¿De qué sirve la memoria histórica?

La historia y la memoria parecen confundirse, pero no son la misma cosa. La historia es la ciencia que revisa el pasado y a esa revisión le exigimos que sea hecha con la mayor objetividad posible. La memoria, en cambio, es un intento, por parte de una persona o un grupo, o una institución o un Estado, de ir hacia atrás y sopesar algún acontecimiento que ha marcado traumáticamente el presente que vivimos.

En tal perspectiva, se hace un ejercicio de memoria histórica cuando asistimos a testimonios de hombres que fueron torturados y masacrados, cuando escuchamos versiones de los victimarios, cuando auscultamos fosas comunes, cuando recorremos un museo levantado para confrontarnos con la ignominia humana y sus diversas facetas.

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Al plantear esta diferencia, quizás, se desprenda un tipo de supremacía por parte de los discursos científicos. Pero tanto la historia como la memoria la ejercen seres humanos. Y no hay nada más circunstancial y veleidoso que lo que hacemos nosotros frente al modo conflictivo en que transcurrimos en el tiempo y en los espacios. Es cierto que la memoria, como dice Tony Judt, ejecuta manifestaciones sobre el pasado y ellas terminan siendo parciales, insuficientes, selectivas. Pero cómo negar que el historiador, así esté amparado por una respetable tradición académica, se ve constreñido frecuentemente por principios políticos, nacionalistas y religiosos.

La memoria histórica es algo más o menos reciente. Lo hombres antiguos, los medievales, los renacentistas y hasta los modernos, se han referido a ambas categorías, pero no las han entendido como se hace hoy. En Europa tiene que ver, sobre todo, con la recordación del holocausto. En América Latina se enlaza con los crímenes cometidos por las dictaduras militares. Los argentinos, de alguna manera, son precursores con el informe sobre los desaparecidos y las denuncias efectuadas por las Madres de Plaza de Mayo. En España, la memoria histórica ha indagado en la guerra civil y en las formas en que el franquismo eliminó a la oposición republicana. Los franceses y los alemanes, en particular, han confrontado el nazismo y los campos de concentración. Los países del antiguo bloque comunista, la represión estalinista y el establecimiento de los gulags. Pero toda esta recordación de pasados terribles y más o menos cercanos, ha arrojado la memoria histórica más atrás: hacia los crímenes cometidos contra los afrodescendientes, contra las poblaciones nativas, contra las mujeres y los niños, contra las minorías sexuales.

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En lo que tiene que ver con Colombia, todo inició con la creación de Justicia y Paz, en 2005, y el Centro Nacional de Memoria Histórica, que es su consecuencia. Desde entonces hemos entrado a la práctica continua de la memoria histórica. De esa fecha hasta ahora, nos hemos llenado de congresos, museos, cátedras, documentales y publicaciones de diferente tipo. Y esta coyuntura se ha incrementado todavía más con los acuerdos de paz firmados entre el Gobierno y las Farc, en 2016. Ejercer la memoria histórica se ha convertido, sin duda, en un imperativo ético que necesitamos como colectividad. Al practicarla, nos sentimos dignos, solidarios con los agraviados, y creemos que así sorteamos mejor el duro presente que vivimos. Aunque también se ha venido manifestando una especie de moda cultural. Algo semejante sucedió en la Francia de los años noventa del siglo pasado cuando este país se distinguió por su frenesí de liturgias históricas y su manía conmemorativa del pasado. Si se nos calificara, a ambos países, por la cantidad de eventos memoriosos, ganaríamos un primerísimo puesto cada uno en su respectivo periodo.

Víctimas del conflicto armado en Colombia en acto de memoria en Bogotá - AFP
Víctimas del conflicto armado en Colombia en acto de memoria en Bogotá – AFP

No deja de rondarme, sin embargo, la idea de que hay algo contradictorio en este horizonte. En Francia, los intelectuales, la academia y una buena parte de la sociedad civil, miraban el holocausto judío y todo debía apuntar a que no podía repetirse ese espantoso descalabro. Pero, al mismo tiempo, el Estado francés vendía armas por doquier, contribuía a que el genocidio en Ruanda fuese una realidad de espanto, y en la patria de la declaración de los derechos humanos la xenofobia, el racismo y la segregación aumentaban considerablemente.

