‘Érase una vez en Venezuela’: la radiografía de un país polarizado y en crisis

La documentalista Anabel Rodríguez duró siete años siguiendo a los habitantes de un pueblo recóndito de su país y logró mostrar el ocaso de un paraíso; una sociedad que se deteriora por la polarización, el abandono estatal y la politiquería. Se puede ver en cines de Bogotá, Cali y Medellín. 

El Congo Mirador podría ser un pueblo mágico. Ubicado en el sur del lago de Maracaibo, en el occidente de Venezuela, cualquiera diría que tiene el potencial para ser una de esas joyas turísticas que atraen a miles de personas al año. 

Sus calles son de agua, los carros son lanchas y botes que hacen recorridos entre los barrios y las casas están en palafitos. 

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Si fuera por justicia poética, el pueblo debería ser uno de los más ricos de Venezuela, ya que está ubicado sobre una de las reservas de petróleo más grande del vecino país. 

Pero la realidad es distinta. El agua se está sedimentando y ya casi es tierra, los pobladores no tienen en dónde pescar ni qué comer y la polarización política, causada por más de 20 años de chavismo, dañó el tejido social, causó peleas y pervirtió la cultura política

Hoy el pueblo está casi abandonado y solo quedan unos cuantos pobladores. El resto cogieron sus casas, las montaron sobre dos botes y se las llevaron lejos. 

El pueblo debería ser uno de los más ricos de Venezuela, ya que está ubicado sobre una de las reservas de petróleo más grande del vecino país. Pero la realidad es distinta.

Algunos andan viviendo en pueblos cercanos, otros vinieron a Colombia y unos cuantos están en los barrios periféricos de Maracaibo. 

Pero el destino no quería que esta historia se quedara en el olvido. Por eso, coincidencialmente, la cineasta venezolana Anabel Rodríguez Ríos encontró el pueblo en 2012 mientras buscaba información sobre el relámpago del Catatumbo, un fenómeno natural silente, que se da en el lago de Maracaibo. 

Y lo que al inicio iba a ser un cortometraje sobre un barril de petróleo nadando por el lago, pronto se convirtió en Érase una vez en Venezuela, un documental sobre cómo el paraíso se estaba convirtiendo en un infierno. 

Una producción que se filmó durante siete años y que ha rotado por los mejores festivales, como Sundance.  

Una metáfora del país

Érase una vez en Venezuela muestra, de forma cercana y dolorosa, el deterioro del Congo Mirador. Aunque aparecen múltiples personajes y varias caras, las protagonistas son dos: Tamara Villasmil, la coordinadora del PSUV y la chavista más reconocida del pueblo, y Natalie Sánchez, la maestra de la escuela y miembro de la oposición. 

Tamara quiere sacar a Natalie de la escuela por su posición política, mientras ella lucha contra la falta de recursos y de ayudas (que no le llegan) para educar a los niños. 

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En el medio de ambas, aparecen varios personajes: una niña que no quiere ser sexualizada ni casarse tan pequeña (como su hermana), un músico anciano que quiere dejar constancia de sus canciones y los líderes del pueblo, que luchan contra la burocracia local (del estado Zulia) y nacional para conseguir el dragado. 

“Vimos un pueblo con una forma de vida única y con un universo de gente único. Y era como una metáfora de todo lo que estaba pasando en el país, en nuestras comunidades y en nuestras familias. Divisiones radicales por la ideología, desesperanza, migración, deterioro social, pobreza”, le dijo Anabel Rodríguez a Diario Criterio.  

Su cámara lo registra todo: como la polarización avanza mientras el tiempo pasa, como la desesperanza va ganando terreno y como el pueblo se va quedando cada vez más desocupado. De hecho, es recurrente la imagen de casas montadas sobre lanchas, que se las llevan lejos. 

Populismo y corrupción

Érase una vez en Venezuela muestra como Tamara y otros líderes chavistas intentan conseguir la atención de las autoridades. Pero la promesa del dragado nunca se cumple. 

