‘Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey’, el libro que recoge increíbles historias, traiciones y aventuras en la carrera de la maglia rosa

Justo cuando se disputa el Giro de Italia, el autor de ‘Plomo en los bolsillos’, Ander Izagirre, lanza su libro sobre la carrera. Este es parte de su primer capítulo, dedicado al origen, a su primera edición, 1909, y a Giovanni Gerbi, un ciclista sin escrúpulos.

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Giovanni Gerbi, alias el Diablo Rojo, pedaleó trece veces el recorrido del Giro de Lombardía de 1907 para memorizar los repechos más duros, las bajadas peligrosas, los puntos clave del itinerario. Así se le ocurrió una estrategia para ganar la prueba: sobornó al guarda que controlaba la barrera del tren en Busto Arsizio. Gerbi se escapó en los primeros kilómetros y cruzó en solitario el paso a nivel, el guarda bajó la barrera y los tres corredores que perseguían a Gerbi tuvieron que clavar los frenos. Émile Georget, Henri Rheinwald y Luigi Chiodi maldijeron su mala suerte y esperaron un rato, primero rabiosos porque el tren tardaba mucho, luego extrañados por la muchedumbre de espectadores que se había reunido en un lugar tan anodino. ¿Qué hacía allí toda esa gente? Eran compinches del diabólico Gerbi, una panda de piamonteses dispuestos a completar la estrategia.

Cuando los tres ciclistas se dieron cuenta de que no venía ningún tren y empezaron a colarse bajo la barrera, alguien del público lanzó una bicicleta que derribó a Rheinwald y Georget. Los tifosi piamonteses agarraron a los tres ciclistas, les quitaron las bicis, los arrastraron fuera de la carretera, se liaron a mamporros. Llegó el pelotón, se montó una batalla campal, los agresores se retiraron y los ciclistas reanudaron la marcha con ruedas torcidas, ojos morados y minutos perdidos. Gerbi volaba ya con mucha ventaja. Un colega ciclista lo esperaba más adelante, en un tramo de campiña solitaria, para llevarlo a rueda hasta la siguiente ciudad. Gerbi repitió la operación con otros dos cómplices en zonas despobladas del itinerario, aprovechó sus rebufos y mantuvo las distancias con sus perseguidores, pero en los últimos kilómetros el francés Gustave Garrigou empezó a recortarle la ventaja con mucha rapidez. Entonces alguien sembró de clavos varios tramos de la carretera, justo después de que pasara Gerbi, y consiguió que los perseguidores pincharan una y otra vez. El Diablo Rojo cumplió su hazaña: tras una escapada en solitario de 180 kilómetros, llegó a la meta con 38 minutos de ventaja sobre Garrigou.

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Llovieron las denuncias. Los jueces de la carrera interrogaron a ciclistas, espectadores y miembros del periódico organizador La Gazzetta dello Sport, y al día siguiente anunciaron su veredicto: retrasaban a Gerbi del primer al último puesto, castigado por diversas irregularidades, “especialmente por la ayuda ilegal de varios entrenadores y suiveurs que le han facilitado la carrera llevándolo a rebufo, en un plan que el propio Gerbi había organizado con sus colegas corredores Mori, Jacobini y Cavedini”. Proclamaron vencedor del Giro de Lombardía a Garrigou. Los seguidores de Gerbi montaron un escándalo: esos malditos lombardos, decían, preferían regalarle la victoria a un francés antes que reconocérsela a un piamontés. Publicaron cartas furibundas en los periódicos, pegaron carteles con amenazas a los jueces de la carrera, organizaron manifestaciones en Turín y en Asti —la ciudad de Gerbi—, asaltaron a los repartidores de prensa y lanzaron fardos de la Gazzetta al río Po. La Unión Velocipédica Italiana investigó el episodio del paso a nivel y dictó sentencia: suspendía la licencia de Gerbi durante dos años. Entonces sí que se montó una buena. Los tifosi del Diablo Rojo viajaron a Milán, se congregaron ante la sede de La Gazzetta dello Sport, formaron una montaña con los ejemplares rosas del diario, le echaron gasolina y le prendieron fuego mientras apedreaban las ventanas.

En ese momento, iluminados por los diarios en llamas, los dirigentes de La Gazzetta dello Sport debieron de pensar que sería muy buena idea organizar un Giro de Italia.