En Colombia, guardadas las distancias, se observa un caso parecido. Vamos al pasado para hacer los balances de la guerra que ha sufrido el país en las últimas décadas. Contamos masacres. Elaboramos listas de víctimas. Levantamos museos de la memoria. Conformamos comisiones de la verdad. Establecemos medidas cautelares desde la JEP. Realizamos actos simbólicos de perdón. Y, al mismo tiempo, no cesan las masacres. Se siguen asesinando a líderes sociales. Se reprimen salvajemente las protestas populares. No se castigan, además, a los grandes responsables de los falsos positivos. Y, como para completar este panorama de la degradación social, la desaparición forzada sigue siendo la llaga enorme de un país anómalo.

Memoria de las víctimas
Memoria de las víctimas – Corporación Nuevo Arco Iris
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La pregunta entonces surge como una sospecha y como una desconfianza: ¿de qué sirve la memoria histórica en Colombia? Si no somos capaces de desarticular la violencia endémica que nos ha caracterizado como nación, desde 1810 hasta nuestros días, la memoria histórica y toda su parafernalia simbólica corre el riesgo de presentarse como un mecanismo de lúdica sentimental. En realidad, al ser testigo de este comportamiento, a veces concluyo que somos figurines de una puesta en escena del absurdo que se coordina desde las instancias del poder y que la población permite con ingenuidad y descaro.    

Tzvetan Todorov publicó en 1995 Los abusos de la memoria, un pequeño libro que surgió de la conferencia que el pensador dio en la fundación Auschwitz, tres años atrás. Allí Todorov previene sobre el peligro que acarrea sacralizar la memoria. Hacerlo, dice él, significa volverla estéril. Concluye, igualmente, que hay una memoria ejemplar. Esta, tal vez, es la que nos podría preservar del mal. De ese mal que consiste en ejercer una violencia sistemática sobre el otro bajo cualquier justificación. Pero lo más importante que señala Todorov es sobre el tipo de memoria viva que deberíamos de mantener. Una que no esté dedicada solo a pedir la reparación por la ofensa padecida, sino aquella que nos ponga alerta ante las nuevas situaciones de violencia. Una que no se embriague en la mera celebración y que, en cambio, conjure, con lucidez y valentía, el horror que hemos dejado que se cometa.

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8 Comentarios

  1. Marta Alicia Montoya

    Claridad y excelente relación de la situación del país con otras en el contexto internacional, develando la pobre respuesta estado con las innumerables víctimas una y otra vez. Hasta cuándo…
    ?

  2. No se hasta que punto sea valido afirmar que Rusia ha hecho un ejercicio de memoria sobre su pasado soviético. Diría más bien que se intentó, particularmente por Krusev y Gorvachov, pero esa nación tiene un desorden en ese sentido.

  3. JOSE CARLOS COELHO

    Siempre me pareció que emitimos discursos estériles y pedidos de perdón públicos que se me asemejan a la solución de los “pecados” en el confesionario católico. Creo definitivamente en la memoria histórica que busca que ese conocimiento de lo trágico lleve a la no repetición. En la medida que cada niño y adolescente de una comunidad sea inducido por sus padres, tutor, maestro o profesor a participar de ese proceso de conocer lo que sucedió, ya sea en su ámbito hogareño o en la visita a un centro de memoria histórica, se podría lograr eso. Mientras eso no suceda a nivel comunidad seguiremos repitiendo esos hechos…. el miedo a hablar de “eso” es una causa del desconocimiento. Colombia es un ejemplo de lo que digo. Gracias Pablo por permitir reflexionar sobre esto. Excelente escrito!

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