El contragolpe

El señor Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, se ha convertido en un caníbal político. Este, cada día se hace más y más caníbal, engulléndose allá, en esa históricamente tambaleante democracia, las instituciones y demás derechos que legitiman a este sistema político.

A ese gobierno, de izquierda como se autocalifica, no le queda sino la etiqueta, pues Ortega facilita el  ejercicio económico del más salvaje capitalismo. Con tal de que no se hable mal del gobierno se les permite a empresarios, banqueros y demás, todo lo que deseen hacer. Negocios normales o también negociados con impunidad garantizada. Corrupción incluida.

Y se privilegia la inversión extranjera, ya que, se sabe, esta no se interesa en los temas de la política interna. La suya es una izquierda apóstata y renegada, pero que sigue con el marbete de tal. Y quizás el papa Francisco no se ha dado cuenta de esto, la cree izquierda de verdad, y por eso no se le da bien el descalificar a ese gobierno.

Anteriormente los enemigos de la democracia se situaban fuera de ella. El tiempo de los militares, con el golpe de Estado clásico, que mediante un cañón y dos ametralladoras emplazados ante la sede del gobierno, y que luego, pistola en mano obligaban al presidente a huir e imponían a alguien en el poder, ya no se da sino en algunos países africanos.

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Hoy los peligros que amenazan a la democracia provienen de sus enemigos agazapados en el poder. Investidos de este mediante elecciones y procedimientos espurios, con algún revestimiento democrático, la asaltan, la deforman, la derriban y la desfiguran desde adentro. A esto se le ha llamado un proceso de desdemocratización. O de democracias iliberales.

La politóloga norteamericana Nancy Bermeo señala, entre otras seis, cuatro formas de este tipo de golpe de Estado. i) El ejecutivo o suspensivo, cuando de manera arbitraria quien desempeña la presidencia suspende, parcial o totalmente, los demás poderes; ii) El fraude en las elecciones; iii) El expansivo, cuando el titular del ejecutivo se va apropiando de los demás poderes, sin llegar a abolirlos; y iv) Cuando las elecciones “no son libres ni justas pero tampoco han sido francamente robadas”.

Todos estos caminos los ha recorrido Daniel Ortega.

Sin embargo, los Estados Unidos, que han forcejeado –muchas veces como comediantes– por aparecer ante el mundo como unos escuderos fieles de la democracia, le proporcionaron un mal ejemplo a Ortega. Y fue nada menos que Trump, este pernicioso perturbado pseudodemócrata, que se inventó una nueva y original manera de dar un golpe de Estado.

Daniel Ortega – AFP

Como perdió unas elecciones, nada menos que presididas por él, procedió con los siguientes subversivos pasos: i) Alegar a gritos el fraude; ii) Ex posfacto, presionando a las autoridades electorales para que hicieran, allí sí, el fraude; iii) Y aquí está lo original del señor Trump: tratar de impedir una de las formalidades de reconocimiento de los resultados en el capitolio, con la creencia, por  cierto ingenua, de que al faltar ella se declararía vacante la elección de presidente; y que luego el Tribunal Supremo, con mayoría de simpatizantes trumpistas, decidiría uno de estos dos caminos: o  permitiéndole continuar en el cargo o decretando la realización de nuevos comicios. Todo un primitivo autogolpe –o sea me quedo–, fruto de un bien montado embrollo. Que no le fructificó, pero que dejó ahí un mal ejemplo.

Daniel Ortega, que ha suprimido 1.412 ONG; que, entre otras arbitrariedades, no deja circular ningún periódico escrito; que ha clausurado emisoras y que no permite ningún programa de opinión crítico de su gobierno; que allanó la sede de la OEA en Managua; que incrementó 35 por ciento las fuerzas de policía para así aumentar la vigilancia política de la ciudadanía; que ajusta hoy la cifra oficial de 192 presos políticos, a quienes los disfraza con la imputación de delincuentes comunes: ese es Daniel Ortega. Y sobresale, para más baldón suyo, el tratamiento a los jerarcas y sacerdotes de la Iglesia católica, encarcelados, hostilizados, amenazados de muerte.

Daniel Ortega, ese mismo a quien la OEA ya condenó, no obstante continuará tan campante como cualquier persistente dictador atrincherado en sus fronteras. Porque esa Organización en 2011 aprobó la Carta Democrática, la cual ensaya –repito, ensaya– sanciones para con los países miembros que caigan bajo el golpe de Estado clásico, pero la cual la Carta no contempla la posibilidad de prevenir estos otros procedimientos internos, sucesivos y atentatorios en contra de la democracia.

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¿Cómo hacer más efectiva la lucha contra esos dictadores? Los filósofos de la Escuela de Salamanca, Suárez y Vitoria, meditaron sobre el tiranicidio. Mejor la muerte de uno, dijeron, el déspota, que el mal de todo un pueblo. Sistema hoy en desuso debido a que no se acepta, y con razones éticas, porque conlleva algo así como la pena de muerte.

Pero al gobernante, dictador progresivo, sibilante y sibilino en sus procederes arbitrarios, o como diría el italiano, cacciatori furtivo en contra de su país y agazapado desde la presidencia; mago y maestro en votaciones inducidas y falsificadas; hacedor de congresistas reptantes y entreguistas; manipulador de jueces, todos siempre al servicio de sus causas y sus órdenes, a ese buen ejercitante transgresor de las instituciones desde las instituciones mismas, a ese gobernante, tal cual Daniel Ortega, bien le cabría una acción internacional más fuerte.

Rosario Murillo y Daniel Ortega
Rosario Murillo y Daniel Ortega

Prohibición de comprarle o venderle a ese país; financiación para quienes estén dispuestos a derrocarlo; utilización de medios de comunicación que lleguen hasta ese territorio y lo desnuden, que fue la forma como la opinión interior en los países de Europa Oriental se informó bien y derrocó a los respectivos regímenes comunistas; uso planificado de las redes; favorecimiento, por todos los medios lícitos, a quienes representan la resistencia en contra del dictador. En fin, este mundo globalizado permite hacerle desde muchas otras trincheras una más fuerte oposición real y productiva a esta forma de dictadura.

Algo así como organizarle la posibilidad de un efectivo y permanente, nacional e internacional contragolpe. Duraría su beneficiario menos tiempo en el poder y tendría sobre su humanidad, no la constante amenaza de la espada de Damocles, sino la de una efectiva e internacional carta democrática. Y se le recordaría, a él, en sus días y en sus noches, la sentencia de nuestro singular cantante Alci Acosta:

Ahora verás lo que es tener las alas rotas,

ahora sabrás lo que es llorar por la derrota.

Lo que me trajo tu maldad no tiene nombre,

pero ha llegado sin piedad el contragolpe.

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