‘Mi maestro el pulpo’ y ‘El agente topo’: la belleza del dolor

En su primera columna, nuestro crítico de cine habla de dos de los documentales nominados al premio Óscar.

Saludo con alegría el nacimiento de Diario Criterio, y celebro que en un medio de comunicación creado por periodistas se le dé un lugar a la crítica de cine. En su editorial de lanzamiento hay esta declaración de principios: “El carácter y criterio de lo que informamos y cómo lo hacemos constituyen los pilares del periodismo de Diario Criterio”. Unas líneas antes, el editor menciona otro norte: el interés público. Criterio, carácter e interés público son ideas que se presuponen en la nada fácil tarea de escribir sobre cine, aunque con frecuencia quienes lo hacemos nos dejamos llevar por gustos personales que se convierten en dogmatismos. 

Tras 25 años de escribir sobre cine en medios de comunicación en Colombia, acepté feliz este regreso como un reto privado: examinar mis propios prejuicios e intentar confrontarlos. ¿Qué es una buena película? ¿Cuál es el interés social del cine? ¿Qué papel juega el gusto y cómo se forma en el cruce de experiencias e inscripciones geográficas, de clase y género que moldean a un espectador? Para enfrentar el arraigo de los prejuicios decidí empezar estas colaboraciones con Criterio escribiendo de dos películas que podrían generar un balance consabido a favor de una y en contra de otra: el documental chileno El agente topo dirigido por Maite Alberdi, y el también documental, en este caso sudafricano, Mi maestro el pulpo, codirigido por Pippa Ehrlich y James Reed.

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Ambos trabajos tienen puntos en común y notables diferencias. Coinciden en haber estado entre los nominados a mejor documental en la reciente entrega de los Premios Oscar, donde finalmente ganó Mi maestro el pulpo, y en ser exhibidas en Netflix (la sudafricana como producción original de la plataforma de streaming). Y se diferencian en que mientras la chilena le da continuidad a una tradición del documental como cine de lo real, es decir, como una expresión artística vinculada a una indagación de lo humano en relación con lo social y político, Mi maestro el pulpo se relaciona con otra tradición: la de un cine explorador y aventurero que suscita en el espectador curiosidad por mundos que no están a su alcance o no pertenecen a su realidad más inmediata. Aunque hay puentes entre ambas tradiciones, se puede caer en la tentación de pensar que un documental que enfrenta una realidad como la vejez y la muerte es más relevante que aquel que se deleita en el espectáculo de la naturaleza.

En este caso no es necesariamente así. Mi maestro el pulpo y El agente topo son documentales impactantes cada uno a su manera. La película de Ehrlich y Reed no solo logra imágenes absorbentes del bosque de algas en las costas sudafricanas donde vive un pulpo hembra a quien llegamos a conocer y admirar. Lo que sorprende no es solo ese ejercicio de observación de un molusco y de cómo se desenvuelve con habilidad en su hábitat natural, sino la relación del hombre que mira con aquello que es el objeto de su mirada. Es un documental sobre la pulpa pero ante todo es el relato de una obsesión que el propio protagonista humano no duda en calificar de amor.

Mi maestro el pulpo ganó el premio Óscar a mejor documental. Foto: Netflix.

Craig Foster, el cinefotógrafo en quien recae la narración, es, si se me permite, excesivo y sentimentaloide, casi hasta el punto de hostigar. Sin embargo logra, al menos en mi caso, romper las prevenciones y defensas contra esa edulcoración. Quizá el punto de quiebre es cuando limita su deseo de intervenir a favor de la pulpa. Foster decide reconocer y respetar las dinámicas de un mundo no humano en el que su papel será, entonces, el de solo observador. Así, rompe un patrón de intervencionismo, incluso reconociendo que, como científico, lo mueven el deseo y el interés personal. Parece un personaje ingenuo pero en realidad no lo es. Y el documental tampoco. 

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El agente topo nos enfrenta a otras paradojas. El registro audiovisual de la residencia de ancianos  en la que se desarrolla la película, ¿es un hábil dispositivo para mostrar la realidad de la vejez con la apariencia de un documental pero con procedimientos y guiños de las películas de detectives y las comedias de situaciones? Finalmente poco importa. La película de Alberdi nos permite entrar a un mundo tan ajeno para nuestra mirada como el de los moluscos. El final de la vida también es sorprendente. De ambos documentales extraemos una suerte de verdad: toda forma de vida está signada por la lucha por la supervivencia y el dolor. Y aun así, la vida –humana o no– también produce belleza. Solo hay que saber mirarla. Y el buen documental siempre es una escuela de la mirada… y de la distancia justa.

@pedroazuluaga

7 Comentarios

  1. Son dos películas que comparten muchas cosas. Pero estando cada una en lados opuestos del mismo espectro. Comparten el espejismo de la ficción llamándose documental. Pero les atrae el canto de sirenas del guión y los personajes. Hace ya muchos años que la etiqueta “documental” no sirve ya. Muchos festivales han optado por obviarla y tener una única categoría (películas). Pero allá dónde el topo mantiene la dignidad, la pulpa se manifiesta en su total aceptación de lo peor de la ficción y la pornosentimentalidad de los gadgets cinematográficos.

    En cuanto al “gusto” como elemento para enfrentarse a las películas, diría que también es altamente superable como etiqueta. Me gusta creer que las pelis no nacen para “gustar” sino para hacer pensar. O así me enfrento yo al cine. Cualquier película puede hacerte pensar, incluso las que optan abiertamente por el entertainment. El “gusto” es una etiqueta tan extraña que prácticamente no significa nada.

  2. Dos documentales maravillosos pero Mi maestro el pulpo me hizo recordar mi infancia cuando veía esos pequeños documentales que nos traía Naturalia y nos demostraba que si uno quería historias fantásticas sólo tenía que observar de cerca a la naturaleza. Merecidismo Oscar.