Marina Abramovic, 50 años llevando al límite el cuerpo y la mente

La polémica artista serbia, considerada por muchos la reina del performance, ganó el premio Princesa de Asturias de las Artes 2021. Un recuento de su carrera.

Aunque muchos ya consideran a Marina Abramovic una de las grandes representantes del arte contemporáneo, e incluso se puede decir que hace parte de la cultura popular, hay críticos, artistas y expertos que aún la miran de reojo. “¿Qué tiene eso de arte?”, preguntan espantados ante sus performances provocadores.

Pero ante las dudas, Abramovic, quien ya tiene 74 años, sigue cosechando seguidores, distinciones y galardones. Este miércoles, por ejemplo, fue seleccionada con el premio Princesa de Asturias de las Artes 2021, un logro que ella calificó en entrevista con EFE como “emocionante”. 

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Y no es para menos: al inicio de su carrera la llamaban loca e incluso amenazaban con meterla a un manicomio. Pero de unos años para acá, los videos de sus performances han sido exhibidos en museos como el MoMa (el Museo de Arte Moderno de Nueva York) y ella se ha convertido en una figura de la talla de Lady Gaga o Jay Z, con quienes tiene una gran amistad. 

No en vano la llaman “la abuela del performance”, la mujer que logró sacar al arte experimental -ese que se hace llevando el cuerpo al límite e interactuando con la audiencia- del nicho en el que estaba y lo llevó a las grandes ligas. 

Sus inicios: sangre y dolor

Abramovic nació en Belgrado en 1946, cuando la hoy capital de Serbia era parte de la Yugoslavia del mariscal Tito. Su abuelo había sido un patriarca de la Iglesia Ortodoxa Serbia que incluso fue embalsamado. Y sus papás, dos partisanos comunistas de la Segunda Guerra Mundial a los que todos consideraban héroes de la patria. 

Ella creció entre el régimen y la disciplina casi militar de sus papás (que pocas muestras de cariño tenían con ella) y los cariños de su abuela, una mujer muy religiosa y espiritual. Ambas facetas moldearon su personalidad. 

No en vano la llaman “la abuela del performance”, la mujer que logró sacar al arte experimental del nicho y lo llevó a las grandes ligas. 

Entró a estudiar en la Academia de Bellas Artes de Belgrado y en la de Zagreb, pero la mayor parte de lo que aprendió lo hizo afuera, con sus amigos y compañeros. Con ellos estudiaba a los conceptualistas estadounidenses (como Joseph Koshut) y participó en las revueltas estudiantiles de 1968. 

Desde el inicio, sus obras fueron polémicas. En la primera, Ritmo 10, de 1973, cogió una serie de cuchillos y con ellos se golpeó de forma rítmica entre los dedos de sus manos. Esa acción quedó grabada en una cámara de video, así que luego intentó repetir lo que había ocurrido de forma exacta, incluyendo las cortadas y las heridas. 

La que le generó más fama, sin embargo, fue Ritmo 0, de 1974, en la que probó los límites del público. Ella se sentó, inmovil, frente a una mesa con 72 objetos, mientras los espectadores tenían la libertad de hacer lo que quisieran. 

Algunos de esos objetos  producían placer y otros dolor: plumas, cuchillos, látigos e incluso una pistola con una bala. Ella quería revelar que, si se sienten libres y nadie se los impide, las personas se pueden convertir fácilmente en monstruos

Y lo logró: al inicio los espectadores fueron cariñosos y curiosos, pero ante la pasividad de la artista se transformaron: la cortaron, le pegaron, la desnudaron, le escribieron obscenidades en el cuerpo, le clavaron espinas de rosa y una persona incluso le apuntó con el arma. 

“Se creó una atmósfera agresiva. Después de exactamente 6 horas, como estaba planeado, me puse de pie y empecé a caminar hacia ellos. Ahí si todo el mundo salió corriendo, escapaban de una confrontación real”, explicó después sobre ese día. 

