‘Cómo maté a mi padre’

Christopher Tibble analiza la novela de Sara Jaramillo Klinkert. ¿Un nuevo fenómeno de las letras colombianas?

El mercado de ficción colombiana es un mercado de nicho. Más allá de las obras de los nombres establecidos –Mario Mendoza, Ángela Becerra, Ricardo Silva Romero y unos pocos más-, las ventas de las novelas escritas en el país difícilmente superan los dos mil ejemplares.

Sobre todo, si el autor es desconocido. Sobre todo, si se trata de una primera obra. Sobre todo, si sale al mercado pocos meses antes de una pandemia.

Por eso sorprende que la ópera prima de Sara Jaramillo Klinkert (Medellín, 1978), Cómo maté a mi padre, publicada por al editorial antioqueña Angosta, en noviembre de 2019, vaya en su cuarta reimpresión.

Y eso es solo en Colombia. En junio del año pasado, la poderosa editorial Penguin Random House publicó el libro en España, bajo el sello Lumen. También publicó, el mes pasado, su segunda novela: Donde cantan las ballenas.

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En su página web, la editorial busca posicionar a Jaramillo Klinkert como “la nueva revelación de la literatura latinoamericana”.

¿Estamos, entonces, ante el nuevo fenómeno de las letras colombianas, por no decir continentales?

Resulta curioso que la persona que descubrió y tomó la decisión de publicar ‘Cómo maté a mi padre’ sea el escritor (y fundador de Angosta) Héctor Abad Faciolince.

Cómo maté a mi padre, que se armó durante una maestría de escritura narrativa en Madrid, es una novela testimonial, dividida en treinta capítulos cortos, que toma como punto de partida el asesinato del padre de la autora en la convulsa Medellín de Pablo Escobar.

Jaramillo Klinkert nos narra, con una prosa ágil y algo tópica, la expulsión del edén de la infancia en escenas afiladas por una pluma concienzuda. Es una novela marcada por un antes y un después. ¿Cómo se afronta la ausencia? ¿Cuáles son sus secuelas? ¿De qué manera se recompone una familia tras la muerte de uno de sus pilares?

Portada del libro editado por Angosta

Pero el libro no permanece, como un caleidoscopio, girando en torno a la muerte del padre. A medida que avanza, su centro gravitacional se desplaza hacia otra muerte y el libro se revela, en la segunda mitad, más como unas memorias y unas reflexiones fragmentadas sobre la pérdida y menos como una historia cuya estructura y tensión están atadas a un hecho particular.

Resulta curioso que la persona que descubrió y tomó la decisión de publicar Cómo maté a mi padre sea el escritor (y fundador de Angosta) Héctor Abad Faciolince.

Resulta curioso porque Abad, justamente, se volvió famoso por El olvido que seremos, otra novela testimonial que parte del asesinato del padre del autor.

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Y si bien existen paralelos temáticos y ambos libros tienen en común el éxito comercial que gozaron apenas fueron publicados, difieren en un aspecto fundamental: en la ópera prima de Jaramillo Klinkert la figura del padre está casi del todo ausente.

No estamos ante una novela que reconstruye un crimen o la vida de su víctima, sino ante una que se preocupa por la reacción y las secuelas que suscitó ese crimen en su familia y, en particular, en su hija.

El lector nunca conoce en detalle la vida laboral o la personalidad del padre, tampoco las razones que condujeron a su muerte. Esta decisión hace difícil que el lector pueda establecer un vínculo emocional con la figura del padre y, por consiguiente, con la autora misma.

El lector nunca conoce en detalle la vida laboral o la personalidad del padre, tampoco las razones que condujeron a su muerte.

La calidad literaria de la novela, por otra parte, sufre por la cantidad de lugares comunes (“…llega el día en que abre los ojos y la única certeza que tiene es la de su ausencia”; “Pero incluso las cosas más firmes amenazan con esfumarse”; “…porque la felicidad es algo que la mayoría de las veces solo se aprecia cuando ya no se tiene)”.

A lo largo de las 252 páginas del libro, las frases hechas conviven de forma poco armoniosa con pasajes en los que Jaramillo Klinkert despliega su destreza narrativa, como cuando reconstruye la escena de ella y sus hermanos desordenadamente preparando el desayuno o cuando le dedica todo un capítulo a establecer un bello paralelo entre la vida de su madre y la de los árboles.

Buena parte del libro se siente, si no asfixiado, por lo menos constreñido, por el corset de las fórmulas literarias y, en algunos momentos, por un tono moralizante.

Mientras lo leía, no pude evitar preguntarme una y otra vez cómo hubiese sido el resultado final si el libro no hubiera pasado por el filtro, a veces demasiado purificador, de una maestría de escritura creativa.


 

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