(Des)concierto de cámara para padre e hija

Con esta actuación, Anthony Hopkins hace guiños a papeles suyos como el de ‘El silencio de los inocentes’ o ‘Lo que queda del día’.

El padre, nominada a seis premios Óscar y ganadora de dos (el de guion adaptado y el de mejor actor para Anthony Hopkins), es una de las películas más fuertes con que las salas de cine colombianas esperan recuperar al público, en su reapertura general anunciada para el 15 de junio.

Hay una veta del terror que se aprovecha de una situación bastante común: lo familiar que se vuelve irreconocible o extraño. El padre, ópera prima de Florian Zeller basada en su propia obra teatral, lleva este tópico al paroxismo.

Las confusiones ocasionales que todos solemos sufrir son el material del que están hechos los días y las noches de su personaje principal: un anciano con demencia senil que se resiste a ser cuidado por extrañas y a  quien su hija debe llevar a vivir a su propia casa.

Es un punto de partida harto conocido. El gran logro de El padre consiste en que, a partir de ese lugar común y con recursos dramatúrgicos mínimos que quizá provienen de su origen teatral, nos enfrenta a un desconcierto que no solo tiene que ver con no reconocer las situaciones y personajes que estamos viendo; detrás de esa primera desorientación vienen las preguntas éticas y el drama existencial de imaginar nuestra propia disolución.

¿Dónde está ocurriendo la película que sucede ante nuestros ojos? El padre nos arrebata, muy pronto, ese primer anclaje como espectadores, y de ahí en adelante nos propone un juego de incertidumbres en el que la identidad y los afectos y vínculos familiares son cuestionados.

Es un acierto que la película se mueva entre unos pocos espacios; con esto, el espectador también comparte el progresivo encierro al que se ve sometido el personaje. Tal como él mismo lo dice: es como un árbol que pierde sus hojas. El anciano retorna a un estado primario de indefensión y miedo.

Tal vez apelar a esa memoria cinéfila es el hilo que la película nos entrega para que salgamos del laberinto al que nos arroja.

Que El padre sea el equivalente a una pieza de cámara para pocos instrumentos permite, claro, el lucimiento de sus instrumentistas, sobre todo de la pareja de actores que interpreta al padre (Anthony Hopkins) y a la hija (Olivia Colman).

Es al menos paradójico que una película sobre ese momento en que la memoria se vuelve una telaraña y la identidad un espejo astillado, se aferre tanto, precisamente, al reconocimiento del actor que encarna su drama central: el enorme y no pocas exagerado Anthony Hopkins.

El anciano protagonista no solo comparte el nombre de Hopkins; también su fecha de nacimiento: el 31 de diciembre de 1937. Cada tanto, Hopkins hace guiños a papeles suyos anteriores, desde El silencio de los inocentes hasta Lo que queda del día, pasando por Los dos papas. Tal vez apelar a esa memoria cinéfila es el hilo que la película nos entrega para que salgamos del laberinto al que nos arroja.

Pero la auténtica Ariadna y el verdadero Teseo, es decir, la heroína de este mito sobre el final de la vida, es la hija y la magnífica Olivia Colman que la interpreta.

Colman es mucho más sutil que Hopkins en su interpretación de una mujer confundida en sus sentimientos hacia el padre; ella también habita en el reino de la duda y ve cómo su mundo se empieza a derrumbar ante la enfermedad de ese anciano tierno como un niño y a la vez tiránico como un rey Lear que pone a prueba el afecto de sus hijas.

Las referencias a Shakespeare, Chéjov y Hitchcock están expuestas. El padre, como material teatral desplazado al cine, se despliega en este nuevo medio como un thriller sicológico en el que, de acuerdo con el género, lo principal ocurre en la mente de los personajes y a la vez nada es lo que parece.

Por mi parte, prefiero sobre las otras derivas de la película aquellos breves momentos en que el thriller adquiere los tintes de ese horror metafísico que emerge cuando la propia identidad es reducida al mínimo o, por el contrario, multiplicada.

Pero al mismo tiempo pienso que esta trama de codependencia entre enfermos y cuidadores debió llamarse La hija, para honrar la lealtad de esta mujer y también su delicada pero contundente estupefacción.

En Twitter: @pedroazuluaga

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