¿Es repetitiva la corrupción en Colombia? Que lo diga la Historia

Al repasar algunos temas de nuestra historia, se me hizo patente el paralelo, la gran similitud, del primer evento de corrupción, conocido en autos, en este territorio y lo que actualmente acontece. Los pueblos son tercos y solamente aprenden después de repetir varias veces sus errores históricos.

El caso es el de don Andrés Díaz Venero de Leyva, a quien no quisiera traer aquí a injusticia y quien fuera el primer presidente de la Real Audiencia de Nueva Granada, en Bogotá, y quien llegara en el año de 1564 a gobernar, durante diez años, desde esta inicial ciudad. Respetado este personaje por la mayoría de los historiadores, con elogiosos juicios de sus contemporáneos, ello no obstante las viceversas de su mandato, con sus acusaciones, sus juicios y sentencias a medias, sus andanzas y desandanzas en estos laberintos de la corrupción Examinemos la similitudes entre ese antaño y nuestro hogaño.

Primero: Lo de la persecución política. Don Andrés propició caminos, construyó iglesias y sobre todo escuelas; reorganizó los asuntos de los descuidados anteriores y medio sordos oidores; y como fue protector de los indios en contra de los abusos de los encomenderos, se ganó la animadversión de aquellos poderosos. Y aquí surge el primer parecido con lo que ocurre hoy en nuestro nacional vecindario: con razón o sin ella, ante los 170 cargos que se le imputaron, alegó que se trataba de una persecución política.

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Segundo: Las familias unidas para esos efectos. Recuérdense hoy a ciertos congresistas que se reencarnan en familiares. En los asuntos de su matrimonio, don Andrés las tenía de cal y de arena. Casado que fue con doña María de Ondegardo y Zárate, se dice de ella, que fue dama de garbo y porte. Y de buen ver, como dicen los clásicos, señalada que fue de muchos actos de tráfico de influencias, abusos de poder y demás eventos hoy tipificados en el código penal.

Tercero: Los sobornos para la no justicia. Durante el gobierno de Venero, el oidor López de Cepeda le dio muerte, como se dice, a palos, a un vecino en las calles de Bogotá. Y aunque fueron varios los testigos que presenciaron el hecho, ni siquiera fue llamado a Juicio. Aseguraron muchos que ello fue debido a significativas dádivas, que  en esmeraldas, el homicida le hiciera a doña María de Ondegardo.

Cuarto: Hoy y ayer, tráfico de influencias. Se refirieron muy variadas en la correspondiente acusación. Repasemos unas muy pocas. Que Benito Poveda le dio muchas esmeraldas, a doña María, para efectos de un asunto que tenía en la Audiencia. Que Isabel Rodríguez le entregó dos terneras y 40 botijas de leche, por un pleito que tenía en la Audiencia. Que por igual situación, María de Quesada -y en esto se podría vislumbrar un tráfico de influencias al detal- le entregó “botes de miel y trementina, jamones, aguas olorosas, jarrillos de Tunja, manteca, pescado seco y en escabeche, mantas de algodón, azúcar, quesos, plumas de garzas y forros de martas de la tierra”.

Quinto. Aprovechamiento ilícito de la posición oficial. Así como el oro, que es muy valioso y poco voluminoso y por ello fácil objeto para el negociado, así lo fueron en aquella época las esmeraldas. Se acusó a la señora de Ondegardo de raros tratos con estas piedras preciosas. Van solo dos de los muchos. Que a  Juan Rangel no le pagó varios canutos de esmeraldas. Que en otra ocasión, bajo presión, pagó un precio muy bajo por otras  dos esmeraldas.

Sexto. El asunto de los testaferros, algo común hoy en los narcotraficantes. En aquellos tiempos se alegó que su testaferro(a) era su criada, Teresa de Herrera. La acusación refiere varios casos, con nombres y apellidos.

Séptimo. El muy actual concierto para delinquir. Aunque en esos tiempos no existía su tipificación, doña María pudo haber estrenado ese tipo penal, pues se aseguró por varios, que se había conchabado con un fraile de nombre Francisco de Olea y con el tesorero Pedro Fernández del Busto, para ejercer  mejor esas anteriores actividades.

Octavo. Los desistimientos, tanto ayer como hoy. En los tiempos de Venero de Leyva, el denunciante se llamaba Alonso Ramírez Gaseo, residenciado en Muzo, quien depuso en contra de la señora doña María, porque supuestamente se le había quedado Ella con 50 canutos y con tres grandes trozos de oro. Tiempo después, el denunciante envió un memorial disculposo: “Me desisto y aparto…juro a Dios y a esta cruz que no lo hago por temor…y por entender que en lo contenido de la demanda no tengo justicia.”

Noveno. No obstante lo abrumador de las acusaciones, casi todos los historiadores son defensores a posteriori. Groot, Liévano, Castellanos. Especialmente Rodríguez Freyle. Mal ejemplo. Incluso este último, el más leído, para resaltar la inocencia de Venero, dice que se fue “sin visita ni residencia”. No es cierto. Se fue con 170 cargos, sí. Repito: absolución histórica que es un mal ejemplo que incita a que a posteriori otros repitan esa conducta.

Décimo. Se intenta ascender al encartado. No obstante las peripecias anteriores, don Andrés estuvo a un pequeño tanto en convertirse en miembro del Consejo de Indias. No lo fue, pues sus miembros lo rechazaron. Esto me recuerda a nuestro Presidente Duque, defendiendo y ascendiendo a todos los caídos en desgracia por ciertos comportamientos. Y a fiscales hoy responsabilizados, igual hoy ascendidos.

Undécimo. Sentencias van y vienen. En sus dos instancias, el Consejo falló en contra de Don Andrés. “Se a (sic) resuelto -dice el proveído-, que por catorce cargos se le ponga en culpa” Apeló, pasó el caso al monarca; Venero murió mientras se decidía en esa suprema instancia, pero el rey ratificó el fallo del Consejo.

Duodécimo. Los sancionados son premiados. Aquí los sindicados demandan indemnizaciones. Allá, la señora de Ondegardo solicitó unas mercedes, en ducados. El Consejo algo le aprobó y el rey lo ratificó.

Decimotercero.  Agreguemos un inciso. Un inciso que sirve para guardar perenne memoria de lo de ayer, repetido hoy, cuando se castiga al de más abajo, y cuando salen indemnes los más altos personajes. Con su gracia lo consignó en esa misma época Rodríguez Freyle: “Echóse la culpa al secretario; el secretario al escribiente; y éste a la pluma; con lo cual se sosegó este alboroto”. Y aquí -añado yo-, en ese mismo  momento la pluma no tuvo problemas, puesto que,  con garbo jurídico, se acogió al principio de oportunidad.

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