Constitución del 91: el mensaje a los jóvenes para una agenda futura

Diario Criterio publica en exclusiva un extracto del libro del exprocurador Fernando Carrillo titulado ‘4 de julio de 1991’. En este apartado el constituyente le envía un mensaje a la juventud sobre la importancia de la Constitución del 91 en tiempos de agitación social. Foto: Planeta.

La Constitución del 91 y la agenda de futuro

Este es un capítulo dedicado a los jóvenes, para dejarles mi impresión de lo que está en juego hoy en Colombia, treinta años después de promulgada la Constitución del 91. Cuando aún se escuchan los ecos de la intensa protesta social de los últimos meses, convertida en un tsunami social que amenazó la estabilidad democrática y obligó acciones urgentes del Gobierno para impedir el colapso institucional, es importante reconocer la existencia de una crisis profunda del modelo económico, social y político, que exige un nuevo pacto social para diseñar entre todos un país capaz de afrontar los graves desafíos que amenazan con llevarse por delante la democracia.

La crisis de los últimos años, profundizada por la pandemia del covid-19, ha demostrado que el país necesita un nuevo modelo de Estado en el que la Constitución rija para todos y sean posibles las grandes reformas aplazadas por décadas en la justicia, la salud, la protección social, la educación, la política, la fuerza pública y el campo. Así las cosas, se trata de: escalar los derechos fundamentales como prioridad, pues han sido la piedra en el zapato para los tiranos; extirpar el centralismo que convierte a las regiones en menores de edad sin poderes reales para apalancar el desarrollo local; desmontar las talanqueras que impiden que el diálogo social sea la esencia de la construcción y apropiación del territorio; y reconocer a las negritudes y los indígenas, a las minorías y el poder transformador de las mujeres y los jóvenes.

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Lo que se escucha en las calles, los cánticos que corean los jóvenes, es el llamado a respetar los derechos humanos, a rechazar la violencia, a cumplir con los compromisos de la paz, a engrandecer la democracia, e impedir que se desmantele el Estado social de derecho por privilegiar los intereses de unos pocos. El mundo tiene que entender que lo que está hoy en juego en Colombia es la democracia, en un país polarizado, incapaz de llegar a consensos básicos, con violentos y criminales de todo cuño, listos a jugarse de nuevo por la guerra; con una clase dirigente de espaldas a la realidad y a los reclamos de la gente. El populismo y el autoritarismo están en la línea de partida, esperando complacidos la oportunidad de darle un zarpazo a nuestro futuro.

No es el momento de la sumisión o del silencio. Este libro es un llamado a los jóvenes a hacerse escuchar pacíficamente a favor de la democracia y la convivencia. A inspirarse en la Constitución del 91 para defender la vida y repudiar la violencia de todo origen. Mirando la epopeya de los jóvenes que hicimos hace treinta años posible la Constitución del 91, esta es una invitación a preservar la democracia, a impedir el ascenso del populismo o el autoritarismo.

Hoy es evidente que la polarización lleva a una fractura social sin precedentes. La pérdida de confianza en las instituciones y en el futuro es el ambiente que respiran las actuales generaciones. En el ejercicio de la política, muchos apuestan a la división y al extremismo como llave del éxito. El déficit más grande es el de la ecuanimidad para encontrar la ruta de salida. La violencia busca copar todos los espacios de deliberación para reemplazar la política. Y la víctima apunta a ser el espíritu de una Constitución cuyo valor quiere ponerse en entredicho y abrir la puerta a contrarreformas que nos devuelvan décadas atrás, retrocediendo en las conquistas del Estado social de derecho –base de nuestro contrato social– legitimado por la defensa de la dignidad humana.

Sentimientos de frustración, impotencia y pérdida de pertenencia hacen cada día más vulnerable el sistema democrático. Como si la democracia estuviera al servicio de la tecnología y no esta al servicio de la democracia, por cuenta de la pandemia la tecnología marca los nuevos escenarios de la soberanía, acelerados por la digitalización a ultranza. Sin duda, como en otras épocas, el miedo alimenta el autoritarismo y el populismo. Y el inmenso costo social que ha tocado pagar por cuenta del aislamiento social, ratifica que los avances sociales de las últimas décadas se han perdido. Los canales de participación ciudadana lucen hoy esclerosados y oxidados por acciones arbitrarias al pasar por encima de la deliberación y el debate público, con la excusa de la pandemia.

De otra parte, la política se ha convertido en una mala palabra, como ha señalado el papa Francisco. Hay una gran ausencia de grandeza política, exacerbada cuando en los momentos más difíciles no se obra por grandes principios, ni se piensa en el bien común y mucho menos a largo plazo. Porque la mejor política es aquella orientada a la superación de la inequidad, dotada de la energía moral que surge de la inclusión de los excluidos en la construcción de un destino común. Por ello, la invitación es a rehabilitar la política con un sentido social, un concepto que hasta hace muy poco era cuestionado por su fuerte carga ideológica.

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La fuerza de la democracia parecía imparable en 1991, pero hoy, en medio del torbellino de la inestabilidad agravada por la pandemia, la democracia luce inestable, debilitada y bajo constante amenaza. Algunos creen que las nuevas batallas por librar se pueden ganar afectando conquistas democráticas que le han costado sangre a los colombianos. Sin embargo, no podemos bajar la guardia y renunciar a reconstruir –desde la unidad, la inclusión y la resiliencia– los espacios abiertos hace tres décadas bajo el protagonismo de las nuevas generaciones.

Hoy irrumpe otra generación que debe interpretar bien la razón de ser de las fuerzas que nos dividen, para encontrar nuevos caminos y levantar puentes para enfrentar los desafíos. Es la única fórmula para fortalecer las sociedades democráticas contra el extremismo, la división rabiosa y la polarización.

La historia demuestra que el progreso y el desarrollo surgen de sociedades unidas que identifican y persiguen propósitos comunes, respetando las diferencias, como lo logró el amplio consenso alcanzado en 1991. Si ello fue posible en uno de los momentos más dramáticos de nuestra historia reciente, cuando el país padecía el asedio del narcoterrorismo de los carteles de la droga, ahora tiene que convertirse en una alternativa para salir del atolladero de la incertidumbre y el caos.

Bien ha dicho Daniel Innerarity que el liberalismo, el socialismo, el conservadurismo o cualquier otra ideología, no son capaces de responder a los matices y complejidades de la sociedad actual. La supervivencia de la democracia depende de la salida que esta generación va a plantear ante la compleja realidad que enfrentamos. No puede ser que una democracia, que ha pasado por grandes transformaciones –de la polis al Estado nacional y de la democracia directa a la representativa–, no pueda hacer frente a los nuevos desafíos, siempre y cuando entienda cómo conectarse empáticamente con quienes la han pasado muy mal en este último año.

Con la llegada de la pandemia, en algunos países se acudió descaradamente a enfrentar lo inédito e impredecible con medidas autoritarias y regresivas, que luego intentaron convertir en medidas permanentes. La humanidad «caminaba sobre un hielo muy delgado», señaló la canciller alemana Angela Merkel para hacer relevante la gravedad de tomar decisiones equivocadas en momentos críticos que reclaman una respuesta adecuada del Estado. La pandemia puso todo a prueba: la economía, el derecho, la empresa, el modelo de salud, el Estado y la institucionalidad como un todo. Y la máxima sombra pretende ponerse sobre la eficacia de la democracia para gestionar una crisis de esta magnitud.

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