Cali atravesada

“Una ciudad que desde hace mucho tiempo resiste desde el arte”.

Pasaron 50 años y un par de meses para que Cali se levantara una vez más, tal como lo cuenta Andrés Caicedo en el párrafo final de su relato El atravesado.

El 26 de febrero prendimos la ciudad de la Quince para arriba, la tropa en todas partes, vi matar muchachos a bala, niñas a bolillo, a Guillermito Tejada lo mataron a culatazos, eso no se olvida”.

Este cuento largo (o novela corta), que Caicedo firmó como escrito en 1971, se publicó en 1975, cuando Cali era ejemplo de civismo para el país, en gran parte gracias a las obras realizadas con motivo de la celebración de los IV Juegos Panamericanos de 1971.

Yo recuerdo aquellos días con el orgullo patrio propio de un niño de segundo de Bachillerato que oía por la radio las hazañas de ‘Cochise’ Rodríguez en su bicicleta y de la nadadora Olga Lucía de Angulo.

Pero esa Cali cívica y de buena familia, cuya expresión más degradada la representan esa gente de bien que salió a las calles a dispararle a los manifestantes y la la minga indígena, muchas veces ha sido puesta en evidencia por sus propios hijos.

En sus películas de ficción, ambos cineastas desnudan la hipocresía e incluso la perversión de las clases dominantes de la ciudad.

Y no necesariamente hijos de los sectores más marginados de la sociedad.

Además de Caicedo, quien en varias de sus obras mostró la hipocresía y el clasismo de la alta sociedad caleña y plasmó facetas de su decadencia, Cali ha contado con la pluma de escritores como Umberto Valverde, Pilar Quintana y Sandro Romero, por citar unos muy pocos.

Y con Cali también se ha metido el tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien alguna vez describió a Cali como una ciudad repelente, pretenciosa y extravagante, “Cali es una ciudad con ganas de ser cosmopolita pero que no ha pasado de ser una ciudad dividida en dos guetos por una avenida, la Simón Bolívar. Al oriente, el guetto mayúsculo de Aguablanca y sus agregados con la mayor población negra, al oeste la ciudad antigua con sus cada vez mas rancias pero más escasas familias blancas”.

El nadaísmo, nacido en Medellín, también permeó a los jóvenes caleños de los años 60, entre ellos J Mario Arbeláez, quien ha plasmado con humor y sátira su mirada sobre la ciudad y su sociedad.

Imagen de ‘Agarrando pueblo’, el falso documental de Luis Ospina y Carlos Mayolo, 1977

Cali también ha resistido desde el teatro, donde brilla el nombre de Enrique Buenaventura, quien fundó en 1955 el Teatro Escuela de Cali y, diez años después, el Teatro Experimental de Cali, que sentó las bases del teatro contemporáneo no solo en Colombia sino en América Latina, y que puso en práctica la creación colectiva.

Su trabajo, muy político y comprometido, no riñe con la estética y tampoco con la poesía.

Varios de sus artistas plásticos han ofrecido miradas muy críticas.. Desde la actitud festiva e irónica del pintor y escultor Hernando  Tejada (Tejadita), hasta la crítica dura y dura, pero no exenta de poesía, de Pedro Alcántara Herrán (bautizado con el nombre de un presidente muy conservador del siglo XIX) y de Óscar Muñoz, un payanés adoptado por Cali con una obra muy crítica y reflexiva, quien además creó la galería Lugar a Dudas, que en realidad es un centro de reflexión desde diferentes disciplinas del arte.

El cine hecho en Cali también ha mostrado esas tremendas desigualdades de la ciudad. El documental Oiga, vea (1971), codirigido por Carlos Mayolo y Luis Ospina, muestra la otra cara de la celebración de los Juegos Panamericanos de Cali, de la cual fueron excluidos los sectores populares y marginales de la ciudad.

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En Agarrando pueblo (1978), ambos denuncian el cine denominado como pornomiseria, y esto les permite mostrar barrios y calles de Cali alejadas de los circuitos turísticos.

En Adiós a Cali, de 1990, Luis Ospina muestra la destrucción del patrimonio arquitectónico de la ciudad, cuando el narcotráfico impuso su ley.

En sus películas de ficción, ambos cineastas desnudan la hipocresía e incluso la perversión de las clases dominantes de la ciudad.

Ospina lo hizo en Pura sangre (1982) y Mayolo en Carne de tu carne, de 1984. Películas posteriores como Perro come perro (2007), de Carlos Moreno, y Yo soy otro (2008) de Óscar Campo,  también muestran una Cali alejada por completo de los clichés que hablan de sucursales del cielo y capitales mundiales de la salsa.

Jorge Navas también ha mostrado “el lado B” de Cali en varios de sus documentales y películas de ficción.

César Acevedo, en La tierra y la sombra (de 2015 que ganó cuatro premios en el festival de Cannes de ese año) de manera indirecta denuncia las prácticas casi feudalistas de los propietarios de los grandes cultivos de caña de azúcar.

Y también está la resistencia desde la música, un tema inagotable en una ciudad permeada por la música andina y del Pacífico, la salsa, el rock y la tradición clásica.

Este muy breve e incompleto repaso no es más que un sencillo homenaje a una ciudad que desde hace mucho tiempo resiste desde el arte. Una ciudad que no me pertenece pero que he aprendido a querer y que hoy me duele y me parte el alma.

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