Volver a La Candelaria bajo los ecos misteriosos del poema ilustrado

El libro ‘Y fue entonces’, de Helena Iriarte e Iván Rickenmann, está lleno de evocaciones del colonial barrio del centro histórico de Bogotá.

Por Hernán Darío Correa

Quienes crecimos en Bogotá y transitamos por el barrio de La Candelaria, sabemos que desde los recodos más profundos de sus callejuelas, y desde los rincones más íntimos de sus casonas, asoman presencias, aromas, densidades de luz y de humedad que rutilan bajo la luz de la luna que corona los Cerros Orientales, o que emanan desde la penumbra de las oquedades apenas esbozadas por la media luz de sus farolas, cuando las nubes se cierran y descienden hasta sus adoquines.

Imágenes del libro ‘Y fue entonces’, editado por Babel

A comienzos de los años setenta tuve la fortuna de asistir, a veces noche tras noche, a las puestas en escena de obras como Las monjas o Divinas palabras, de la por entonces llamada Casa de la Cultura -años después Teatro de La Candelaria-, y siempre me sobrecogía, a la entrada y a la salida, el tránsito hasta o desde su sala ubicada en lo profundo de la casa colonial, que aún es su sede, pasando por la cocina, el patio y los cuartos laterales, que imponían un ambiente en el cual la historia representada se prolongaba a través precisamente de ese ambiente entre onírico y real de vetustos tiempos urbano y doméstico confundidos y detenidos entre el frío y la penumbra de sus corredores…

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Cuando María Osorio y Silvia Castrillón me obsequiaron este libro de Helena Iriarte, escritora, e Iván Rickenmann, dibujante, nunca imaginé que la densidad de sus relatos -Helena con una prosa poética que se desliza por las calles a la manera de la Historia de la noche o de Fervor de Buenos Aires, de Jorge Luis Borges, a quien evoca de forma discreta o cita para descifrarse y descifrarnos; e Iván con sus dibujos al carboncillo-; que ambos, haciendo honor al nombre de la colección de Babel en que se inscribe este libro (“frontera ilustrada”), cruzaran las fronteras de sus artes y se entrelazaran tan dulce y misteriosamente en un deslizarse de la memoria por un doble juego narrativo, yendo y viniendo por los lugares y los tiempos de la vejez o de la infancia, por el presente o por la antigüedad de los abuelos, por la vigilia y el sueño, o por los recuerdos personales y las presencias urbanas, con una intensidad que lleva a la narradora a configurar sus recuerdos como una representación teatral que abre y cierra sus puestas en escena con el abrirse de cada capítulo y cada página, donde se registran al unísono los antiguos y nuevos pasos de la escritora, del dibujante, de las editoras y del lector, por los corredores, las cocinas, los patios y las calles de aquel barrio, y las más entrañables presencias…

Como una magia, este libro anuda esas memorias bajo un título que se abre como un telón: Y fue entonces, dejando abierta la significación de la vida vivida, de la vida recorrida en la escritura, reinventada en el dibujo o en la tarea editorial, recreadas finalmente en la lectura como un asombroso regreso a esos parajes que al final ya no se sabe qué ecos nos devuelven…

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Y ahora, ya bien entrados mis años después de aquellas aventuras inciertas de las divinas palabras, terminando el libro, leo en las de ahora: “El teatro va quedando vacío y la gente que asistió a la representación se ha ido: las luces se apagan, baja el telón y yo aquí, en medio de una hilera vacía de silla vacías, me siento muy sola y como no sé adónde ir, ni dónde está la salida, me acerco al escenario para llamar a los personajes de la obra que acabamos de ver y decirles que vengan conmigo a la casa; allá podrán hablar con tranquilidad porque nadie, salvo yo, los estará oyendo; puedo prender la chimenea porque está haciendo frío, leerles algo de lo que estoy escribiendo y que me digan lo que piensan… lo que sabíamos todos o lo que yo recuerdo y ahora escribo a mi manera. Entonces podremos pasar estas horas que aún quedan de la noche, ya sea en silencio, o bien hablando de cosas absurdas y evocando tranquilamente lo que pasó hace mucho tiempo… Me arrodillo a prender la chimenea y espero que las llamas comiencen a chisporrotear contra los troncos: el rostro de papá parece bronce por la luz que da el fuego y como entonces, se sienta en la poltrona de siempre, al lado de la lámpara que aún está encendida, y sus ojos “Ya escapan de su ayer a su mañana Ya miran en el tiempo, ¡padre mío!, Piadosamente mi cabeza cana. “Repito en voz baja el poema, y me siento a su lado…”.

Helena Iriarte-Iván Rickenmann. Y fue entonces. Bogotá, Babel, mayo de 2021 (Novela literaria y gráfica).

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