Golpes de pecho

En el evento de presentación del informe final de la Comisión de la Verdad, el padre Francisco de Roux lanzó la pregunta: “¿Por qué, como sociedad, no hicimos nada para parar esta guerra?” En los días que siguieron, muchas personas quedaron tocadas por esta pregunta y, en varios casos, se han dado golpes de pecho lastimeros: “Qué poco considerados hemos sido”, “cuánta falta de compasión frente a las víctimas”.

Que la pregunta sacuda y ojalá estremezca, como la lectura de las páginas del informe, y de los otros volúmenes que se publicarán, es sin duda importante para que haya otros futuros en Colombia. Pero la transformación profunda requiere mucho más que la culpabilización de sí –siempre narcisista– y que la compasión por un otro alejado, empequeñecido y despotenciado –aún más– por la lástima. Una actitud que reproduce la lógica del desprecio, generadora de tantas violencias en el país.

Alterar las condiciones que hicieron posible tantos daños estructurales, normalizados y reproducidos en beneficio de algunos, requiere mucho más que vagas afirmaciones sobre la culpa colectiva porque, como lo advirtió Hannah Arendt, cuando todos se asumen culpables entonces nadie lo es. Pero también implica mucho más que la responsabilización individual.

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No se trata de que, simplemente, de ahora en adelante, como actor individual yo me comprometa a ser mejor persona: a escuchar mejor, a ser más tolerante, a aceptar las diferencias de opiniones, a sentir empatía frente al dolor de otros, desde un ejercicio de introspección.

Se trata, sobre todo, de responsabilidad política: de revisar a fondo las condiciones del mundo que hicieron posible los daños; cómo están implicadas prácticas, programas de intervención, discursos, formas de organizar la experiencia, de asumir lo que es visible, audible, capaz, significativo y deseable, que dieron lugar a efectos exacerbados de desigualdad y de violencia, incluida la insensibilidad ante el dolor de otros. Porque, como se recoge en el mismo informe, “la desigualdad está en el corazón del desencanto social”, o de la ‘insensibilidad selectiva’, como me parece más interesante llamarla.

Que no me toque el dolor de otro, como me toca la subida del dólar, que distancie a ese otro, como sucede cuando lo veo como una víctima lejana –allá, de esos territorios que discursos anclados a la frontera centro/periferia enseñaron a llamar ‘la Colombia profunda’– son efectos de la guerra en el país. Estos efectos se ligan con la falta de resistencia política de muchos ciudadanos –sobre todo de ciudades– frente a la brutalidad de la violencia, aunque no son actitudes del todo generalizables.

Otros muchos ciudadanos sí se movilizaron, como lo reconoce el informe, en formas de organización y protesta social, que fueron tantas veces perseguidas por fuerzas estatales, paraestatales, y en algunos casos también por las insurgencias.

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En todo caso, a lo largo de las casi 900 páginas del capítulo ‘Hallazgos y recomendaciones’, que he revisado con la mirada puesta en el asunto, la Comisión propone diagnósticos sobre las actitudes de descreimiento, impotencia, insensibilidad selectiva frente a la guerra, y cómo fueron producidas o intensificadas por esta misma.

Entre ellas se encuentran: lógicas de enemistad incubadas por doctrinas de seguridad y excepcionalidad, la deshumanización de quien se fijó como enemigo, la normalización de los enfrentamientos y agresiones como algo cotidiano y su naturalización; el miedo por la represión estatal; el desprecio institucionalizado de cuerpos inferiorizados y racializados por persistencias coloniales encarnadas; la falta de espacios políticos para tratar los conflictos, y la erosión de derechos y garantías democráticas para expresarlos; la falta de marcos públicos frente a los cuales las personas pudieran desarrollar un sentido de pertenencia institucional; narrativas del odio y de exclusión transmitidas en medios de comunicación corporativos y en redes; la formación de una cultura de la guerra que terminó justificando la muerte de millones de personas por el provecho de élites políticas y económicas con oscuros vínculos.

No creo que esta cultura sea algo que operó junto a factores económicos, sociales y políticos, como pueden sugerirlos algunos apartes del informe. Pienso que esta cultura atravesó todos los entramados, por ejemplo, lógicas empresariales atadas al mandato del provecho y posesión, al precio que sea, por ejemplo, prácticas de despojo, legitimizadas o invisibilizadas en políticas gubernamentales y discursos mediáticos.

Se instituyó así, de manera más o menos visible, como un sentido común. Dio paso, como lo he insistido en otros lugares, a instituciones (sociales, políticas, económicas) que hicieron del desprecio algo estructurante de la vida nacional. Porque en las instituciones una vida toma forma, y siempre habitamos una forma de vida.

Dejemos entonces los golpes de pecho y colaboremos en la construcción de instituciones más igualitarias.

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