resultara ganadora como mejor película, por encima de obras de mucha mayor envergadura como El poder del perro o Drive My Car. Se habló entonces de los feel-good movies, una categoría que agrupa a películas diseñadas para suscitar buenos sentimientos, enaltecer y, en sentido estricto, para sentirse bien.

En los Oscar hay una importante trayectoria en premiar este tipo de cine que no es propiamente un género, pero sí, tal vez, un tono o un acento.

C’mon C’mon podría entrar en esta clasificación, pero también es algo más que un dispensador de buena onda, en especial porque se siente menos calculada que muchas películas de ese corte.

Es mucho más autoconsciente, como lo prueban los fragmentos de citas de ensayos y poemas que la película convoca (entre otros, los de un manifiesto de la documentalista y directora de fotografía Kirsten Johnson). Con ello la película suma más voces –además de las de los niños entrevistados– a lo que más que un feel-good movie termina siendo una sinfonía sobre el desconcierto que nos acecha.

5 Comentarios

  1. Disfruté mucho esta película. La intención de que sea en blanco y negro le da la profundidad qietse requiere para conectar lo que fuimos con lo que somos, ese vacio al que le falta color y que requiere atención.
    Deja algunas ideas sin resolver pero así como la vida misma, no hay respuesta a ciertas cosas, solo son como son y ello no le resta nada la película, la hace mas verosímil.

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