Los seguidores de Gerbi montaron un escándalo: esos malditos lombardos, decían, preferían regalarle la victoria a un francés antes que reconocérsela a un piamontés.

Alguno se fijaría en lo importante: no en las llamas, sino en la pila de periódicos rosas. Si aquellos piamonteses furiosos disponían de tanto papel para quemar, era precisamente porque esos días, durante el Giro de Lombardía y el escándalo del Diablo Rojo, La Gazzetta vendía más de 100.000 ejemplares diarios por primera vez en su historia. Aquella montaña de periódicos ardientes alumbraba el futuro.

Llevaban tiempo pensando en una vuelta ciclista a Italia, a imagen del Tour de Francia, que se disputaba desde 1903, pero no se animaban. La Gazzetta dello Sport había nacido en 1896, al mismo tiempo que los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, los de Atenas, y ya organizaba las carreras ciclistas más importantes del país: desde 1902, la Gran Fondo o Milán-Turín-Milán; desde 1905, el Giro de Lombardía; desde 1907, la Milán-Sanremo. Armando Cougnet, director administrativo y redactor de ciclismo, había seguido como invitado los Tours de 1906 y 1907 para estudiar los problemas y las necesidades de una gran carrera por etapas. Sabía que una competición así despertaría el entusiasmo, las pasiones y las furias de millones de personas, dispararía la venta de ejemplares y de paso impulsaría la venta de bicicletas y hasta automóviles (a eso se dedicaban los accionistas mayoritarios del periódico: Agnelli, Pirelli, Fraschini). Pero la aventura de organizar una prueba de miles de kilómetros a través de Italia superaba las capacidades de la Gazzetta.

Luigi Ganna ajustando su bicicleta en el primer Giro de la historia. Foto: Página oficial del Giro.

El 5 de agosto de 1908, el redactor jefe Tullo Morgagni recibió un chivatazo: el diario Corriere della Sera y la marca de bicicletas Bianchi estaban a punto de anunciar la creación de una vuelta ciclista a Italia. Morgagni envió telegramas a Cougnet y al director Eugenio Costamagna, que estaban de vacaciones, uno en Venecia y otro en un pueblo del Piamonte: «Inaplazable necesidad obliga Gazzetta lanzar Giro. Regrese a Milán».

Costamagna, Cougnet y Morgagni inventaron el Giro de Italia en dos semanas. Todas las mañanas recibían con angustia el diario competidor Corriere della Sera, temiendo leer en su primera página el nacimiento de la vuelta, pero consiguieron adelantarse y el Giro lo anunciaron ellos el 24 de agosto. La noticia ocupaba tres de las seis columnas de la portada: «El Giro de Italia. Organizado por La Gazzetta dello Sport. 3.000 kilómetros y 25.000 liras en premios». La gran prueba ciclista se disputaría en la primavera de 1909, con fechas indeterminadas, reglamento inexistente, financiación imaginada y recorrido improbable —porque anunciaba llegadas a Niza, Trento o Trieste, ciudades reclamadas por los italianos pero en manos de otros países—. Junto al anuncio, el director Costamagna escribió un artículo titulado «La ola invencible»: «El entusiasmo es como una ola marina elevada por el viento…». Vamos, que no tenía ni la más remota idea de cómo iba a ser el Giro de Italia, pero él ya tocaba los violones, que era lo importante.

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Italia vivía el furor del pedaleo. En 1909 se registraron alrededor de 900.000 bicicletas, tres de cada cuatro en el norte industrializado y próspero. Muchos se desplazaban en bici a las fábricas, a los campos, a los recados por la ciudad. Fue el primer vehículo de masas de los italianos.

Al principio, como todos los inventos buenos, el ciclismo fue una cosa de señoritos. La primera competición por las rutas de Italia, la Florencia-Pistoia de 1870, la ganó un estadounidense de 16 años llamado Rynier Van Nest, un chaval regordete, con cara de pez luna, que pedaleaba sobre un velocípedo con rueda delantera algo más alta que la trasera, vestido con sombrero bombín, pantalones bombachos y botas de montar. Recorrió los 33 kilómetros en dos horas y cuarto, batió a un francés también afincado en la Toscana, recibió una medalla de oro y un revólver, y pasó a la historia del ciclismo, o al menos por aquí asoma. Los marquesitos y altos burgueses se encapricharon con aquel invento tan divertido, objeto estrella de las exposiciones industriales, internacionales y universales, y hacia 1890 cientos de distinguidos velocipedistas atropellaban perros y derribaban puestos de frutas por las calles de Milán.