Tráiler de ‘Érase una vez en Venezuela’

En medio de ese abandono, se dan las protestas estudiantiles de 2014 y las elecciones parlamentarias de 2015, en las que pierde el chavismo, pero que Maduro burla luego creando una Asamblea Constituyente que reemplaza la asamblea de oposición. 

“Estuvimos grabando en un periodo de tiempo en el que hubo un gran malestar y una gran rebeldía por parte de la gente. Y más o menos lo que estaba pasando, nosotros lo veíamos en un sentido más alegórico y apartado, en una realidad muy concreta”, cuenta Rodríguez. 

De hecho, la compra de votos, la venta de conciencias, el intercambio de favores a cambio de apoyo político pasan frente a la cámara como si los pobladores no supieran que están haciendo algo malo. O por lo menos mal visto. 

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“De toda la experiencia que tuve, a mí como ciudadana, eso es lo que más me preocupa, la naturalización de la corrupción, que la corrupción se considere algo de valor para la sociedad”.

Al final, el deterioro de la calidad de vida, de las relaciones sociales, de espacios físicos como la escuela es evidente. Así como el abandono estatal. 

De hecho, la escena cumbre del documental es una reunión de Tamara Villasmil y otros líderes chavistas con el gobernador del estado Zulia de ese entonces, Francisco Arias Cárdenas.

“Lo mismo que estaba pasando en el país, nosotros lo veíamos en un sentido más alegórico y apartado, en una realidad muy concreta”.

En una imagen memorable de demagogia y populismo, Arias Cárdenas comienza a prometer cosas que, todos saben, no podrá cumplir. Y al final, en otra metáfora, interrumpe a Tamara cuando ella le estaba hablando de la importancia del dragado. Una llamada es más importante. 

Una película para unir

Para Anabel, la cinta no es tanto una crítica política, sino un llamado a la unión y en contra de la polarización. Ella misma vivió el proceso: comenzó a filmar llena de rabia contra el gobierno y los chavistas, y al final terminó dándose cuenta de que las divisiones no sirven para nada. Todos en el pueblo son víctimas, tanto los chavistas, como los antichavistas

Ella misma terminó siendo prácticamente amiga de Tamara, la líder del PSUV en el pueblo.

“Nuestro acercamiento fue un proceso prácticamente antropológico. Llevábamos dos años grabando y no habíamos logrado tener acceso a ella. Pero lo logramos por casualidad: la casa en la que nos estábamos quedando se mudó, y la única que daba hospedajes era ella. Ese negocio nos abrió la puerta y en pocos meses evolucionó en una relación cercana”, cuenta. 

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Tiene una relación similar con el resto de protagonistas. Todos, de hecho, ya salieron del pueblo e intentan probar suerte en otros lugares. Natalie, la maestra, vive en una finca cerca al río Maracaibo y está embarazada. 

La niña vive en un barrio de Maracaibo y ya está en plena adolescencia. Mientras que Tamara, sin el liderazgo que tenía en Congo Mirador, intenta abrirse camino en un pueblo llamado Santa Bárbara.

Ella ya vio el documental en streaming, pero ha estado reacia a verlo en público (han hecho algunas proyecciones en Venezuela). Y todo porque no entiende cómo es posible que quienes la han visto digan que la maestra es la buena y ella, la mala.

La polarización política acaba con la unidad del pueblo. Al final, todos sufren por culpa del abandono del Estado y la politiquería.

Érase una vez en Venezuela, sin embargo, ya logró algo inédito. Unir a la academia de cine de Venezuela (conformada por cineastas chavistas y de oposición), que la eligieron en unanimidad para representar a su país en los premios Óscar

Aunque no quedó entre las finalistas, esa noticia llena a Anabel de esperanza. “Lograron encontrar un discurso común y ponerse de acuerdo en que esta historia nos representaba a todos”, dice.

Puede ver Érase una vez en Venezuela este fin de semana en el Museo La Tertulia, de Cali y en la Cinemateca de Bogotá. También estará en una pantalla al aire libre en Parques del Río, Medellín, el 30 de junio. 

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