Se fueron los chorizos, llegaron las mortadelas

“Desaparecidas las Farc, la guerrilla, esa plata ya no nos inquieta en la primera posición. No es el problema principal. Ante la opinión la otra gran enfermedad del país es la corrupción”.

Con todas las carencias que se les puedan señalar al proceso y a la paz, lo cierto es que la desaparición de las Farc cambió el radar de las inquietudes políticas de los colombianos. Antes el problema que se debería atender, con prioridad, era el de la guerrilla, la amenaza mayor. Nuestro cáncer, aquello que no nos permitía a los colombianos progresar.

Traigo a cuento una anécdota de hace más de 20 años. Uno de los tantos comisionados del Gobierno para conversar con dirigentes del ELN, fue con tres de ellos a comer en un restaurante en Aruba. Los atendió un mesero con acento paisa. Uno de los guerrilleros, con la seriedad propia de quien espera una respuesta condenatoria para con el Gobierno, los políticos y las instituciones, le preguntó: “Cuénteme ¿por qué tuvo que emigrar?” Le contestó: “Porque en Colombia no se puede, no ve que la guerrilla no deja.”

Desaparecidas -y se usa el término con las salvedades ostensibles- desaparecidas las Farc, la guerrilla, esa plata ya no nos inquieta en la primera posición. No es el problema principal. Ante la opinión la otra gran enfermedad del país es la corrupción. Cualquier caminante de las aceras de cualquier ciudad, desempleado o no, con pendientes económicos, informal o con bajas esperanzas, responderá ante similar pregunta: es que la corrupción no deja. Lo mismo un estudiante. Igual un empresario. También un profesional.

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La corrupción está aquí y estará como tema en la conciencia de los electores en los próximos comicios. El problema de este año, para la derecha, y la posible ventaja para la izquierda, estriba en que el presidente Duque, desde hace tres años y cinco meses, al posesionarse y después, no entendió ese importante y profundo cambio de sensibilidad nacional.

Si antes se toleraban los gobiernos de simple mantenimiento, porque el enemigo armado acechaba, ahora no se vislumbra en forma igual ese peligro y los colombianos exigen distinto y más. Tres años y cinco meses después de posesionado, apenas va el presidente a sancionar un proyecto de ley aprobado en contra de la corrupción. Tardío. Tiempo que se ha perdido. Y si bien tiene contenidos positivos, tal estatuto es insuficiente. Muy insuficiente. Con Duque, en particular, no es que la guerrilla no deje, sino que el presidente no hace. No hace lo que sí le corresponde.

El presidente Iván Duque radicando un proyecto de ley contra la corrupción
El presidente Iván Duque radicando un proyecto de ley contra la corrupción.

No es que la ley del péndulo, que dice que entre elecciones y elecciones se cambia de derecha a izquierda o viceversa, o sea, no es que la llamada alternancia constituya una ley inexorable en todos los comicios. Lo que se presenta en las democracias, en cada elección, es una apuesta por el futuro, pero a este los electores lo analizan con una mirada al pasado, es decir, a las ejecutorias del Gobierno que concluye.

Si la labor de este, sea de derecha o de izquierda, es positiva y se advierte como tal por la opinión, habrá continuidad. Si no ocurre así, se votará por el cambio. Si Trump fracasó, con el estrépito de un ultrasoberbio equivocado, fue porque la opinión no le dio el visto bueno a su gestión. Lula y Rousseff en Brasil, por el contrario, consiguieron la reelección. Cuestión del futuro analizado con el criterio de las ejecutorias del pasado.

La sociología refiere la desigualdad económica como un mal que puede originar terremotos sociales y electorales. Pero hay otra perversa desigualdad que la corrupción genera. De un lado los corruptos, capacitados para enriquecerse a costa de lo público, y del otro lado el inmenso público que se siente robado. Ya no se trata de la diferencia o la polarización entre las clases sociales; ahora se trata de la distancia entre una “élite” con capacidad para incurrir en inmensos y continuos latrocinios, de un lado, y del otro lado, de una rabiosamente justificada ciudadanía, mayoritaria, inerme, y que puede considerar que su única defensa radicará en su voto.

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Y pienso en el triste predicamento en el que se encuentran muchos ciudadanos de bien frente al hecho de los tentáculos de la corrupción. Un premio Nobel, cuyo nombre no recuerdo, aseguró que un ciudadano se sentirá inclinado a incurrir en actos de corrupción si las ganancias de la misma son muy superiores a aquellas que podría obtener al desarrollar actividades honestas. Y que aún y más perversamente se puede llegar más allá, a una situación de supervivencia, pues si no se funciona con los corruptos y si no se les paga, no habrá posibilidades económicas. Para evitar las circunstancias que conducen a esos predicamentos, ¿el voto?

Cuando se medita en el futuro, hay que remitirse a los jóvenes, asunto que es más de su natural territorio. Políticamente la corrupción los tiene que desgarrar más. Un estudiante de derecho, por ejemplo, aunque no lo tenga muy consciente, en el fondo sabrá que no valdrá la pena esforzarse, ser un magnífico estudiante y luego un brillante profesional, si aquel condiscípulo tarambana y descuidado, será más exitoso en el ejercicio profesional con base en el soborno. Igual un estudiante de ingeniería podrá razonar así: qué injusto afanarse si las “ilicitaciones”, (las “ilicitaciones”) se las ganará el perezoso alumno de al lado, el cual contará con una mayor capacidad para “ilicitar

Se ahonda la preocupación, de nosotros y para con los jóvenes, cuando la corrupción se extiende más y más, tal y como la vivimos hoy en Colombia. Este hecho crea una universidad perversa, generalizada, asequible a todos, omnipresente, con un profesorado degradado, con cubrimiento nacional, sin requisitos de ingreso y gratuita, consistente en lo que los psicólogos llaman el “aprendizaje observaciónal”.

Lo escrito antes es solo un poco de lo perverso de la corrupción. En otra oportunidad se podrá decir algo más profundo sobre este profundo mal. Por ahora, consigno aquí que no soy optimista en relación con los próximos cuatro años. La triste pregunta, como en la epopeya de García Márquez, es interrogarnos si no estaremos condenados a padecer cien años de corrupción. La izquierda podría ser la opción del péndulo, pero por sus antecedentes y por algunos de los personajes que rodean a su candidato posible, es lógico opinar que de ganar esa izquierda, solo conseguiríamos un suspiro de tristeza y luego apostrofarnos con aquel periodista español: “Se fueron los chorizos, pero llegaron las mortadelas”.

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2 Comentarios

  1. Mientras haya impunidad, pobreza, ignorancia y desempleo seguira imperando la corrupcion. Siempre habra ciudadanos que por hambre e ignorancia daran su voto por los mismos corruptos de siempre. No es sino ver la gran fiesta vallenata del sucesor del ñoño y otros ñeñes de mas de 3000 mil lagartos aspirando a votar por el corrupto para que al ganar su curul, devuelva en forma de migajas un empleo, una media beca a aquellos que lo llevaron a ganar para robar

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