La historia de un Dorian Gray al revés asomado por la ventana

Un análisis de ‘Ventana o pasillo’, el nuevo libro de la escritora colombiana Consuelo Triviño.

Por Hernán Darío Correa

Esta es la novela de la venganza del ser sobre el escribir como trampa-destino. El desciframiento del mundo del exilio en todos sus sentidos posibles: el exilio de la infancia, del padre, del país, de los días que uno tras otro son la vida, de una época en la que quisimos comprender y transformar el mundo al mismo tiempo y va dejando paso a otra, aún no esclarecida, en medio del humo de unas narrativas engañosas sobre nuestros conflictos y nuestra historia. 

Se trata de un diálogo sin concesiones entre quien se piensa y al mismo tiempo revisa qué le va pasando a su rostro mientras se suspende para pensar y escribir, descifrado en ese espejo revelador que son las ventanas que enmarcan el paisaje, pero al mismo tiempo reflejan a quien se asoma hacia el más allá.

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Una historia de vida de su autora, que va dejando la piel hasta quedar en carne viva, salvada por la poesía con la que narra, y al mismo tiempo despojada de las trampas del lenguaje como lujo o como mentira encubridora. Es una intensa crónica resuelta narrativamente como lo opuesto al género barroco, que como se sabe interioriza y extrema las imágenes del mundo abandonado pero anhelado hasta la saciedad por el escritor profesional; y distanciada de forma explícita de la existencia romántica del intelectual auto-elegido para cubrir de palabras los abismos de los días.  

Una parábola que va fraguando una aguda mirada sobre su tiempo, apoyada por el lenguaje de quienes buscaron antes en los libros las claves de sus propios abismos, mediante citas y dichos que le permiten a su autora ir escalando la aventura de descubrirse a partir del uso del idioma que la ha traído hasta la altura de su saber y de sus años, y que ha ido puliendo hasta palpar la plenitud de “un presente continuo”, el de la rebeldía del ser que ha interpelado a lo largo de su vida a su doble escritor, un Dorian Gray al revés, que resulta derrotado al ser descubierto en su vejez maquillada mientras se asoma a la ventana:

“Mi venganza es que no te necesito para respirar, que una parte de mi tiempo ya no te pertenece, que el nosotros incluye ahora a ADV, con quien comparto las horas del día, el tiempo de la lectura y la travesía en busca del aire que nos falta, para regresar luego, cada uno a su página en blanco, como quien abre un nuevo paréntesis. He conseguido poco a poco ocupar el territorio que pensabas poseer. He invadido tus campos, crucé tus fosos, trepé por las murallas, conquisté tus castillos, descubrí a tus espías, destruí tu armamento. Me he constituido en un ejército triunfante pero benévolo. Desfilo con las banderas al viento y la música, aunque sin marcar el paso, porque ahora sé que te quiero como fuiste y voy a seguir caminando contigo cuando regrese a casa…”. 

Para ello, la novela se propone desde el desciframiento del álbum de fotografías filiales, y al mismo tiempo de las palabras que ataron a una generación que quiso cambiar el mundo desde las doctrinas, y de las pasiones más profundas y extraviadas de quienes quisieron matar a la familia como principio de toda acción y de toda verdad, sin descifrar sus propias verdades, es decir, sin comprender los designios afectivos y sus formas de vida más allá de sus violencias y sus rituales patriarcales. 

Una historia de vida de su autora, que va dejando la piel hasta quedar en carne viva, salvada por la poesía con la que narra.

Es la historia de la búsqueda de una habitación propia por parte de una joven de los años setenta, que atisba desde su nicho interior y su estupor esos extravíos:

“Lejana e irreal, ahora te veo atravesar el Jardín de Freud de la mano de aquel muchacho. Espejismo llamado amor que ocultaba la orfandad tras la muerte de la familia. Represiones, negaciones e introyecciones lo que nos hacemos a nosotros mismos. ¿Nos defendemos de la tradición para abrazar luego la identidad de un grupo?” (285); 

y se reafirma en el reiterado camino del exilio hacia España, y de la adopción de un destino: el de la escritura, cuya persistencia le va dejando las claves de sí misma, de su generación y del país entero: 

Una fotografía familiar de un niño muerto que se asoma desde su estrecho catafalco y enfrenta al presente de quien relata, con todo el peso de las carencias de la pobreza y del abandono paterno, y de la impotencia de una madre luchadora que batalla sin cesar contra la inmensa cuesta de la miseria y de la exclusión social. 

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Una figura paterna evanescente pero lúcida que va sucumbiendo ante la vagancia como protesta inocua, y la violencia que lo asalta hasta dejar deshechas las telas de su oficio de sastre y de su propia vida.

