Colombia entera cobrará por ventanilla

“Los candidatos del Pacto Histórico en las territoriales ya están derrotados, salvo, seguramente, algunas excepciones en pequeñas ciudades o en municipios de Colombia donde hay tradición guerrillera o militancia de izquierda”.

Luego de la elección presidencial, que dejó agotado al electorado por el amplio encarnizamiento en que se trenzó la batalla por los votos —empezada por el radicalismo vandálico de izquierda, a través de la denominada Primera Línea—, al incendiar Comandos de Atención Inmediata (CAI) de la Policía, cerrar vías, desabastecer ciudades de gasolina, de comida; dejar morir recién nacidos en ambulancias, es decir, destruir ciudades, viene un aire de respiro en las elecciones locales o territoriales donde se elegirán a alcaldes, gobernadores, concejales, diputados, ediles de las Juntas de Acción Comunal (JAL), que pasará una buena cuenta de cobro al Gobierno de Petro.

Hoy, al consultar en la calle a cualquier ciudadano —que antes seguramente afirmaba con orgullo que votaría por Petro para cambiar las malas costumbres políticas del país y obtener el cambio—, nadie ratifica que votó por Petro. Al parecer, ocultan su vergüenza, dado que hay un enorme sinsabor porque el cambio no llegó.

Por el contrario, se evidencia un afincamiento de la corrupción como nunca antes vista, un desafío al electorado que lo eligió y al que no también, y a los órganos de control porque poco o nada encuentran o deciden, cuando la evidencia de corrupción es protuberante.

Los candidatos del Pacto Histórico en las territoriales ya están derrotados, salvo, seguramente, algunas excepciones en pequeñas ciudades o en municipios donde hay tradición guerrillera o militancia de izquierda. Pero el resto de capitales, donde aliados de Petro obtuvieron mayorías, no es viable un triunfo electoral.

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El caso Laura Sarabia y Armando Benedetti dejó abierta una herida en el corazón de la estructura política de Petro.

La negativa de designar alfiles competentes que estuvieron en su campaña, dándole el todo por el todo, en cargos de trascendencia, ha desencantado a su propia militancia. Nombrar a ministros de partidos tradicionales, desconociendo la carrera de muchos de su vieja escuela militante y política, es causal de retiro y de acompañamiento en las locales de otros grupos políticos que nada tienen de cercanía con el Pacto Histórico.

Ahora, lo dicho por su hermano, su hijo y su nuera en medios de comunicación y procesos judiciales es demoledor. No hay prueba en contrario. Solo fanáticos han atisbado duda en esas evidentes confesiones de crímenes donde hay toda una maraña de ajustes de platas que no dejan bien librado al señor presidente.

Incluso, su propia condición de salud mental, bien sea el autismo que dijo —o mal dijo— su hermano en reportaje televisivo, como su posible adicción a alguna sustancia o líquido espirituoso, lo hacen más vulnerable, enlodan su Gobierno y dejan el camino abierto para que los candidatos que aspiran a las alcaldías de grandes ciudades y gobernaciones se alejen al máximo de todo lo que a él huela y evitar ser salpicados por ese vaho que sale desde Bogotá.

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Claro que, como ciudadano colombiano, siempre aspiro a que a todos nos vaya bien. Que la economía del país esté robusta, que las dinámicas culturales y educativas marquen siempre en positivo; que las relaciones internacionales sean dúctiles, abiertas y recíprocas; que los partidos de oposición tengan garantías, que los partidos de Gobierno no abusen del poder, que el Ejército esté con garantías legales para poder ejercer su autoridad, que las vías carreteables estén en perfecto estado, atendiendo el alto costo de los peajes.

Que no haya más tomas guerrilleras (olvidadas hace más de seis años, pero retornaron con el cambio), que las políticas salariales tengan equidad, que el régimen pensional sea justo, que la rama judicial sea eficiente y se descongestione, que la corrupción pase al olvido.

Pero no.

Es demasiado pedir a un Gobierno que no avanza, que se quedó en el discurso del candidato, en la puesta en escena de la P grande en el puerto de Barranquilla, en el discurso de “yo soy Gustavo Petro y quiero ser su presidente” que hizo derramar lágrimas en plaza pública a más de uno de sus seguidores, al confiar en el líder que lo decía con buen vibrato ante multitudes.

Por eso, ahora vienen las elecciones de alcaldes y gobernadores, y el pueblo-pueblo pasará factura, equilibrará la balanza, es decir, buscará que se tome un buen rumbo para que a todos nos vaya bien, por lo cual elegirá a quienes no estén próximos al presidente y su partido político.

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3 Comentarios

  1. José Ramón Burgos Mosquera

    Nunca termina uno de equivocarse. Solo el tiempo, que es un insobornable testigo, muestra la verdad insobornable de quienes combaten tan obsesivamente por el poder. Lo del pobre Presidente es lamentable, ya que terminará pasando a la historia como una de las más grandes equivocaciones en que ha incurrido nuestra querida patria.

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