Sus trabajos con Uwe Laysiepen y la fama

Sus primeros performances intentaron llevar su cuerpo (y a su mente) al límite. Ella quería sobrepasar el umbral del dolor y decía que así llegaba a un estado de control total. Además siempre probaba al público, que participaba activamente en sus obras. 

“Creo que la performance es una forma inmaterial de arte y muy difícil, tiene una capacidad increíble de cambiar al observador, de transformarlo”, explica. 

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Durante la segunda etapa de su carrera, en cambio, exploró más las relaciones afectivas. Fue cuando se juntó con el artista alemán Uwe Laysiepen, más conocido como Ulay, en Amsterdam, quien se convertiría en su pareja por varios años. 

En una de sus presentaciones juntos, ambos artistas unieron sus labios y comenzaron a respirar el aire que salía de la boca del otro, sin separarse. Unos 20 minutos después, cayeron desmayados por el dióxido de carbono. Y todo eso para mostrar, a través de un performance, como alguien puede absorber la vida de otra persona y destruirla. 

En otro de los más famosos, corrieron desnudos por un museo, estrellándose y tocando a los espectadores. Y en el último de sus trabajos, en 1988, cada uno se ubicó a un lado distinto de la Muralla China y caminaron hasta que se encontraron en la mitad. Fue una despedida literal, ya que él le había sido infiel con la traductora. 

Al inicio los espectadores fueron cariñosos y curiosos, pero ante la pasividad de la artista se transformaron: la cortaron, le pegaron, le clavaron espinas de rosa y una persona incluso le apuntó con el arma.

Abramovic, sin embargo, se volvió aún más famosa sola. Ganó el León de Oro en el Festival de Venecia de 1997 y luego  hizo presentaciones en el museo Guggenheim de Nueva York. 

“Toda mi vida he estado luchando para poner el performance en el arte convencional porque al principio todo el mundo ridiculizaba esta forma de arte. Pero hoy puedo ver que hemos sido aceptados en el arte convencional”, dijo ayer, cuando se enteró de su nuevo premio.

El poder de la mente

A partir de los años 2000, en sus performances comenzó a trabajar más con la mente y la meditación, que con el cuerpo. Ya no había tanta desnudez, tanto dolor ni tanta sangre, ahora lo que quería era llevar su mente al límite. 

Su obra más famosa, de hecho, es La artista está presente, que presentó en el MoMa en 2010 durante una retrospectiva de toda su carrera artística. Y que luego se convirtió en un documental de HBO con el mismo nombre. 

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Ella se sentó en una silla frente a una mesa durante 736 horas (ocho horas al día, seis días a la semana, durante tres meses) inmovil, mientras personas del público se sentaban frente a ella y los miraba fijamente. No podían mediar palabra

Allí vivió uno de los momentos más emotivos de su carrera. Uwe (Ulay), a quien no veía desde 1988 en la Muralla China, apareció entre el público y se sentó frente a ella. Cumplió su promesa de no hablar, pero no pudo evitar llorar ni agarrarlo de la mano, ante el aplauso conmovido del público. 

Desde ese momento, Abramovic entró a una especie de hall de la fama en la cultura popular. Comenzó a trabajar con artistas como Lady Gaga y aparecía tanto en las revistas de arte, como en las de chismes y farándula

Sus críticos aprovecharon esa circunstancia para cargar contra ella, pero ni siquiera eso le hizo mella. Ahora, a sus 74 años, obtiene uno de los premios más importantes en el mundo de la cultura y todo indica que su nombre y su fama seguirán creciendo. 

Algo es seguro: ya hace parte de la historia del arte. 

4 Comentarios

  1. Quisiera recordarles a todos los que admiran y aprecian a Abramovic, como yo misma, que “Ritmo 0″esta emparentado con el performance de Yoko Ono “Cut Piece” de 1965. Disponible tambien en Youtube y el proposito de ambas mujeres era muy similar.

  2. El performance de Yoko Ono “Cut Piece” presenta un limité a la hora de dejar que el público corte su ropa, ella no deja que el público develara su sentir e intenciones, sin embargo Abramovic no pone su persona por encima del performace, ella dejó que hicieran consigno lo que quisiera.