Esa misma madre, enfermera de profesión, en cuyo compromiso con el día a día de su prole y con la gente de su aldea azotada por violencias domésticas, sociales y políticas, se impone a sí misma la cruel alternancia de la costura como recursos doméstico y quirúrgico:

“¡Cuántos heridos cosiste, Madre mía!, te dices, como si lo hubieses soñado. Ella los cosía, cuando no tejía colchas de crochet donde quedaban atrapados los sueños para sus hijos” (117).

Y que a la postre le propone a su hija el destino de remplazar al padre en el cuidado y la manutención de sus hermanos, prolongando al infinito los designios familiares, paradójicamente afincados y develados en el lenguaje mismo. Conminación y potencia libertaria anudadas que solo podían conducir al exilio, y al eterno retorno: 

Se reafirma en el reiterado camino del exilio hacia España, y de la adopción de un destino: el de la escritura.

“El peso de la tradición familiar descansaba en los versos, en las sentencias y refranes que iban de boca en boca. Entonces, ¿cuál es el origen de tu desarraigo? ¿No eran tan poderosas las raíces? ¿Te angustiaba preguntarte dónde estaba el hogar? Tu problema sería siempre dónde arraigar” (125). 

“Por un lado estaba la escritora, exigiendo espacio, reclamando experiencias; por otro, la persona buscando ser feliz. Por encima de la necesidad, estaba la dignidad, el derecho a ser yo misma, a forjarme un destino lejos de los condicionamientos de clase, de lugar de nacimiento, de las imposiciones culturales, de la violencia cotidiana, de las cargas que arrastraba la infancia (174). 

 “Como siempre que escribes, te parece estar en Colombia, recuperas el léxico de infancia, aquellas palabras que saben a leche recién ordeñada, al banco de madera donde nos sentamos a comer los plátanos, a ese dolor caliente que envuelve y nos trae la raíz de ser”. (109)

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Lenguaje profundo de los dichos y de las frases que condensan los aromas y las texturas primordiales, recreadas a través de versos y sentencias que han marcado de forma indeleble la piel de quien se busca en esa complejidad de su historia personal en un país asolado una y otra vez por la violencia, y por el desprecio de clase recreado muchas veces como distinción desde la ciudad letrada. Con esguinces reveladores, como el de la pregunta con que Gonzalo Arango remata su carta a Desquite, quien reemplaza la palabra sudor de la famosa frase de Churchill, por dolor: 

“´Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir? (…) Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas’. Palabra de profeta”. (116).

Esta novela, a su vez ventana y espejo, escrita en España después de cuatro décadas de habitar las calles de Madrid donde se fraguó esa otra tradición del lenguaje poético tejido desde el Siglo de Oro, nos asoma al fondo de nuestros profundos nudos de violencia y neurosis, descifrados desde una especie de heroísmo lírico persistente y discreto, antagónico del heroísmo épico con que se entregó al martirio toda una generación; con base en esa potente metáfora del lugar que escojamos para el viaje de nuestra propia lectura: Ventana o pasillo… 

“Por un lado estaba la escritora, exigiendo espacio, reclamando experiencias; por otro, la persona buscando ser feliz”.

El pasillo como la ausencia de padre, y de país: “Sin el padre caminamos a tientas por los pasillos de una desconocida casa” (293). 

La ventana, como aquello con que aquella joven ya madura interpela a la escritora que ha perseguido y que ha llegado a ser: 

“La ventana te permite escapar dentro de ti misma, mientras el pasillo ofrece una aparente libertad. Estas elecciones ilustran lo que eres ante las opciones que la vida ofrece. La escritura como ventana, te sujeta a una página, en una cápsula, que puede ser la habitación propia en la que te refugias y donde buscas la materia literaria. Los pasillos se abren ante ti enseñándote un camino repleto de bifurcaciones que son como las vidas que no viviste. Aquellas historias mías tú las descompones, las secas, las resumes o amplías, las vuelves irreconocibles, y así mi vida pasa a ser la tuya o yo quedo solo transformada en cadena de palabras y conjuntos de párrafos. Busco sin cesar y entre lágrimas dónde quedó aquel hermano muerto en el que pienso a veces y tú olvidas en el mundo ficticio que pretendes construirme”. (278).

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“Tú empezaste este cuento, pero a mí me corresponde escribir el final” (293).    

3 Comentarios

  1. Hermosa reseña que debe de corresponder a la calidad de esta obra, que remite claramente a la primera novela de su autora: Prohibido salir a la calle.

  2. Me gusta mucho la reseña y me empuja el deseo de leerla. Cuanta vida compartida parece haber en esas páginas. Gracias Consuelo Treviño, Gracias amigo Hernan Darío por seguir nutriendo el camino literario colombiano con tan buenas vitaminas.