‘Court’ y ‘El discípulo’: Chaitanya Tamhane, un autor en tiempos de Netflix

En su nueva reseña, Pedro Adrián Zuluaga habla de las dos películas del director indio que se pueden encontrar la plataforma de streaming.

Por su propio despliegue como tienda audiovisual de gran superficie, Netflix parece estar en las antípodas de esa categoría no por incómoda menos vigente que es la de cine de autor. A pesar de que muchos, desde algunos frentes de batalla teóricos, políticos y del propio quehacer cinematográfico han querido demoler o superar lo que encierran las palabras “cine de autor”, estas sobreviven al menos como una estrategia para nombrar y respaldar la lucha de una visión fuertemente individualiza contra un poder homologador (llámese Hollywood o Netflix). Con cine de autor nos referimos pues a un cierto tipo de mito cargado de aura romántica

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Hay varios ejemplos de que los llamados usuarios o suscriptores (nombres que en esta plataforma se impone a la más compleja de espectadores) de Netflix tienen a su disposición una variedad del cine y otra producción audiovisual del mundo, aunque no sea tan fácil llegar a esta variedad dentro de la propia plataforma, no solo por la forma en que es dispuesta sino por la inercia de los algoritmos y los perfiles. El cine del director indio Chaitanya Tamhane es una de esa rarezas que la mayor operadora mundial de streaming esconde incluso a pesar de que la exhiba

No será ahora la ocasión para mostrar cómo funciona esa tensión entre mostrar y esconder. Por ahora señalemos lo que el cine de este director, que trabaja en una (sino la más grande) de las mayores industrias de cine del mundo, tiene de excepcional. Con apenas dos largometrajes, Tamhane ya ha logrado traspasar las fronteras de su propio país y llamar la atención de uno de esos lugares dedicados a sostener el mito del cine de autor: el Festival de Cine de Venecia, que premió a su opera prima Court (2014) como mejor película de su sección Orizzonti y como mejor debut. En 2020, su segundo largo, El discípulo, ganó en el mismo festival los premios a mejor guión y la muy preciada distinción que otorga la prensa especializada reunida en la FIPRESCI.

Tamhane hace un uso muy poco acentuado de ese repertorio que identificamos, de manera harto superficial, como parte del estilo del cine de autor. No hay en sus dos largos (ambos disponibles en Netflix) grandes desafíos a la narración convencional, por el contrario, son muy reconocibles el argumento, el relato y los personajes, insertados, además, en un espacio social y cultural muy concreto: la India poscolonial en la que sobreviven tradiciones que entran en disputa con la aplanadora del progreso. La calidad de autor de Tamhane, si es que persistimos en nombrarlo como tal, está quizá en su manera escéptica de mirar las convenciones sociales (de la justicia en el caso de Court, o de las ideas admitidas de éxito o fracaso en El discípulo), y en lo suave y casi imperceptible de su anticonvencionalismo.

Tamhane ya ha logrado traspasar las fronteras de su propio país y llamar la atención de uno de esos lugares dedicados a sostener el mito del cine de autor: el Festival de Cine de Venecia

En Court un cantautor, que también es un trabajador, es llevado a un juicio acusado de incitar con una canción suya el suicidio de un hombre que se ocupaba de limpiar alcantarillas. Aunque la acusación ya es de por sí absurda, es el ejercicio de observación que hace el director lo que lleva este sinsentido a otros planos. En Court, el juicio es mostrado -y por extensión la justicia- como un teatro del absurdo mediante el cual el sistema social muestra su desprecio por lo singular, encarnado en el dignísimo y ya muy mayor cantautor de música popular. Esta película dialoga ampliamente con otra convención, la del teatro, que en sentido estricto también es un juicio.

En El discípulo nos encontramos otra vez con la música, en este caso la que practica su protagonista Sharad: una tradición de música clásica del Norte de la India. Como en cualquier tradición, pero al parecer mucho más en esta, son importantes los mecanismos de transmisión y, por tanto, aparecen las figuras infaltables del maestro y el discípulo. Como lo veíamos en Court con el asunto de la justicia, aquí también estamos ante un mundo lleno de convenciones y herencias no siempre cuestionadas. Pero en la manera de filmar de Tamhane, que es muy poco enfática (prefiere, por ejemplo, los planos generales), no hay lugar para una gran demolición o una crítica feroz. 

En esta película que alterna distintos momentos de la vida de Sharad, desde su arduo aprendizaje de una tradición musical hasta ese momento de verdad en que se da cuenta de que tal vez no tiene el talento que él quisiera, son el pequeño gesto o la mínima revelación, captados por la mirada atenta al detalle de Tamhane, las claves del derrumbe y/o transformación de sus personajes. Es un cine que evoca, insinúa o muestra, y que cuando predica (como en el uso que en El discípulo se hace de unas enseñanzas de una maestra de la música clásica indostánica), lo hace con suave ironía. En tiempos de altisonancias e idealismo duros, esta sutileza es un bálsamo.

@pedroazuluaga

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