Compró un cuadro por 80 euros y resultó con un Anton van Dyck

Christopher Wright adquirió la obra a un marchante de arte en las calles de Londres en 1970 y apenas ahora, de forma casual, descubrió que en ella intervino Van Dyck, una figura clave del arte europeo en el siglo XVII.

Dice el dicho que “en casa de herrero, azadón de palo”, y la frase bien podría aplicarse al caso del historiador de arte británico Christopher Wright. 

El hombre lleva casi 50 años estudiando y trabajando en el mundo del arte, especialmente en el arte europeo del siglo XVII: ha colaborado con museos, ha publicado varias investigaciones e incluso ha descubierto obras originales de maestros del arte en colecciones privadas o pequeñas de algunas localidades inglesas (pasó con una obra de George Stubbs en 1999).

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Aún así, durante más de 40 años tuvo en la sala de su casa un cuadro muy posiblemente pintado (o trabajado a varias manos) por Anton van Dyck, el genio flamenco de la pintura, y nunca se dio cuenta. Para él, se trataba de una copia muy bien hecha de un retrato de la infanta de España Isabel Clara Eugenia (quien vivió entre 1566 y 1633) que había adquirido en 1970, cuando era un joven en sus 20 que trabajaba en una biblioteca de Londres. 

Lo curioso es que la obra en esa época le costó unas 65 libras esterlinas, que al cambio de hoy serían unos 80 euros (unos 370.000 pesos colombianos). No fue poca plata, sobre todo si se tiene en cuenta que en esa época él ganaba 20 libras a la semana, más otro tanto por los primeros ensayos académicos sobre arte que ya elaboraba. Pero comparado con lo que podría costar el cuadro actualmente (los cálculos hablan de 48.000 euros, es decir unos 218 millones de pesos), es bastante poco. 

Anton Van Dyck en su propio ‘Autorretrato con un girasol’, obra de 1632.

La clave está en las manos

Wright comenzó a sospechar que el cuadro, que había adquirido con un pequeño marchante de arte en el centro de Londres, era un Van Dyck por su amigo, el comisario de Arte Europeo en el Museo Ashmolan de Oxford, Colin Harrison.

En una visita a su casa Harrison observó detenidamente la pintura y luego le dijo “Es una obra tan bien hecha. Estoy seguro de que se trata de un Van Dyck”. La clave, para Harrison, fue la forma perfecta en la que estaban pintadas las manos: “Las manos son siempre lo más difícil de pintar, y Van Dyck era muy bueno a la hora de hacerlo le explicó Wright a El País, de Madrid-. Esa fue la clave que nos llevó a deducir que su intervención en la pieza había sido mucha”.

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El paso siguiente fue llevar la obra al Instituto de Arte Courtauld, en Londres, en donde la estudiaron durante casi tres años, la restauraron y dieron el diagnóstico definitivo: no hay forma de asegurar con una precisión del ciento por ciento que se trate de un Van Dyck, pero por la técnica y los trazos sí se puede decir que el pintor flamenco intervino en ella. 

Una posible historia

No sería extraño. Van Dyck trabajó, entre otros, para la infanta Isabel Clara Eugenia y su esposo, el archiduque Alberto VII de Holanda, a quienes les produjo una gran cantidad de retratos. Y cuando Alberto murió, su esposa quedó como regente. Los retratos que la mostraban con joyas o vestidos coloridos y alegres ya no eran pertinentes, así que hubo que actualizarlos. Pero no siempre ella tenía tiempo para posar para tantas obras. 

Las manos fueron claves para identificar que el retrato era un Van Dyck.

Wright cree que Van Dyck hizo un retrato que actualmente está en Turín y a partir de ese, en su estudio y con varios de los pintores que trabajaban bajo su mando se crearon una buena cantidad de copias o versiones distintas. Pero en todas ellas, o por lo menos en la que el historiador de arte tuvo por tantos años en su casa, el propio maestro flamenco intervino para cuidar la calidad y poner los retoques finales. Eso explica que en la obra se vea a la infanta con un hábito negro y con su cara adusta y seria. 

La verdad, sin embargo, no se sabrá nunca. Lo único claro es que Van Dyck trabajó en su cuadro, el mismo que tuvo frente a sus narices por tantos años. 

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Ahora, con esa certeza, Wright ha decidido no venderlo, a pesar de los cálculos alegres que han hecho los expertos y los medios de comunicación. Por el contrario, lo ha legado para que lo exhiban en la colección de pintura danesa y flamenca del siglo XVII que tiene el Museo Cannon Hall. Allá podrá verlo cualquier persona interesada. 

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