De diálogos fallidos

Voces progresistas, Universidades, oenegés, gobernantes locales han insistido en que el diálogo es la única salida para que el “estallido social”, que se viene dando en Colombia, pueda dar lugar a transformaciones urgentes en el país. Y evidentemente concuerdo. El diálogo es el camino. ¿Pero qué tipo de diálogo? Lo pregunto pensando en conversaciones que quedan fallidas, incluso antes de iniciarse, o en aquellas que no llevan a cambios importantes. Y ante el fracaso vienen las culpabilizaciones, y sus recriminaciones improductivas.

Quizá haya que escuchar el estruendo de los fracasos (la etimología aquí es significativa: ‘fracassare’ significa “romper”, “estrellarse”, y “quedar en medio de una sacudida”), para realmente avanzar, como se espera. Pero hay visiones dominantes sobre la deliberación que no han asumido la sacudida, que impone lo fallido, y no han quebrado presupuestos que, una y otra vez, bloquean los espacios de conversación.

Puede leer otra columna de Laura Quintana: La violencia del hombre bueno

Primero, es muy difícil que el diálogo pueda funcionar cuando se entiende la movilización como un estallido ciego, en espera de soluciones, y que debe conducirse o normalizarse a través de canales institucionales dados. Y cuando se asume que se trata de atemperar a jóvenes rabiosos, para contentarlos con la escucha y llevar lo escuchado a otras instancias que los traducirán en políticas públicas predefinidas. A fin de cuentas, se piensa, es una protesta joven que necesita formación por parte de la academia o de expertos que la puedan encauzar.

Estos supuestos niegan la agencia de lxs manifestantes, lxs infantilizan, es decir, inferiorizan y reproducen entonces unas condiciones de desigualdad contra las que ellxs también protestan. Así se pierde de vista toda la capacidad creativa y propositiva de las movilizaciones y la manera en que estas pretenden lograr alteraciones institucionales estructurales.

De hecho, no puede darse un verdadero diálogo si no se reconoce la igual capacidad de quienes conversan. Pues cuando atiendo al otro como un “pobre desafortunado al que oigo a ver cómo se le puede ayudar para que deje de molestar”, se lo desprecia con condescendencia y sólo se da la expectativa de capturar rápidamente lo que se oye a través de criterios que ya se han asumido previamente como válidos. En esas condiciones no se da un encuentro entre quienes disienten, sino la pretensión de resolverlo rápidamente, neutralizando el conflicto.

También le puede interesar: Cuerpos expuestos y autoritarismo irrealista

Desde tal visión anti conflictual, si quienes protestan quieren ser escuchados, o bien tienen que acogerse al orden de cosas establecido, es decir, dejar de ser críticos; o bien, modular su afectividad en los marcos de expresión aceptados y protestar por la acera, no parar el tráfico, pedir permiso para manifestarse, abrazar a los agentes del orden; o bien tienen que acomodar sus propuestas al programa de un partido ya organizado. Esto quiere decir que la inteligibilidad y la escucha sólo se logra al dejar de sostener una visión realmente alternativa.

Sin embargo, el diálogo democrático debería comprenderse como un espacio complejo, expuesto a tratar a fondo el conflicto. Por ejemplo, las personas que se manifiestan hoy están poniendo en cuestión un modelo neoliberal para administrar los asuntos económicos y sociales, y una comprensión del desarrollo y del bienestar, que ha traído enormes efectos desigualitarios. Pero si hay diálogo verdadero no puede asumirse que el espacio de conversación funciona desde ese modelo, que los problemas y soluciones se interpretarán desde este. Pues quienes protestan no piden simplemente la integración en un orden que los ha excluido, sino que cuestionan justamente este mismo orden y sus exacerbados efectos de marginalización.

Además, lxs manifestantes han sufrido múltiples formas de violencia por parte de instituciones estatales que, además, han criminalizado la movilización social y han reducido sus exigencias y propuestas a expresiones vandálicas que no merecen sino un tratamiento policial o militar. Se requiere evidentemente evitar estas lógicas anti democráticas, analizar las razones estructurales que han estado en juego en estas violencias, cómo han cerrado instancias de conversación transformativas, para terminar en cambios superficiales, y promesas incumplidas. Por eso, hoy más que nunca, hay que empezar por reconocer el estruendo de los fracasos.

Seguir leyendo: Gobernar para la guerra

3 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio