Buitrago y la caída de la naranja

Otro proyecto fallido de un Gobierno que no entendió que también se gobierna con la cultura.

Adiós al ministro Felipe Buitrago. Nunca sabremos los motivos de la defenestración del máximo arquitecto de la economía naranja y el penúltimo ministro de Cultura de la era Duque.

La economía color tangelo se diluye en un río y su gran inspirador sale de escena, en el acto tercero de una obra de cuatro sketch. Presentada la salida como un reacomodo burocrático, sorprendió lo poco que duró como ministro el que fuera uno de los padres de una de las políticas primordiales de Estado de la era Duque.

La economía naranja, una política que, en teoría, solo podía salir bien pues sus costos eran bajos y sus réditos importantes, quedó como un relato idílico interrumpido para siempre.

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¿Qué quedó de la economía naranja? Lo primero es que ese corto verano de Buitrago solo profundizó una cierta incomprensión de lo que se quiso hacer con ese engranaje naranja, y es extraño porque los primeros meses asistimos a un gran debate conceptual sobre lo que significa esa política y le debamos aun un beneficio de inventario.

La lectura errónea del momento cultural de un hombre afanado por la seguridad de los bienes muebles y que no quiso invocar la capacidad de lo cultural como articulador de salidas de la crisis fue su final.

El ministerio cambió, se llenó de economistas anaranjados y fijó sus prioridades en los empoderamientos que privilegian el lucro como un derecho y posibilidad para el sector.

La otrora revista Arcadia fijó posiciones críticas y, como pudieron, los escuderos aterrizaron algo que estaba solo escrito en un libro relativamente modesto, si me lo permiten.

Primer cartucho quemado: el viceministro David Melo y después el propio Buitrago logran desde el viceministro hacer algo extraordinario como cambiar la institucionalidad del ministerio para enfocarla en esa aproximación naranja, sin que se presentara un diálogo nacional a carta cabal sobre ese asunto porque, no lo olviden, técnicamente hablando es para siempre que existirá un viceministerio de la economía naranja.  

La cultura soy yo. Los ministros de cultura no son populares (es una cartera de baja recordación), pero tampoco han sido impopulares (es una cartera de baja recordación).

Aun así, Buitrago me sorprendió con su baja sintonía que mostró con el medio cultural. Incluso, si me lo permiten, en ocasiones se percibió soberbio en el trato de los actores del sistema cuando lo que debió ser fue tremendamente seductor.

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Los ministros que no provienen del medio cultural tienen dificultades en encontrar anclajes y más si son tecnócratas. No era un David Melo, bien recibido por un sector que ya lo conocía por su gestión en Cinematografía; no era Carmen Vásquez, popular en el territorio y con mucha intuición política (pese a no saber nada de cultura).

Buitrago era un técnico, amable pero mucho más reacio a un diálogo sectorial nacional. Cierto, la reforma tributaria lo cogió desprovisto y ese fue su primer gran tropezón que finalmente propulsó su caída. Un descuido muy costoso para alguien que proyectaba trascender.     

La derecha y la cultura. Por supuesto que construir cultura desde este gobierno era un acertijo. Las políticas culturales del Estado en las décadas anteriores fueron construidas en gobiernos liberales concensualistas y con un horizonte más democrático. En la construcción de las grandes leyes de cultura hubo mucho diálogo de sectores. Una ley de cine, por ejemplo.

Pero aquí todo fue muy abrupto. Muchos reconocen que al país le hacía falta una política de fomento de industrias culturales, logro que reconozco, pero pienso que quedó totalmente forzado.

En el fondo fue delicado desmontar una política cultural anterior pues seguían habiendo sectores que requerían más que de emprendimientos. La pandemia cierto hizo todo muy difícil, nadie lo niega. Empobreció mucho los agentes de la cultura en Colombia. Habría tocado replantear el norte.  

A pesar de eso, creo que muchas cosas se han hecho bien desde las direcciones, sobre todo desde Artes, Cine, Poblaciones, en el Museo Nacional y en la Biblioteca Nacional, en parte por las inercias en las políticas del pasado y por leyes que protegieron la acción y en parte gracias a la gestión de buenos directores que resistieron la tentación de clientelizar el ministerio.

Los mensajes personales del ministro en contra del paro en la semana más tumultuosa de nuestra historia marcaron un momento sombrío de su gestión.

Hago excepción en el Programa Nacional de Estímulos, un verdadero desastre por lo menos en 2020. Y, por último, un Caro y Cuervo muy activo (único foco de pensamiento cultural en este Estado) aunque un Icanh y un Archivo Nacional completamente diluidos de la escena.

Los mensajes personales del ministro en contra del paro en la semana más tumultuosa de nuestra historia marcaron un momento sombrío de su gestión.

La lectura errónea del momento cultural de un hombre afanado por la seguridad de los bienes muebles y que no quiso invocar la capacidad de lo cultural como articulador de salidas de la crisis fue su final.

Desconectado y en el mejor espíritu del CD, Buitrago hubiera podido complejizar la discusión sobre la lucha de la memoria y abrir conversaciones culturales, pero prefirió ser un espectador escandalizado. Ahí ya estaba perdido.

Las políticas culturales están ahí y habrá en unos años que generar balances más juiciosos que este tan somero. Aunque una coda: me sorprendió mucho la primera entrevista en El Tiempo de la nueva ministra de Cultura. Si no le preguntan directamente, ella no dice nada de la economía naranja. Recorcholis: de pronto el desmonte ya lo empezó esta nueva administración.

En fin, en un año la cortina caerá y deberemos juzgar la obra completa. Este será entonces otro proyecto fallido de un Gobierno que no entendió que también se gobierna con la cultura. La pregunta es qué tan debilitado quedó el ministerio. Bueno, eso se lo dejo a los lectores.

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