Cómo abrí el mundo

Este relato se suma a la lista de libros testimoniales que Planeta ha publicado en años recientes.

De niño, José Covo vio en televisión el falso documental Autopsia a un supuesto extraterrestre. En la cinta, que dura 48 minutos, un grupo de científicos diseccionan el cadáver del alienígena que, supuestamente, se estrelló en un rancho en Roswell, Nuevo México, en 1947.

Covo, ansioso y emocionado, no pudo dormir esa noche. En el cuarto que compartía con su hermano se desveló mirando la ventana por temor a que, detrás de la cortina, un ovni estuviera afuera, listo para abducirlo.

A la mañana siguiente, después de advertir que nada había ocurrido, se hizo una serie de preguntas: Si están aquí, ¿por qué no los veo? ¿Cómo puede existir una cosa sin ser vista? ¿Quién vive que no conozca su origen?”.

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El extraterrestre del documental, constatará el lector de Cómo abrí el mundo, bien podría ser el mismo Covo. En su nuevo libro, publicado por el sello AE&I de la editorial Planeta, el escritor y artista plástico cartagenero se somete a una disección a mano propia para explorar su relación con las drogas y, también, para tratar de entender su origen.

En el transcurso de 140 páginas, un Covo de 33 años nos narra, con humor, desenvoltura y un lirismo bien dosificado, a un Covo de entre 20 y 23 años que, poco a poco, empieza a perder contacto con la realidad.

Y lo hace sin preámbulos: en las primeras páginas el lector asiste a su iniciación con la marihuana (“El olor era peligroso, rapaz. Olía a futuro concentrado”), para luego leer en sucesión las muchas experiencias que Covo tuvo en esos años con una cantidad tan abundante de sustancias que tomaría un buen tiempo nombrarlas a todas. 

Cómo abrí el mundo se suma a la lista de libros testimoniales que Planeta ha publicado en años recientes, como Corea: apuntes desde la cuerda floja (2014) de Andrés Felipe Solano, Las muertes chiquitas (2019) de Margarita Posada o La sombra de mi padre (2020) de Martín Franco Vélez.

En términos de estructura, el libro de Covo guarda similitudes con el de Solano: el texto está dividido en pequeñas secciones que, reunidas, componen una especie de retablo o de diario fragmentado. Esta estrategia exige mucho del autor: no es fácil generar tensión, una y otra vez, en pocas líneas.

Cómo abrí el mundo es un libro sin juicios morales o parábolas biempensantes.

Pero Covo no solo construye microrrelatos cautivadores (como, por ejemplo, la vez que se pelea a puño limpio con un indigente en Bogotá), sino que, en los mejores momentos, excava de su infancia unas metáforas que, de manera poética, dan luces sobre su relación con las drogas.

Aunque algunas escenas de Cómo abrí el mundo no difieren mucho entre ellas, el libro no se siente repetitivo. La trama, casi siempre estructurada de manera cronológica, avanza en la medida que la mente del Covo narrado se resquebraja: lo que comienza como una exploración sensorial guiada por la curiosidad da paso a la paranoia, a los delirios de grandeza y a una sensación de enajenación.

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Covo, al abrir el mundo, se abre a sí mismo, y por momentos no parece interesado en volver a cerrarlo: Fue una sensación extraña, de estar y no estar. No pertenecer del todo entre la gente y las cosas. Ser, yo mismo, la alucinación de mi existencia”.

Cómo abrí el mundo es un libro sin juicios morales o parábolas biempensantes. A menudo, los libros testimoniales reúnen en sus últimas páginas una serie de enseñanzas que desentonan con el resto de la obra (como ocurre en Instrumental, de James Rhodes).

Covo nunca entra en la zona de la pedagogía, si bien alude fugazmente a la posibilidad de entender el abuso de drogas como un reclamo de afecto. Covo, en cambio, cierra su libro con una poderosa última frase que resume y recorre, como un eco en reversa, todo su relato.

Fotos: Cortesía de Gustavo Tatis, de El Universal, de Cartagena / Federico Bottia.

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