Las autoridades municipales los recluyeron en el parque Sempione, donde las señoritas pedaleaban dulce y los señoritos se desafiaban como gallos, dando vueltas por los senderos de grava, y vueltas y vueltas y más vueltas, hasta que a alguno lo seducía el vértigo de la transgresión y convocaba nada menos que una carrera por el exterior de las murallas para consagrar al gallo de todos los gallos. Ningún trofeo, medalla ni diploma resultaba más emocionante que la multa de un guardia urbano: era el certificado de rebeldía que sacaban del bolsillo de la chaqueta, desplegándolo poco a poco, en el aperitivo familiar del domingo.

La primera competición por las rutas de Italia, la Florencia-Pistoia de 1870, la ganó un estadounidense de 16 años llamado Rynier Van Nest, un chaval regordete, con cara de pez luna, que pedaleaba sobre un velocípedo con rueda delantera algo más alta que la trasera

Luego llegaron los pobres y le quitaron toda la gracia al asunto. Las marcas como Atala o Bianchi empezaron a fabricar bicicletas de buena calidad y mucho más baratas que las extranjeras, las pusieron al alcance de los ahorros obreros, y así se fueron animando ellos también, los proletarios, no solo a pedalear de madrugada hasta la fábrica, sino incluso a dar paseos por los parques, y a cosas peores, como a llevar información sobre ruedas de una barricada a otra, en esos jaleos tan desagradables que suelen montar los muertos de hambre en el centro de las más refinadas urbes. En 1895, más de 6.000 milaneses tenían ya una bicicleta.

En mayo de 1898, masas de obreros se manifestaron para protestar contra los sueldos de miseria y las subidas del pan. El general Bava Beccaris los disolvió con cargas de caballería, cañonazos a las barricadas y fusilería desde los tejados. Murieron 82 obreros a balazos. En aquellos días, una ordenanza prohibió el uso de “bicicletas, triciclos, tándems y similares en toda la provincia de Milán”, porque los revolucionarios pedaleaban veloces de un barrio a otro para pasarse las informaciones antes que el propio Ejército. Los socialistas organizaron escuadrillas de ciclistas mensajeros. Así que los militares mandaban al calabozo a cualquiera al que pillaran pedaleando. Y le serraban el manillar.

Cuando recuperaron la libertad, cientos de obreros volvieron a sus barrios arrastrando bicis lentas y descornadas.

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“La bicicleta nació como anticaballo”, escribió el periodista Gianni Brera. Con aquel invento tan eficaz, los humanos se desplazaban veloces con su propia fuerza y descubrieron su vigor, se asombraron de sus capacidades, creyeron en sus posibilidades. “El anticaballo trajo profundas revoluciones en el mundo civil y seguramente despertó el ritmo somnoliento de nuestro pueblo (…). La difusión de la bicicleta coincidió con las primeras victorias sindicales de los pobres y con la evolución de un país agrícola a uno industrial”.

De ahí surgieron los ciclistas: “Los llamaban gigantes de la carretera pero eran hombrecillos desgraciados, enclenques, deformes. El ciclismo nació del impulso viajero de los pobres y de su deseo de venganza social. Los burgueses abandonaron las bicicletas que tanto les entusiasmaban, en cuanto se dieron cuenta de que ya pertenecían a todos y no servían para distinguirse. Descubrieron el motociclismo y el automovilismo, y dejaron la ebriedad del pedaleo a los más pobres”.

‘El Diablo rojo’, Giovanni Gerbi. Imagen: archivo particular.

Una generación de adolescentes empezó a soñar con el ciclismo. Eran campesinos de cogote tostado, aprendices en talleres, peones en fábricas, todos condenados a partirse el lomo durante el resto de sus días, hasta que de pronto veían un relámpago de dinero y gloria en la carrera pueblerina del domingo. Se inscribían, a menudo a escondidas de sus familias, y peleaban por los premios con hambre atrasada: una copa, un reloj, una maquinilla de afeitar, unos embutidos, un sobre con un puñado de billetes. Competían, sobre todo, por sobresalir en aquellos pelotones comarcales y ganarse una plaza en el incipiente mundillo semiprofesional de Lombardía, Piamonte, Emilia y Toscana, donde algunos fabricantes ya ofrecían sus bicicletas y sus neumáticos a los mejores corredores, les pagaban los viajes y les prometían primas.

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