‘Competencia oficial’: más es menos

Los cineastas argentinos Mariano Cohn y Gaston Duprat son ya una marca registrada del humor y la sátira. En su última película, ‘Competencia oficial’, indagan en un mundo que conocen bien: el del cine, con sus ansiedades y esnobismo. Esta coproducción hispanoargentina, con Penélope Cruz y Antonio Banderas, se estrenaba hoy en Colombia, pero el lanzamiento fue pospuesto y no hay fecha definida aún.

Las sátiras del dúo Mariano Cohn y Gastón Duprat se suelen dirigir contra blancos “prestigiosos” y proferir comentarios  –algo grandilocuentes, no sobra decirlo– sobre la neurosis de los intelectuales, las imposturas del mundo del arte o la pomposidad de los políticos. En El artista (2008), el trabajador de un asilo hacía pasar por propias las pinturas de uno de los ancianos. El ciudadano ilustre (2016) cuenta el regreso de un escritor, galardonado con el Nobel de literatura, a su pueblo natal y escenario de sus ficciones, después de aceptar una invitación oficial. En Mi obra maestra (2018), dirigida en solitario por Duprat, un galerista se embarca en un plan para revalorizar la obra de un artista rebelde y olvidado.

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La pareja de cineastas, a partir de situaciones que van de la extrema obviedad a lo más improbable, reivindica al ciudadano común para quien los sofisticados discursos de los especialistas no son mas que galimatías sin sentido. En El hombre de al lado (2009), por poner un caso, se muestra el conflicto entre un prestigioso diseñador que vive en una casa diseñada por Le Corbusier en La Plata (Argentina) y un tosco vecino que un buen día decide hacer una ventana en la suya porque quiere tener más luz. En Competencia oficial, estrenada el año pasado en Venecia, Cohn y Duprat enfilan sus baterías hacia el mundo de la actuación y del cine. Es decir, disparan contra sí mismos.

Todo empieza con la crisis de un empresario que, a sus ochenta años, empieza a preguntarse cómo será recordado y a imaginar un plan para que se hable de él no simplemente por ser un millonario. ¿Qué hacer? ¿Un puente con su nombre donado a la ciudad? Por qué no una película. Pero tiene que ser la mejor. Para ese fin contrata a Lola Cuevas (Penélope Cruz), una excéntrica cineasta ganadora de una Palma de Oro en Cannes, a quien encarga de adaptar la novela de un Premio Nobel de literatura por la que ha pagado una cuantiosa suma de dinero.

El empresario desaparece de la intriga y la película se concentra en las peripecias en que se ven envueltos la directora y la pareja de actores encargada de llevar al cine la rivalidad entre dos hermanos. Los actores, Félix Rivero (Antonio Banderas) e Iván Torres (Oscar Martínez, premiado en Venecia por su papel en El ciudadano ilustre), representan esos  polos opuestos tan del gusto de Cohn y Duprat. Rivero es exitoso y condescendiente con los gustos del gran público. Torres es radical y amargado. Lola, por su parte, es la catalizadora de las emociones de ambos.

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A partir de la situación esquemática de un grupo de personas que prepara una película, Competencia oficial avanza y les da un lugar especial a los ensayos entre los actores y a las desavenencias de estos entre sí, y de cada uno con la directora. La sátira en Cohn y Duprat tiene dos líneas de desarrollo principales: las situaciones, que suelen estar en el límite de lo absurdo, y los diálogos, en lo que siempre se juega con los lugares comunes, con un incesante afán de desactivarlos. El deseo de esta pareja de cineastas de que los tópicos queden expuestos hace que sus películas caigan inevitablemente en el mismo arribismo cultural del que pretenden burlarse. 

es exitoso y condescendiente con los gustos del gran público. Torres es radical y amargado. Lola, por su parte, es la catalizadora de las emociones de ambos.

Un buen ejemplo de ello es la manera en que saturan sus películas de referencias “finas” que serían la evidencia de una ansiedad por el prestigio que estas referencias conllevan. Sí, Cohn y Duprat fungen de anti-intelectuales, se alínean contra los embustes del arte contemporáneo, a lo Avelina Lésper, o contra la institucionalidad literaria o cinematográfica. Pero en las películas de ambos hay mucho de veneración hacia lo que representan, sin ir muy lejos, un Premio Nobel o la Palma de Oro de Cannes. ¿Utilizan esos identificadores de prestigio para burlarse de ellos? Puede ser. Pero también como homenaje.

Otras referencias están más encubiertas o son menos conocidas. En Competencia oficial los cineastas rinden un tributo al pabellón alemán que el arquitecto Mies van der Rohe construyó para la exposición universal de Barcelona en 1929, y que es considerado todo un manifiesto del minimalismo. En otras películas, Cohn y Duprat echan mano de Niemeyer o, como ya vimos, de Le Corbusier. Con esto quiero decir que el humor de Cohn y Duprat busca con afán la complicidad de los intelectuales, presupone una nomenclatura cultural compartida.

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La sobreexposición y la obviedad amenazan el potencial corrosivo de Competencia oficial. Lo mismo ocurría en las películas anteriores del dúo argentino. En esta última, sin embargo, hay otra película dentro de la película: la historia de la rivalidad entre los dos hermanos, tomada de la célebre novela adaptada por Lola Cuevas. Más que los dardos, totalmente previsibles, al esnobismo del cine y sus estrellas, esa rivalidad hubiese sido interesante de ver desplegada con matices o con trazos menos gruesos y toscos. Mies va der Rohe enseñó que menos es más. El cine de Cohn y Duprat muestra lo contrario: más es menos.

Competencia oficial (1)
Todo empieza con la crisis de un empresario que, a sus ochenta años, empieza a preguntarse cómo será recordado y a imaginar un plan para que se hable de él no simplemente por ser un millonario.

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