‘The Underground Railroad’, una serie para no maratonear

Una serie que necesita tiempo para procesar su historia de esclavitud, explotación y violencia

El 14 de mayo se estrenó en Amazon Prime Video la miniserie The Underground Railroad, creada y dirigida por Barry Jenkins (el director y escritor de Moonlight), quien hizo una adaptación de la novela del mismo nombre ganadora del premio Pulitzer y escrita por Colson Whitehead.

Yo casi siempre prefiero leer los libros después de haber visto las series (o las películas), porque es más probable que, de esa forma, me disgusten menos las adaptaciones. Pero esta vez decidí leer el libro antes de ver la serie (recomendado, la prosa de Colson Whitehead es muy bella) y apenas lo terminé pensé: “¡Estoy lista! ¡Veré la serie en un fin de semana!”.

Pero con lo que me encontré fue con una serie tan impactante visual y emocionalmente, que es casi imposible de maratonear.

The Underground Railroad es la historia de Cora, una joven que nace en esclavitud en una plantación de algodón en Georgia y que escapa (saltando de estado a estado y huyendo de un cazador de esclavos llamado Ridgeway) con la ayuda del ferrocarril subterráneo, una red clandestina real de rutas y casas seguras que se organizó en el siglo XIX en Estados Unidos y Canadá para ayudar a los esclavos a escapar hacia estados libres.

Aunque en la vida real no había un ferrocarril real y la palabra se usaba porque los miembros usaban términos ferroviarios como código para referirse a sus actividades, en la serie Jenkins decide hacer material la metáfora y vemos a Cora pasar por estaciones subterráneas y por un ferrocarril y unas vías de hierro que salvan vidas.

Una serie como The Underground Railroad es precisamente de esas para las que se necesita tiempo

Pero más que una aventura de escape (que sí lo es) o un recordatorio de cómo Estados Unidos es un país armado sobre tierra robada con la explotación de cuerpos robados (que también lo es), es sobre todo un estudio de la mente de una persona a la que todo en su vida le ha dicho que cambiar sus circunstancias es imposible, pero que a pesar de todo no se detiene en busca de un hogar, de una identidad y de un sentido de pertenencia.

En la columna de hace dos semanas les hablé de por qué no me gusta la función de autoplay, esa reproducción inmediata de episodio en episodio que obliga a consumir desaforadamente las series en lugar de sentarnos a pensar un momento en lo que acabamos de ver.

Y creo que una serie como The Underground Railroad es precisamente de esas para las que se necesita tiempo. Tiempo para procesar la historia de esclavitud, explotación y violencia que es el hilo conductor de este continente.

Tiempo para apreciar la cinematografía, los colores, el vestuario, la banda sonora y los momentos de silencio.

Tiempo para analizar diálogos como ese en el que Cora pregunta quién construyó el ferrocarril subterráneo y el agente de la estación le responde: “¿Quién construye cualquier cosa en este país?”. Tiempo para sentir el dolor y la determinación de Cora que la actriz Thuso Mbedu transmite con una intensidad difícil de sacudirse de encima. 

En la serie, Jenkins y su cinematógrafo recurren cada tanto a un tipo de toma que me conmueve: un personaje o un grupo de personajes, completamente quietos, miran directamente a la cámara en medio de un escenario cotidiano que (por la luz, por la composición) parece una pintura.

Y como en los mejores retratos, es difícil leer con exactitud esas miradas que rompen la cuarta pared. Para descifrarlas, se necesita una pausa. Por eso les ruego que si van a ver The Underground Railroad, se tomen su tiempo.