First Cow: un cine clarividente

Esta película de Kelly Reichardt, que se estrena el próximo 17 de junio en el país, hace una relectura radical del género del ‘western’.

Un mito yace bajo tierra, a la espera de una mirada benefactora. Dos hombres que murieron hace más de dos siglos y que en un probable o hipotético presente reaparecen como calaveras ante los ojos de una mujer y su perro. Así empieza First Cow. ¿Qué mensaje nos traen estos restos del pasado? Hay que ver First Cow* para descifrarlo.

La conquista del oeste estadounidense, sus paisajes, acciones y personajes, dieron forma a un género fundacional del cine de ese país: el western. Como en otro género seminal –el cine de gánsteres–, en el western nos encontramos ante un contenido narrativo unido a unas claves formales. De esa mezcla nace una visión del mundo, en el sentido más pleno de estas palabras: una manera de ver y por lo tanto una ideología.

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El western afirmó una visión masculina y heroica del mundo, tramitó –no pocas veces– la ansiedad racista como forma de justificar la destrucción de las poblaciones nativas como si se tratara de una lucha necesaria entre la civilización y la barbarie, y pobló sus imágenes de horizontes amplios y cargados de promesas de futuro. 

Aunque dentro de la propia tradición clásica del western se cuestionaron esos ideales, habría que esperar hasta la aparición de una cineasta como Kelly Reichardt para asistir a una relectura radical de ese mito de formación de los Estados Unidos. Ese trabajo de demolición de las raíces lo emprende Reichardt con una sugestiva mezcla de atención y ternura hacia los personajes de su fábula cinematográfica. Y no solo hacia sus personajes. First Cow se detiene y contempla la naturaleza, observa y detalla las emociones.

La primera vaca a la que hace referencia el título de la película es literal. Es un bello animal de ojos marrones importado por un inglés asentado en el territorio de Oregón, donde se cazan castores que con su piel alimentan la voracidad de novedades al otro lado, en la “civilización”. Además de la vaca, los otros dos grandes protagonistas de la fábula son Cookie, un cocinero de Maryland, y King Lu, un chino que huye de una banda de ladrones rusos.

Cookie y King Lu no son el par de forajidos codificados por el western. Son dubitativos y temerosos, cocinan y limpian su casa, que es provisional como todo en este mundo al que, según King Lu, la historia no ha llegado todavía. Hacen pasteles de leche y miel que alegran los días de otros hombres y mujeres tan en tránsito como ellos. Se conocen por azar y, sin que medien más razones que la urgencia de contacto humano, se empiezan a cuidar. “El pájaro un nido, la araña una telaraña, el hombre amistad”, se lee en el epígrafe de la película, tomado de los Proverbios del infierno de William Blake.

Los dos hombres son plenamente conscientes de la precariedad que los rodea. Pero la película no se satisface con su indigencia. Ellos actúan en el presente e imaginan un porvenir. Tienen un saber sobre la injusticia y no se resignan a ella. Por eso roban la leche de la vaca importada, que hace la diferencia en su receta de pasteles. El uno dice que para emprender algo nuevo se necesita de un capital. “O de un crimen”, responde el otro. Con esa sencillez clarividente nos muestran que conocen bien el ethos de la historia y anticipan su forma actual: el capitalismo inmoral y depredador.

Cookie y King Lu no son el par de forajidos codificados por el western. Hacen pasteles de leche y miel que alegran los días de otros hombres y mujeres tan en tránsito como ellos.

Esta es la séptima película de la directora. En una obra anterior, la magnífica Meek’s Cutoff, Reichardt se había enfrentado ya a las convenciones del western. Tanto en Meek’s Cutoff como en First Cow elige filmar en formato 4:3, una imagen más comprimida que frustra la expectativa de paisajes abiertos asociada al cine del oeste (Jauja, de Lisandro Alonso, otra relectura contemporánea del western, en este caso en la pampa argentina, también se filmó en este formato).

Otro desplazamiento de la película es su predilección por escenas nocturnas o a medio iluminar. De noche, Cookie y Kung Fu ordeñan la vaca. En su particular intimidad sueñan con montar una panadería o un hotel en San Francisco. En una entrevista con Jerónimo Atehortúa, publicada en su libro Los cines por venir, Reichardt dice que hizo esta película para cortar la palabrería e internarse en el bosque por un tiempo. El bosque es también el lugar mítico de la amistad masculina, que es el gran tema de la película: una amistad que, como lo previó E.M. Forster en Maurice, aún está por suceder. 

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En ese bosque frondoso que filma la película, hay un búho. Como saben, el búho ve en lo oscuro. Si se interna lo suficiente en el alma de sus personajes y se detiene de manera justa en la superficie de los paisajes y las cosas, el cine puede ser como ese animal. Los ojos del búho, leo en Internet, contienen un producto químico especial que transforma el destello más pequeño en una verdadera impresión luminosa.

Pienso que esa definición le cuadra bien al cine (aunque este ya sea mayormente digital y no fotoquímico). Claro, no a cualquiera. Pero sí al de esta directora también clarividente que, en vez de contar una historia autocomplaciente con la indigencia –a la manera de la exitosa Nomadland–, imagina, en el corazón de la enemistad y la sospecha, una historia de solidaridad: funda así la promesa de esa amistad que todavía nos debemos. Es eso o el avance final de la destrucción. 

*First Cow se estrena este jueves 17 de junio en Cinemateca y Cinema Paraíso en Bogotá, MAMM y Colombo en Medellín. 

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