‘Crimes of the Future’, de David Cronenberg: ¿los cuerpos que vendrán?

Antes de su estreno –el 29 de julio próximo– en la plataforma Mubi, ‘Crimes of the Future’ tendrá unos pocos pases en salas de cine colombianas*. El maestro canadiense retoma las líneas de un cine de terror biológico que parecía haber abandonado en sus últimas películas y, como en la ya legendaria ‘Crash’, se convierte en el profeta de una nueva carne y un nuevo sexo. 

La carcasa de un barco en ruinas encallado en una playa, un niño solitario que juega con la arena y el agua, su madre que lo llama desde un balcón y le hace una advertencia sobre la comida (pronto sabremos de su inclinación a comer plástico). Son los primeros planos de Crimes of the Future y nos instalan en un extraño sistema de signos. ¿Son las imágenes de un mundo que empieza con todo su temblor originario o de uno que colapsa? ¿O es ese preciso instante descrito por Gramsci en que el viejo mundo se muere, pero el nuevo tarda en aparecer? “Y en ese claroscuro surgen los monstruos”, advirtió el profeta italiano.

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No está de más decir que son imágenes filmadas, como todas las de la película, en Grecia, y que esa palabra –ese país– evoca una forma del mundo y de la civilización que nació en el Mediterráneo y sus cercanías y que creó las nociones occidentales y conflictivas de alma y cuerpo, democracia y mercado, introspección y viajes. Estos signos iniciales de Crimes of the Future, nos traen, condensada, una cultura marítima con los barcos como su insignia más destacada. Es el momento de despedirnos de esa armazón vetusta que yace con toda su monumentalidad en medio del mar, y abrazar otros envoltorios… y también otras formas del viaje y la aventura.

Vea acá el trailer de Crimes of the Future:

Lo anterior no es una sobreinterpretación. En medio de los universos extrañados e inciertos que suele proponer el director canadiense, también hay un aparato conceptual muy obvio que viene en auxilio del espectador. Es como si la proliferación anómala de posibilidades corporales, órganos en emergencia y placeres nuevos que alienta su cine de especulación biológica, estuviera subordinada, en todo caso, a un orden intelectual. En Crimes of the Future, incluso más que en películas anteriores de Cronenberg, se explica y se subraya. La película se juega sus cartas en la tensión entre mostrar y decir, entre aludir oblicuamente y señalar con énfasis.

Crimes of the Future sacrifica parte de su misterio y novedad al entregarse con docilidad a la ilustración de tesis. En cierto sentido ese papel ilustrativo se les asigna a los personajes principales de la película. Saul Tenser (Viggo Mortensen, musa actual de Cronenberg) es un performer y su cuerpo es el continente y el contenido de un arte de las metamorfosis, el crecimiento incontrolado de órganos, las escisiones y suturas en la piel. Él y su compañera Caprice (Léa Seydoux) buscan juntos una nueva deriva de los cuerpos, del placer asociado a ellos y del arte como espacio codificado de la transgresión.

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La pareja protagónica y su proyecto artístico se enfrentan, sin embargo, a un orden burocrático que encarna en la oficina a cargo de hacer el registro de nuevos órganos, y controlar formas de evolución de consecuencias inesperadas para la vida tal como la conocemos. La aparición de esta deriva kafkiana, y los dos personajes que la representan (interpretados por Kristen Stewart y Don McKellar), traen una bocanada de humor a la película. Este argumento central tiene mucha solvencia y momentos de gran poder expresivo, ayudados por un diseño de producción que vuelve muy imprecisa su ubicación temporal. Pero Crimes of the Future empieza a decaer cuando intenta ensamblar la línea narrativa del niño comedor de plástico con la de la pareja de artistas del performance y la pareja de burócratas.

La película es un terreno abierto para la especulación filosófica e incluso científica, y sin duda Cronenberg tiene más profundidad moral y, sobre todo, es mucho más atrevido que sus imitadores e imitadoras (¡cuánto palidece una película como Titane, coronada en Cannes el año pasado, ante Crimes of the Future!). Pero en este caso, el atrevimiento de Cronenberg es más el de un teórico que el de un cineasta; la argumentación prevalece sobre la indagación plástica. No es body horror sino arte conceptual.

Crimes of the Future película David Cronenberg
“Este argumento central tiene mucha solvencia y momentos de gran poder expresivo, ayudados por un diseño de producción que vuelve muy imprecisa su ubicación temporal”

A lo largo de la película escuchamos frases provocadoras como “No soy bueno con el viejo sexo” o “La cirugía es el nuevo sexo”, en alusión al arte del quirófano que practican Tenser y Caprice. La pareja es definida como la creadora de un arte del paisaje interior, por su exploración dentro de los cuerpos, lugar de la aventura (y del viaje) en el mundo nuevo. Pero la película es pobre en su manera de exponer visualmente esa tierra incógnita. Y pobre también en mostrar el naciente placer físico que provocarían los cortes, las amputaciones y las excrecencias. 

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La mayor parte del cine anterior de Cronenberg asimilable dentro del registro del body horror alcanza picos de sensualidad y sensorialidad más altos que Crimes of the Future. Con su última película, el maestro canadiense se acerca a lo que siglos atrás emprendiera el Marqués de Sade con sus novelas filosóficas, más interesantes por la disección de problemas morales que por su narrativa o su lenguaje. Es raro, por no decir que decepcionante, que un cineasta del alcance de Cronenberg se supedite tanto esta vez a la palabra y la razón. Quizá es que, como escribió H. Magnus Enzensberger en El hundimiento del Titanic: “Destruir todo un mundo es difícil tarea”. Y en su pesadez, el viejo cuerpo y sus “funciones superiores” se resisten tenazmente a desaparecer.

* La película estará desde hoy en el Museo de Arte Moderno de Medellín, y en agosto, en la Cinemateca de Bogotá.

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