‘Retrato de una mujer en llamas’: una física de los cuerpos que se atraen

Esta semana se estrena en Colombia el cuarto largometraje de la directora francesa Céline Sciamma, y que es mucho más que una película de época sobre la opresión y la resistencia histórica de las mujeres

Todo luce rígido y severo en Retrato de una mujer en llamas, el cuarto largometraje de la francesa Céline Sciamma, directora de películas anteriores más que buenas como Tomboy (2011) y Bande de Filles (2014), ambas con mujeres jóvenes –o que rechazan su feminidad– en el centro.

Esta vez, al menos al comienzo, parece tratarse de un convencional retrato de época de mujeres aprisionadas en pomposos vestidos y ademanes, que buscan con esfuerzo liberar  un gesto, una expresión o un sentimiento en un mundo de estrictos marcos y regulaciones.

Lea de Pedro Adrián Zuluaga: Amor constante más allá de la muerte

¿La gravedad es de la película y su mirada o del mundo histórico que representa? Sabemos muy bien que incluso el “cine de calidad” (esa qualité française de la que el propio François Truffaut  sospechaba en la década de 1950) ve algunos materiales del pasado con solemnidad. Y sí, no hay duda de que en esta película sobre el despertar del amor entre dos mujeres del siglo XVIII, una de ellas pintora, hay otra pasión oculta: el gusto por los temas serios y la búsqueda de la gran forma cinematográfica.

Retrato de una mujer en llamas es proclive a exhibirse a sí misma como una película reflexiva e importante, dirigida a la sensibilidad estética más refinada gracias a planos de hierática belleza y a sus ecos pictóricos. No faltan, ni mucho menos, los guiños a la filosofía y la historia del arte: “[Al volverse a mirar a Euridice] Orfeo decidió como poeta y no como amante. Prefirió su recuerdo a su presencia”, dice una de las mujeres en una discusión que la película recoge y que tiene el eco de aquel mito sobre el origen de la pintura como esfuerzo por restituir una presencia amada ausente.

La película no se agota, sin embargo, en la pomposidad, aunque es claro que esta le pesa. Quizá es una manera que tiene la propia Sciamma, como directora, de ubicarse críticamente frente un asunto que aborda –y cuestiona– en su película: por qué solo para los hombres pintores estaban reservados los grandes géneros.

Pues bien, Marianne, la pintora, contratada para encargarse del retrato de una dama, pinta también su propia Lección de anatomía (aquí aludo al célebre cuadro de Rembrandt): es el registro pictórico de un aborto que acaba de ocurrir. Al rememorar el procedimiento mediante la pintura, Marianne recuerda no solo su condición de opresión, sino su resistencia.

Las mujeres de la película, o al menos tres de ellas –las de mayor peso narrativo– se rebelan contra los destinos asignados a ellas: parir hijos, casarse, no ser artistas o producir solo un arte secundario. Retrato de una mujer en llamas muestra estas y otras subversiones femeninas.

Pero en el cine, como insistía Pasolini, la realidad se representa mediante la realidad misma, es decir, mediante signos vivos, no convencionales o simbólicos.

La otra gran protagonista de la película, la joven Héloïse, se opone a ser pintada en un cuadro que irá a parar a manos de su futuro esposo. Su rechazo inicial a pasar por el sometimiento de posar y ser modelo es otra forma de negarse a un matrimonio arreglado que le traerá apenas unas ventajas sociales y algunos momentos de consuelo.

También de Pedro Adrián Zuluaga: First Cow: un cine clarividente

Marianne debe actuar en secreto y observar intensamente a la retratada, para así guardar su memoria física y moral, y luego llevarla al cuadro. La relación entre las dos mujeres va a tener como centro inevitable la mirada. Es a través de los ojos de ambas que la película encarna.

La pomposidad filosófica pasa a un segundo plano y emerge la electricidad de dos cuerpos que se atraen, y que se buscan con una pasión muy consciente de su final inminente: el momento en que la pintora termine su encargo y el matrimonio de Héloïse con un noble milanés, finalmente sea un hecho.

Sería poco cortés anticipar más incidentes o desarrollos narrativos de la película. Al fin y al cabo, lo más interesante de ella está en otro lado. No en aquello que se puede traducir con palabras o expresar con ideas de la historia y la filosofía del arte, sino en una física de los cuerpos y los objetos: las formas de la luz sobre la isla donde ocurren los hechos, la expresividad encendida de los rostros de las protagonistas e incluso de mujeres anónimas a cuyos rostros la película se asoma, la música –culta o popular– que acompaña algunos momentos con maravillosa precisión (como si solo hubiese podido ser esa música en particular y ninguna otra). Curioso –o una muestra de lo aleatorio de los premios– pues que esta película haya ganado en Cannes como mejor guion.

Un tratado filosófico se puede escribir con palabras, sin dejar de ser emocionante e inspirador. Pero en el cine, como insistía Pasolini, la realidad se representa mediante la realidad misma, es decir, mediante signos vivos, no convencionales o simbólicos. Si quiero representar el agua, la muestro.

Por eso creo que Retrato de una mujer en llamas es mejor cuando muestra la realidad en sus formas exteriores que cuando quiere construir discursos o conceptos que sobre explican esa realidad. Los y las espectadores siempre nos hacemos ideas a partir de lo que vemos, sin necesidad de que la película nos indique cuáles.

En todo caso, se agradece de esta película que depare tanto placer visual unido al intelectual, o que demuestre que no son excluyentes.

4 Comentarios